Sevilla, ⭐ Portada

Diario de Cuaresma (XV): Piedad maestrante

Extracto del Pregón de la Semana Santa de Sevilla

Ignacio Jiménez Sánchez-Dalp. Año 2006

El pregonero se deshace en caricias a la ciudad de su vida y sus recuerdos.

Sánchez-Dalp va repasando los títulos de Sevilla relacionándolos con calles, personajes emblemáticos, escenas de Sevilla y, por supuesto, también con las cofradías.

Los Negritos, los Estudiantes, el Gran Poder, Vera+Cruz o el Baratillo llenan las líneas de un fragmento lleno de ternura y amor por la Virgen.

Ciudad cubierta de ángeles

Los títulos de nuestras Hermandades son profundas grutas históricas en las que bucea el reconocimiento civil y eclesiástico a cada una de ellas.

La ciudad, que le presta suelo y cielo, los asume con naturalidad, puesto que es ella, simplemente con su nombre, ¡Sevilla!, la que los congrega a todos.

Por eso no necesita de bula para ser Pontificia, porque esta bendita Catedral de María fue por dos veces pisada por el sucesor de Pedro y Gran Poder en la Tierra.

La ciudad es Real, porque el Rey Santo la elevó a la categoría de majestad poniendo a la Madre de Dios de Alcázar y fortaleza de Fe por la que los reyes reinan.

Sevilla que hace de sus plazas sagrario y se autotitula Sacramental en el monumento del Jueves Santo, donde doblan sus rodillas como magos adoradores del Niño, que en el pesebre de Laureano de Pina es viático en la Estación de Penitencia.

Qué bien sabe ser Antigua, perdida en vestigios de lejanas culturas y de aquella que coronada en el muro, el único palio que alberga, es el túmulo del conquistador que llevó la Fe mariana a América.

Una ciudad cubierta de Ángeles, hasta de razas nuevas, acogidos en Sevilla por la que en los Negritos abre fronteras y de título Angelical, también por ella, que labrada en estameña se alzó a los cielos que van desde la pila del Barrio del Salitre, hasta el Vaticano del campo de la Feria.

Sevilla es Isidoriana, cuna de santos, de arzobispos y de alfareras, de rosales siempre florecidos en el patio de Mañara, de Spínolas mendigos y limosnas que al cielo alcanzan con Don Manuel González en su Sagrario.

Con Fernando y Laureano, Hermenegildo y Geroncio de Itálica, con el Padre Tarín, Teresa Enríquez, Dolores Márquez y la Hija de la Giralda, hasta donde el alma de nombres desfallece con Madre María de la Purísima, digna heredera de la que en Sevilla es santa entre las santas.

Sevilla Alegre, que en revuelo de campanas da la vuelta a la pena y hasta en la hora del Calvario más amarga, hace dulzura en Vera-Cruz a la colmada de Tristezas y capa pluvial de fiesta a la Virgen universitaria. Por eso está Orgullosa de sí misma, título que bien la enmarca, aunque algunos acusen a los sevillanos de umbilicales complacencias.

También se convierte en Torera repartiéndose en capillas vesperales de retablos barrocos de papel, con columnas salomónicas trenzadas por el miedo.

Es la que recuerdan los paladines de Tauro, como Manolo González y Gitanillo de Triana, que animados por la Piedad maestrante, entregan a sus Vírgenes manchados de sangre, los bordados del que se juega la vida, distribuidos luego en las sayas de la Madre del Hijo que se la jugó por nosotros.

Una Hebrea sevillana por el Baratillo viene

y a su vástago sostiene tan divina como humana. Piedad ya suena a campana de tañido celestial.

Lo distinto se hace igual mientras te sueña Sevilla con el arco por Capilla del Barrio del Arenal.

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