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Diario de Cuaresma XIII: El secreto de las conciencias

Extracto del Pregón de la Semana Santa de Sevilla.

Carlos Colón Perales. Año 1996

El fragmento reproducido habla de la pluralidad de la conmemoración en cada uno de los sevillanos que la viven con la intensidad del cristiano.

El pregonero describe una Semana Santa mística e íntima por encima del folklore, llena de profundidad espiritual y cercanía con el Señor en su Pasión y Muerte.

En lo oculto

Quien quiera de verdad saber qué es esto de la Semana Santa, qué sentimos, por qué ocupa ese espacio en nuestras vidas, que la vea allí en su verdad: la conmemoración de la Pasión de un Dios que se compadece y la emoción y la alegría de un pueblo que lo celebra.

Esta es la Semana Santa que anuncio. La de la fe verdadera, el amor entero y la esperanza cierta. Por ello, no sólo la de la calle, sino la que es la raíz honda del árbol de Pasión que dará flor la semana que viene, pero que da sombra y fruto todo el año.

No la que se muestra en afición y mercadería, sino la que vive y crece amorosamente en lo oculto. No la de los machadianos “truenos vestidos de nazareno”, sino la de aquellos que saben que “quien no ama al hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve”.

La que anuncio es la Semana Santa oculta de las fotografías de las imágenes que se guardan en las carteras, que presiden la intimidad de los hogares, que llevan consuelo a las habitaciones de los hospitales. La de los cultos internos. La de las visitas solitarias a las capillas en las que viven las imágenes.

La Semana Santa de las mujeres del barrio de la Feria que durante todo el año entran por la mañana en Montesión, para llorar con la Virgen del Rosario sobre lo que esperaron y la vida no les dio, o sobre lo que les quitó; para pedirle lo que aún aguardan y agradecerle lo que tienen, mientras la Virgen las oye en la soledad de la pequeña capilla, inclinando delicadamente la cabeza.

La del Señor despreciado por Herodes llenando cada día la capilla sacramental de San Juan de la Palma de su silencio blanco. La de Pasión cuando al pisar levemente el Sagrario del Salvador, se hace más pozo hondo de aguas jamás turbadas por brisa alguna, más misterio que sólo desvela su dulzura a quien se abisma en Él durante horas.

La que anuncio es la Semana Santa oculta del secreto de las conciencias, donde sólo Dios puede entrar sin profanar el misterio del hombre.

La de quienes, aún distantes de la práctica religiosa, se ensimisman en nuestras imágenes, porque hablar con ellas es hablar con Dios de hombre a hombre.

La de los miles de nazarenos y devotos anónimos que nunca serán cofrades conocidos y reconocidos, pero que son, seguro, los más amados por nuestro Señor, que “ha elegido a los locos del mundo para humillar a los sabios, a los débiles para humillar a los fuertes; a los plebeyos, despreciados y a los que no son nada, para humillar a los que son algo, y que así nadie pueda engreirse frente a Dios”.

Hay tantas Semanas Santas como sevillanos, pero la que anuncio es la que hace público y visible ese amor oculto una vez al año, sólo una vez, en la fecha exacta de la Pasión, para que todos puedan sentir el suave dolor de la memoria, el temblor de lo bello o el temor de lo sagrado.

Porque ésta es la que me han enseñado los míos, la que he visto y vivido, la que comparto con mi mujer, mis amigos y mis hermanos, la que enseño a mis hijos, la que aún ahora aprendo, día a día, en la exigente escuela de mi hermandad del Calvario.

No puedo anunciaros, ni quiero, la de quienes convierten las imágenes en pretextos para músicas y mecidas; la de quienes pierden, por errónea familiaridad, el respeto a lo más querido y a lo más sagrado; la de quienes queman incienso, en vez de ante las imágenes, en los bares; la de quienes vuelcan una afición privada de toda hondura y perdida en banalidades, convirtiendo las hermandades en casinos y las cofradías sólo en un espectáculo carente de la grandeza y la belleza que le daban su sentido.

Tampoco puedo anunciaros la Semana Santa que cae en el fariseísmo que desprecia “el mandato de Dios para observar tradiciones de hombres”; la del culto inútil que honra a Dios con los labios mientras su corazón está lejos de Él; la de quienes cargan a los demás con fardos intolerables sin mover un dedo para ayudarlos; la de quienes interrogan, juzgan y cierran a los hombres el Reino de Dios.

Porque una y otra, la de los frívolos y la de los fariseos, la que sólo es fiesta y la que sólo es gesto, toman el nombre de Dios y las imágenes que lo representan en vano; y por ello muestran en la calle el vacío que las habita todo el año.Frente a ellas, está la Semana Santa que conserva viva su más clásica y sevillana belleza exterior porque renueva su vida interior.

La Semana Santa que debe atravesar, con amor y esperanza, ciegamente confiada en Dios, el horizonte del tercer milenio; porque son muchas las hermandades y cofradías que están hoy más vivas y mejor preparadas que nunca, gracias a su ir siempre con el sentir del pueblo y gracias a su estar, como el discípulo amado, junto al Dios sufriente y la Madre Dolorosa, siempre al pie de la Cruz.

Ésta es la Semana Santa que nos congrega en una devoción y una memoria compartidas, haciéndonos sentir que es más, mucho más, y más importante, lo que nos une que lo que nos pueda separar.

Esta es la Semana Santa que con amor alerta sigue las reglas de Sevilla, de su tradición, de su cultura,. de su historia, de su medida, de su emoción y de su vida. Guardando lealtad a esta ciudad generosa y abierta a todos, que siempre invita y nunca excluye, siempre integra y nunca segrega. A la más verdadera Sevilla, que siempre seduce pero nunca impone.

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