Los artesanos | Entre el oro, el barniz y la pela

​Hay quien se piensa que los talleres de los artesanos son una especie de convento de franciscanos donde todo es hermandad, paz y abrazos fraternales. Se imaginan el gremio como una balsa de aceite donde la única preocupación es el grosor del pincel o el punto exacto de la pátina. Y ojalá fuera así, pero la realidad, cuando uno levanta la persiana y convive con el día a día, demuestra que los colores de rosa se borran en cuanto aparece en escena el verdadero motor que mueve a muchos: la pela.

​Lo ves más a menudo de lo que desearías, y más cuando la rueda del taller gira y te obliga a contar con los demás. Porque en este oficio nadie es una isla; hay momentos en los que necesitas subcontratar, echar mano de compañeros, sumar talentos para sacar adelante un encargo complejo. Y es ahí, precisamente en los acuerdos de colaboración, donde saltan las costuras. Te llevas sorpresas que te dejan mal cuerpo, de las que te recuerdan que el compañerismo, en ocasiones, no es más que una careta de cartón piedra que se deshace en cuanto hay un presupuesto sobre la mesa o se cruzan los intereses particulares.

​No vamos a generalizar, porque gracias a Dios hay gente con una categoría humana imborrable, profesionales de los que te puedes fiar con los ojos cerrados. Pero la procesión interna del sector guarda secretos de los que nadie habla en público. Hay quien mide la amistad al peso del talón, quien te da una palmada en la espalda mientras te calcula el margen de beneficio ajeno y quien, a la primera de cambio, intenta puentearte o pisarte la sombra si con eso rasca protagonismo o se lleva el mérito completo.

​Da pena ver cómo la pela es capaz de pudrir relaciones que venían de años. Se llena la boca hablando de arte, de tradición y de respeto al patrimonio, pero cuando se cruzan los intereses económicos, se olvidan los códigos básicos del gremio y de la decencia. Desaparece el respeto al colega y solo queda la voracidad del que ve al de al lado no como un aliado con el que remar, sino como un competidor al que quitar de en medio.

​Los artesanos somos de carne y hueso, con nuestras virtudes y nuestros peores defectos. No somos ángeles caídos del cielo ni guardianes infalibles de la ética. Pero duele comprobar que hay quien ha cambiado el amor al oficio por la calculadora permanente, olvidando que la confianza, una vez rota en un taller, no se arregla con oro ni con barniz.

​Menos mal que, al final del día, cuando cierras la puerta y te quedas a solas con tu trabajo, toda esa miseria artificial se queda fuera. La cartera se llenará o se vaciará, pero la dignidad de haber ido con la verdad por delante y de poder mirar a los compañeros de frente es algo que no se compra en ningún mercado. Que cada uno cargue con sus actos y con sus cuentas, que nosotros seguiremos a lo nuestro: bregando con la materia y con la triste comprobación de que el compañerismo de verdad, a veces, es una especie en peligro de extinción.