Disonancias musicales | De Pureza a la Universidad: La carambola musical que lo cambia todo

El pentagrama de nuestra Semana Santa no entiende de silencios prolongados. Cuando una nota deja de sonar en una esquina, otra busca con fuerza su resonancia en la siguiente revirá. Los recientes movimientos musicales que han sacudido los cimientos de la Puerta Carmona y la calle Pureza no son meros cambios de firmas en un papel de contrato; representan un profundo y necesario reajuste de identidades estéticas en Sevilla. El eterno dilema entre el sabor de la capa y el rigor de la cola.

Durante años, la Banda de Música María Santísima de la Victoria (Las Cigarreras) asumió una de las papeletas más complejas de nuestra música procesional: poner banda sonora a la Madrugá trianera. Nadie puede dudar de su incuestionable nivel. Defendieron el repertorio con la pulcritud de los grandes músicos y la solvencia de los mejores profesionales. Sin embargo, el runrún en los mentideros cofrades era constante: el molde Cigarreras, por pura genética musical, nunca terminó de encajar del todo con la idiosincrasia desbordante y jubilosa que requiere la cofradía de Pureza. Era meter con calzador una elegancia contenida donde el barrio pedía dinamismo y pellizco. A nadie en su sano juicio se le ocurriría poner a la infalible Banda de Tejera cruzando el puente hacia el Altozano; las naturalezas estéticas simplemente repelen ciertos maridajes.

La pérdida de dicho contrato, sumada a su no renovación en la Hermandad de San Esteban tras dieciocho años de intachable servicio, lejos de suponer un retroceso para Las Cigarreras, parece el preludio de una interesantísima catarsis estratégica. En el horizonte suena con fuerza —y con todo el sentido del mundo— la rúbrica con la Hermandad de los Estudiantes. Ahora, de repente, todas las piezas del rompecabezas encajan. La banda parece reclamar el sitio que su propio estilo sobrio y elegante le exige por derecho propio. Buscar el reconocimiento en el refugio de la cofradía de negro, aparcando los repertorios alegres de las cofradías de barrio para volcarse en la excelencia de la marcha fúnebre y clásica. El reto, no obstante, no será un camino de rosas: la formación sanluqueña de Julián Cerdán viene ganando un terreno imponente en ese mismo sector de sobriedad y exquisitez lírica en Sevilla. Habrá que ver cómo gestiona la banda de la Victoria sus naves de cara a un futuro a corto plazo.

En la otra cara de la moneda se encuentra la Banda de Música Santa Ana de Dos Hermanas. Sin estridencias, manteniéndose fiel a un sello alegre, rotundo y de barrio que llevan puliendo durante décadas, la formación nazarena está recogiendo los frutos de la paciencia y la constancia. Se quedan con el Martes Santo de los Desamparados y conquistan la joya de la corona tras el palio de la Esperanza de Triana. No hay experimentos aquí; hay una apuesta sobre seguro por parte de las hermandades de capa, que buscan una banda que entienda el lenguaje de la calle, la corneta integrada y el andar costalero de compás abierto.

Sevilla asiste a un reparto de cartas donde la música vuelve a poner a cada uno en su sitio. Unos regresan a la raíz de su sobriedad fundacional; otros recogen la siembra de su inquebrantable fidelidad al estilo de barrio. La música procesional no solo se escucha: se comprende cuando el sonido y el carácter se vuelven una sola cosa.