Se extendía el otoño con un manto de colores ocres sobre las calles. Comenzaba octubre con los vecinos del polígono de San Pablo deseosos de conocer cómo sería la dolorosa que sustituyera a la anterior. Los hermanos decidieron meses antes, el 29 de junio, si acababan sustituyendo la imagen de García Jeute, ejecutada en 1991 por una nueva, y así fue. Casi unas tres cuartas partes votaban a favor. Retirada del culto al día siguiente, más tarde acabaría llegando a su destino, la localidad extremeña de Puebla de Obando, un municipio que no llega a los 1900 vecinos.
La última dolorosa incorporada a la Semana Santa hispalense acabaría llegando a la parroquia de San Ignacio de Loyola en el mes del rosario, precisamente el mismo que el de su advocación. Lo hizo en un furgón, en cuyo interior rezaban los hermanos el tiempo que duró el trayecto. Tras recorrer gran parte de la ciudad y pasar por diversos templos, los vecinos del barrio conocerían por fin a quien aguardaría bajo su manto las peticiones y sueños de quienes esperaban la llegada de su Madre.
Amadrinada por la hermandad de la Macarena, con el manto de camarín de la titular del Cachorro y luciendo en el pecho el escudo de la corporación, la presentación es hoy recordada por los hermanos con lágrimas en los ojos. Comenzaban los cantos de la coral polifónica de San Francisco Javier cuando Amigo Vallejo iniciaba la eucaristía de bendición de Nuestra Señora del Rosario Doloroso. Al terminar la celebración, la hermandad de la Macarena hacía entrega de una Cruz Pectoral, réplica de la que porta la corona de oro de la Virgen de la Esperanza.
La Semana Santa siguiente, la hermandad recorrería por vez primera el centro de la ciudad. Su primera estación de penitencia hasta la catedral se convertía en el gran estreno. Doce años más tarde, el barrio ha continuado haciendo frente al devenir de los tiempos donde, a lo lejos, la luz del Rosario brilla para recordar que es el faro que guía al polígono de San Pablo.





