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Córdoba, El Cirineo, Opinión

Demasiadas procesiones

Resulta una realidad incuestionable que en los últimos tiempos las procesiones se han multiplicado con fruición en el calendario de la Córdoba Cofrade. Recuerdo que en mi más tierna infancia, en una lejanía que comienza a difuminarse por el horizonte, la presencia de imágenes devocionales más allá de la Semana Santa suponía una exigua ocasión que confirmaba la regla, una raya en el agua, un oasis en el desierto, Un hecho excepcional que los cofrades aprovechaban para reencontrarse y volver a impregnarse del aroma del incienso del que casi ningún rastro quedaba en su memoria a corto plazo. Paulatinamente, estas ocasiones inusuales fueron convirtiéndose en más y más habituales y a ellas fueron sumándose las procesiones extraordinarias – algunas con itinerarios imposibles – que cada vez son menos extraordinarias y menos procesiones transformadas en mero espectáculo de cara a la galería y el espectador que acude en masa, mediando incluso viajes organizados, hasta llegar a la situación actual en la que lo complejo no es encontrar un fin de semana sin la presencia de una imagen bajo el cielo de Córdoba sino más bien al contrario.

Resulta innecesario recordar la obviedad de que nadie obliga a nadie a acudir a semejante proliferación de eventos y que la libertad de culto externo ha de ser una premisa esencial que impere en todo este asunto, por más que los voceros de determinadas fuerzas políticas se revuelvan como perros rabiosos cada vez que escuchan un redoble de tambor por cualquier rincón de la ciudad pero, seamos prácticos: ¿existe realmente en Córdoba suficiente población cofrade como para soportar sobre sus hombros una densidad como la que viene soportando? Imagino que la conclusión que cada cual extraiga al respecto determinará la impresión que se tenga y, por ende, la opinión acerca de si existe una sobreexposición, o si por el contrario el número de procesiones es perfectamente adecuado a la realidad de la Córdoba Cofrade. Yo, desde luego, tengo la mía, y está directamente relacionada con la reiteración de caras con las que se coincide sistemáticamente en este tipo de acontecimientos. ¿No les ocurre que, sea la procesión que sea, siempre coincide con los mismos? Quiero decir sólo con “estos mismos”, valga la expresión. A mí al menos me sucede y, en mi opinión, esa casualidad cósmica es una prueba fehaciente de que el incremento de salidas procesionales no ha implicado, en modo alguno, que la población cofrade haya aumentado proporcionalmente sino que lo que ha incrementado es el número de veces en que, a lo largo de año, se reproducen saludos idénticos, palmadas similares, abrazos repetitivos – no siempre sinceros – y hasta besos fraternales – tampoco siempre sinceros -, repartidos entre los mismos jartibles de siempre.

Es cierto es que hace décadas la presencia de procesiones en las calles cordobesas durante el Tiempo de Glorias era prácticamente testimonial pero entre aquella escasez y la actual saturación a la que estamos sometidos, deberíamos ser capaces de encontrar un punto medio. Y si los cofrades, por propia iniciativa, continuamos demostrando nuestra incapacidad al respecto, tal vez alguien debería sugerirlo de manera más o menos coercitiva, ya me entienden. Que está muy bien que desde Palacio la hayan visto la punta a esto de las cofradías, sentando las bases para que siempre exista un colchón y múltiples adhesiones inquebrantables cuando a los radicales les dé por intentar expropiar lo que se tercie. Pero a la hora de educar no es buena táctica conceder todos los caprichos, créanme. Y entre quienes son incapaces de encontrar mesura y automoderarse y quienes llevan un tiempo diciendo que sí a todo, las calles sin barrer y llenándose de procesiones…

El número de procesiones con el que ha comenzado la “temporada cofrade” se me antoja excesivo, inasumible. Una proliferación que termina derivando en una alarmante estandarización contraproducente y nociva, que difumina sin remedio la singularidad que precisa cada hermandad para que su salida procesional adquiera o conserve su sentido. Una ausencia de singularidad que termina propiciando puestas en escena prácticamente clónicas, ante las que resulta extremadamente complicado encontrar un sello singular y por extensión una propia idiosincrasia. Quizá si los dirigentes cofrades, además de defender y poner en práctica la encomiable tarea de realizar profesión pública de fe en las calles, se preocupasen de que realmente se hiciese profesión pública de fe en las calles, en lugar “de dar un paseón”, vaya quien vaya encima del paso, y en perfilar una seña de identidad propia que ahonde en la autenticidad de cada hermandad, esta desmesura podría traducirse en interés derivado de la posibilidad de encontrar algo distinto, irrepetible, personal e intransferible, cada vez que una corporación se pone en calle. Y de paso se evitarían algunos bochornosos espectáculos que ciertos miembros de cortejos regalan al espectador, más propios de una cabalgata de lo que sea que de una procesión, que una cosa es que no estemos ante una estación de penitencia y otra muy distinta es que se vaya fotografiando con el móvil, charlando con todo conocido con el que uno se cruza y, en definitiva, no se guarde la compostura debida.

Si somos capaces de hacerlo, lograremos mantener el interés de quienes buscan en cada salida un detalle único que merezca la pena encontrar. De lo contrario, si cada vez que nos planteamos acudir a ser testigos de una salida procesional, llegamos a la conclusión de que, a grandes rasgos, encontraremos lo mismo que encontramos hace una o dos semanas, en cualquier otro punto geográfico de la ciudad, terminaremos matando definitivamente la gallina de los huevos de oro, siendo incapaces de reclamar la presencia de quienes no han sentido jamás la necesidad de encontrar nuevos alicientes, más allá de la Luna de Nisán, y perdiendo por el camino a quienes un día la sintieron y terminaron hastiados de tanta reiteración.

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