Curas y curas

En multitud de ocasiones escuchamos quejas más o menos valientes y más o menos atinadas de muchos cofrades, que denuncian el escaso apoyo y la prácticamente nula comprensión que reciben de los párrocos y los directores espirituales de las hermandades que integran. Y es que a veces los cofrades nos creemos el ombligo del mundo, porque no es que muchos sacerdotes demuestren la sensibilidad de una oruga ante hermandades y cofradías, es que esta característica probablemente innata y no heredada, suele ser la seña de identidad de determinados curas hacia cualquier movimiento que se desarrolle en el seno de la feligresía que presuntamente pastorean.

Muchos son los ejemplos que podríamos rescatar del pasado más o menos cercano. Hermandades que han tenido que buscar acomodo en otro sitio, aconsejadas a cambiar de hogar o directamente expulsadas., corporaciones que han tenido que utilizar a los medios de comunicación denunciando determinados abusos para que las aguas vuelvan a su cauce o alguien superior intervenga, comportamientos caciquiles que terminan con los huesos de algunas juntas de gobierno legítima y democráticamente elegidas por sus hermanos en la puñetera calle, e incluso intervenciones injustas carentes de toda lógica que solamente adquieren sentido en la medida en que determinado guía espiritual, es un decir, ha visto amenazado su poder absoluto y absolutista.

Sin embargo ya les digo que esta actitud manifiestamente mejorable no es trato dispensado en exclusiva a las hermandades, salvo animadversión manifiesta a las cofradías, que también se dan muchos casos, sino que, más bien al contrario, suele ser una actitud que regalan por doquier a todos los grupos que pululan en el seno del templo que gobiernan, concepto que, en ocasiones, es también hablar por hablar. 

La incomprensión y la indefensión que muchas veces sienten quienes forman parte de grupos que se desarrollan en algunas parroquias, suele derivar en ocasiones en que estos grupos terminen reduciéndose drásticamente e incluso desmantelándose. Otras veces, cuando no queda más remedio que tragar por las razones que sean, se acaba produciendo una desafección de tal calibre que los templos acaban semivacíos, cuando las razones que causaban la asistencia obligatoria desaparece.

Probablemente no sea ni siquiera una cuestión de mala fe y muchos de estos sacerdotes sean incluso buenas personas. De hecho, algunos los protagonistas de los casos más flagrantes lo son y así lo ponen de manifiesto personas que los conocen en las distancias cortas. También hay ejemplos de perfectos tiranos, por supuesto, de todos es sabido que llevar alzacuellos no convierte a nadie en santo. Y en el caso de quienes son buenas personas, es probable que derive mucho más de una ausencia absoluta del sentido democrático, en su forma de sentir y pensar, de una aversión al cambio y un rechazo, por desconfianza, a que otros aporten su visión sobre el tema que sea, que de desprecio o de hacer daño. Pero la realidad es que el desprecio se produce, la incomprensión también y el daño es incuestionable.

Solamente hace falta darse un paseo cualquier domingo por las iglesias para contrastar fehacientemente, de manera gráfica y palpable, cuándo estamos ante un sacerdote acogedor, comprensivo, que se adapta a los tiempos que le ha tocado vivir y que acoge a los feligreses como iguales y no como ovejas de un rebaño, y cuándo ante un pastor, valga la expresión, absolutamente cerrado a atender las opiniones o las sugerencias de aquellos de los que ha de ser guía espiritual y no caudillo. Es bien sencillo, unas iglesias están a reventar y las otras con una ausencia de público asistente realmente alarmante.

En Córdoba lo he podido comprobar este mismo fin de semana. La parroquia de Guadalupe, el domingo pasado, en la misa de 11 de la mañana, estaba literalmente a reventar. Todos los bancos llenos y mucha gente en los laterales y al fondo de la Iglesia. Como suelen estar los templos el día en que la mayor parte de las hermandades celebran su Fiesta de Regla, pero un domingo cualquiera y sin cofradía. Es cierto que era la misa de niños semanal y que allí estaban infantes, padres y catequistas, pero también es verdad que en otras iglesias de la ciudad, la misa presuntamente orientada a que los niños se preparen para su primera comunión no alcanza ni a la media entrada, por no hablar del contraste entre la actitud perfectamente integrada de los fieles que estaban en Guadalupe frente al hastío y el aburrimiento palpable, de niños y mayores, en muchas otras iglesias de la ciudad.

Conste que no estoy propugnando en modo alguno convertir la Eucaristía en un espectáculo vacío por tal de que el templo se llene de personas, sino simplemente de que quien dirige la ceremonia tenga la sensibilidad mínima para ser consciente de quién es el receptor que tiene delante. Santa Marina es el ejemplo opuesto. Su párroco se niega sistemáticamente a hacer una misa de niños para los niños. El resultado es, como les decía, media entrada, niños aburridos y padres pensando en por qué han elegido como han elegido, para que sus hijos acudan a misa cada domingo. Cuentan que el párroco de la iglesia fernandina es una magnífica persona y no lo pongo en duda, pero si su forma de pensar o su capacidad, no le permiten adaptar el discurso a los niños que tiene delante o sencillamente no le da la gana hacerlo, bien haría en solicitar que otra persona presidiera la ceremonia. 

Puede que les suene a marketing y economía más que a religión lo que les digo, pero al final, guste o no, se trata de enganchar a un público potencial que ahora tiene 7 y 8 años, niños que si viven la misa del domingo como un coñazo insufrible, jamás desearán acudir a encontrarse con Dios, salvo que alguien lo remedie. Mientras tanto, algunos han encontrado lo que buscaban en otro sitio. Tal vez la Iglesia, la curia, la jerarquía eclesiástica, debería darse cuenta de que estos detalles no ayudan precisamente a evitar que las iglesias estén cada vez más vacías. Eso y actitudes como la de buena parte del clero catalán o de la impresentable monja jartible que provocan una desafección y una vergüenza entre el católico normal que causa que muchos estemos tentados de no pisar una iglesia en mucho tiempo, mientras nadie les ponga en su sitio. Pero este es otro tema del que hablaremos otro día.