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Dios de Dios, luz de luz

«Entonces Jesús le dijo: —Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí vivirá, aunque muera; y todo el que vive y cree en mí no morirá jamás. ¿Crees esto?» Juan 11:25-26

Se cumplió lo anunciado por el Señor. Volvió a la vida al Tercer día. Cumplido el Triduo Pascual, vuelve a hacerse presente a los mortales.

El mensaje de Jesús en este día glorioso y festivo es claro: Todos podemos ser Santos y experimentar la Resurrección. La vida eterna se convierte así en un objetivo seguro, más allá de la utopía inalcanzable que puede parecer en ciertos momentos.

Y realmente es la realidad. La cruz está presente en cada uno de nosotros como hijos del Señor. Somos cruz, y llevamos el madero diariamente con infinidad de conflictos: la pobreza, el hambre, el ego, la envidia, la falta de dinero para sobrevivir, la pérdida de un ser querido, las discusiones, la enfermedad … Todo ello son cruces que aparecen en el camino, igual que le pasó al Salvador que hoy vuelve a la vida.

Pero la cruz que nos pone Dios no es imposible de llevar, como tampoco lo fue para Jesús. La cruz es un puente para redimirnos, para ser un poco mejor que ayer, para ir poco a poco limpiando el alma y deshojando nuestra condición de pecadores. Y de esa forma, sutilmente pero con paso firme, llegar a la meta de la santidad, que será también la puerta a la vida eterna.

Y fíjense si tenemos pruebas de la Resurrección, que simplemente hay que mirar al cielo en el que nos espera el Padre Eterno, Uno y Trino: Hace tan solo unas horas se ha vivido el mayor espectáculo de la humanidad, que no es otro que el amanecer. Habrá alguno que recuerde el título de la conocida película «Amanece que no es poco», pero verdaderamente es así.

La noche muestra esa cruz de la que hablaba en líneas anteriores -prueba de ello es la llamada Noche Oscura narrada repetidamente por San Juan de la Cruz en su obra espiritual- mientras que el primer rayo de sol anuncia de nuevo la vida, la gloria y la luz de un nuevo día.

La Resurrección ha de convertirse por tanto en un punto de inflexión en nuestra existencia, en las acciones cotidiana y en la propia alma. El cristiano debe aspirar ello, como fuente de alegría perpetua y como propósito indeleble en la Tierra.

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