Extracto del Pregón de la Semana Santa de Sevilla
Joaquín Caro Romero. Año 2000
La Semana Santa del Pregonero es de las esquinas y los callejones de Sevilla.
Caro va hilando un relato ingenioso a la vez que sorprendente y emocionante con los escenarios de Sevilla como principio y fin de los días grandes de la ciudad.
Los nombres estelares de la historia de Sevilla se conjugan con personajed bíblicos y su trascendencia ena ciudad, conformando una simbiosis espectacular.
Dédalo urbano de nuestras Cofradías y Hermandades
Cuando decimos eso de que Sevilla en Semana Santa es como una nueva Jerusalén, más que un lugar común, es una certidumbre, porque no hay otro lugar del mapa que recree como Sevilla una realidad histórica y religiosa con tanta aproximación al modelo.
Sevilla, cuna de dos emperadores romanos, a la que Cervantes llamaba «Roma triunfante», es, por su pasado y por su forma de ser y de sentir, el escenario perfecto de la Pasión, que vive con inigualable intensidad, día a día y minuto a minuto.
El dédalo urbano de nuestras Cofradías y Hermandades, con sus puntos de encuentro y desencuentro, contribuye a enmarcar las procesiones sobre una superficie que ofrece márgenes, perfiles y surcos para la idealización, la sugerencia y el efluvio de un secreto hontanar de raíces donde la contemporaneidad se hermana con los ancestros.
Los recorridos penitenciales se desarrollan en su mayor parte en donde estuvo la Sevilla romana: la Sevilla de César y de Augusto, de Tiberio y de Claudio.
Julio César fue para la Sevilla romana casi lo que el Rey San Fernando fue para la Sevilla cristiana. Aquí los papeles más antipáticos los tienen los judíos.
A Pilato le tenemos, si no simpatía, algo que se le parece mucho y que termina siendo simpatía. Le podemos dedicar una plaza incluso.
Y calles a César, Trajano, Adriano, Teodosio. Y una avenida a Roma. Y una alameda a Hércules.
Pero a Caifás, Anás y Herodes no los aceptemos en el callejero, con sacarlos a la calle en la Gran Semana es suficiente.
Todos nuestros pasos, vengan de donde vengan, procesionan por donde la poderosa Roma plantó las águilas que fueron sustituidas por la cruz, por donde el genio romano dejó su cultura, sus foros, sus templos, sus puertas, sus murallas, su circo, su teatro, su anfiteatro, su curia, su basílica, sus termas, sus estatuas… Al pregonero, desde su infancia, siempre le han gustado los pasos de Misterio, y con soldados romanos, más todavía.
El pregonero alcanzó a ver a los romanos en su barrio, que eran los de la Hermandad de la Amargura, que escoltaban a los del paso de Herodes. El siglo XIX fue el de la apoteosis. Más de una docena de Hermandades incorporaron romanos a los desfiles procesionales.
Pero ahí está, todavía, dándole vida, pulso y gracia a la Sevilla romana, la Centuria macarena, que ha alcanzado tanta perfección y solera que poco se parece a la que retratan los versos de Villalón y que contrasta con la milicia severísima del Santo Entierro. El armao macareno está tan imbuido de su condición de tal que uno de los miembros históricos de la Centuria llegó a decir: «Si yo llego a ser legionario en tiempo de Pilato, no crucifican a Cristo».
Sin medir el alcance de sus palabras llega a ponerse al lado de la «brújula mental» de los escritores surrealistas franceses, Roger Caillois, que noveló el proceso de Jesús con un desenlace diferente al real: el reo es liberado y, por consiguiente, no hay cristianismo ni redención. Pero en el tribunal de Gábata pasó otra cosa.
Ya en la antevíspera del Domingo de Ramos, los senatus le dan «aire de Roma» a la ciudad: La torre de Omnium Sanctorum está mirando hacia Roma, y en la calle Anchalaferia ya hay plumeros que la adornan. Roma toma posiciones y Sevilla las remonta, que por la Paz llega el Carmen a imponerse a la carcoma.
Lo va diciendo Jesús Despojado por Varflora; y a continuación lo dice el Cristo de la Victoria; y las Penas de Triana por San Jacinto y Rioja; y lo dice la Amargura con su Silencio en la Europa, y San Gonzalo al pasar por la avenida de Coria. Y Longinos en el Cerro y en la Lanzada alevosa.
El ultraje en San Esteban lo va diciendo con mofa. Y San Benito lo dice por la Puerta de Carmona, que el barrio de la Calzada no tiene miedo a la loba, ni el águila macarena teme a la flecha o la honda.
La Bofetá en la Gavidia echa a volar las alondras, mientras que los Panaderos y la Exaltación escoltan en el Huerto y el Calvario a la muerte y la derrota.
En el Buen Fin disolvieron a la cohorte pretoria, pero no en las Cigarreras, que acarician lo que tocan, mientras que dos Esperanzas ponen su pena barroca detrás de los condenados que de noche y día enamoran, que el Sentenciado, el Caído, dan alegría redentora cuando suena la trompeta de la Centuria gloriosa y la emoción de Triana sube del pecho a la boca con el gozo del Caballo y el centurión que lo monta.
Y al llegar la Madrugá, más movimiento de tropa con los hombres de la berza, del pescao y de la recova. Vienen de la Encarnación y son donantes de rosas. El agua para Pilato, la sed para Claudia Prócula.
Todo en el aire lo dice, que todo está en la memoria, en el suelo que pisamos y en la cruz que da su sombra.
Sin saber dónde comienza Sevilla o acaba Roma. Pero Sevilla lo explica de cincuenta y nueve formas, que es en todas las esquinas de su pasado la copia.
Sevilla lo expresa así, de penitente y anónima, o con penacho de plumas, coraza, rodela y gola.
Y así propaga su fe y santifica su historia, dándole al César lo suyo y a Dios lo que más importa, con el cirio en una mano y el Evangelio en la otra.





