Córdoba, 💚 El Rincón de la Memoria

Dos siglos del polémico decreto del obispo Trevilla

Córdoba tiene una amplia serie de hitos históricos que han marcado el devenir de la Ciudad de San Rafael. La vida cultural y religiosa sufrió un fuerte revés allá por 1820, cuando el célebre obispo Trevilla pone en vigencia un decreto que suponía la prohibición de las procesiones de Semana Santa. Las dimensiones de esta decisión se agravarían si tenemos en cuenta que estamos ante los albores del Trienio Liberal, que igualmente afectaría a las prácticas religiosas del país, ya afectadas por la invasión francesa de comienzos de siglo y atacadas de nuevo con las desamortizaciones posteriores.

Tercero de cuatro hermanos, Pedro Antonio de Trevilla nace en 1755 en la localidad vizcaína de Renero, ocupando el obispado de Córdoba durante largo tiempo, desde 1805 hasta su muerte, acaecida el 15 de diciembre de 1832. En 1770 se traslada junto a su familia Madrid, siendo consagrado como párroco titular de la Iglesia de Santacecilla, cerca de Ranero. Posteriormente ocupa una vicaría en Orán, Argelia, no siendo hasta 1792 cuando retorna a la diócesis de Toledo.

Su impopularidad en Córdoba comienza ya en sus inicios. El prelado pasaría a respaldar la ocupación francesa de España, llegando a recibir a José I en la ciudad en 1810, pese a haber sido brutalmente saqueada en 1808. Incluso Trevilla nombró un canónigo francés y celebra oficios religiosos con motivo de las onomásticas de los hermanos Bonaparte, cediendo igualmente un millón de reales para financiar la guerra contra los españoles. Además, las tropas francesas exclaustraron a trinitarios y agustinos.

Ya en 1820, concretamente el 18 de febrero, el Consejo de Castilla emite un decreto a los miembros de justicia de las distintas ciudades del reino para que auxiliasen a los obispos en el arreglo de las procesiones de Semana Santa. El objetivo de la nueva normativa recaía en evitar los escándalos de años anteriores ante la tensión política del país. Para ello, en el caso de la diócesis cordobesa, el obispo Trevilla dictaría un reglamento de veinte artículos en el mes de mayo, según el cual quedaron reducidas las procesiones de la Semana Santa de cada localidad a una única oficial, que se tendría lugar en la tarde-noche del Viernes Santo. No obstante, esta medida no significa que participara un solo paso.

Para regular aún más los desfiles procesionales, el reglamento prohibía el uso de palio y exhortaba a vestir a las imágenes de manera discreta y rigurosa en virtud de la lógica que suponía la representación de la Pasión y Muerte de Cristo, desprovistas así de cualquier alhaja o exuberancia. Del mismo modo, quedaba prohibido el uso de túnicas, por lo que los hermanos de cada corporación debían de vestir traje austero. Además, los devotos y feligreses que no pertenecieran a ninguna de ellas y que quisieran participar en la estación de penitencia pasarían a desfilar delante del primer paso. La asistencia de todo el clero local era obligatoria, así como el cante de «El Miserere” durante todo el itinerario. Para dar mayor solemnidad y orden a los desfiles, se establece la asistencia de la Real Justicia. Además, cada Ayuntamiento se haría cargo a partir de 1821 del gasto y de la organización de esta procesión oficial.

En Córdoba, este cortejo único iniciaría estación de penitencia desde la Parroquia del Salvador y Santo Domingo de Silos, «la Compañía», teniendo igualmente un itinerario fijado. De este modo, el desfile discurría por las entonces calle Letrados, Arco Real, Zapatería, Casas Capitulares, Librería, Calle de la Feria a la Cruz del Rastro, Potro, Triunfo, Patio de los Naranjos, Santa Iglesia Catedral, Baño, Pedregosa, Santa Ana, Santa Victoria y entrada. Concluida la procesión, cada cofradía devolvería la imagen que acompañaba a su sede canónica con la mayor decencia y decoro, participación que también quedaba limitada a advocaciones específicas: Oración en el Huerto, Jesús Atado a la Columna, Jesús Nazareno, Jesús Crucificado, el Santo Sepulcro y Nuestra Señora de las Angustias y de la Soledad. El Cristo Yacente pasaría a estar portado por sacerdotes, mientras que el resto de imágenes serían llevadas a hombros por los hermanos cofrades.

Con el nuevo reglamento, el tradicional Vía-Crucis de Nuestro Padre Jesús del Calvario hasta el Marrubial queda interrumpido tras casi un siglo de celebración. La Hermandad del Sepulcro inicia una fase de decadencia, pese a ser la imagen principal de la procesión oficial. También desaparecería la antigua cofradía del Cristo del Amor, quedando la Ermita de San José cerrada. Son sólo algunos de los efectos negativos que trajo el reglamento de Trevilla.

Foto | Fernando del Marco

Toda esta legislación de prohibición se hizo extensiva a la mayoría de pueblos de la provincia de Córdoba. No obstante, el malestar de la población llevaría a ciertas localidades como Cabra, Baena, Castro del Río o Fernán Núñez a establecer un acuerdo con el Ayuntamiento y el vicario del pueblo para permitir procesionar a las hermandades. Resulta peculiar el caso de Montemayor, que celebraban la Semana Santa con normalidad sin llegar a formalizar ningún acuerdo con el cabildo municipal o eclesiástico. En La Rambla, el Nazareno mantiene el palio litúrgico tras conseguir salvaguardar la tradición pese a este reglamento.

También el obispo Trevilla fue promotor de la conservación del patrimonio o de la caridad. Prueba de ello fue la construcción del Sillón del Obispo en el enclave de Las Ermitas, entonces aún con religiosos y quizás emulando la pieza de Felipe II en el Escorial, o la propia transformación del antiguo Convento de la Encarnación en Casa de Misericordia. No obstante, el episodio artístico más destacado de su episcopado fue la retirada del altar que ocultaba el mihrab de la Mezquita de Córdoba, consciente de la importancia del mismo.

Las consecuencias del polémico reglamento del obispo Trevilla resultaron fatales para la tradición cofrade de la ciudad. Incluso hubo años en que ni siquiera se celebraba esta única procesión oficial en el Viernes Santo, si bien a partir de 1849 comienza a flexibilizarse la aplicación estricta del decreto de 1820 y se incorporan nuevas imágenes a la Semana Santa, como El Caído, El Rescatado o El Calvario y la Virgen del Mayor Dolor. No obstante, la religiosidad popular se fue desvaneciendo entre los cordobeses, que cada vez se mostraban menos desinteresados con la Semana Santa, reducida entonces a una mínima expresión. Esta falta de costumbre y testimonio llevaría a las hermandades de Córdoba a una larga fase de aletargamiento que no culminaría hasta la Guerra Civil Española, tras la cual comienza un nuevo auge de las cofradías en la ciudad, fundándose nuevas o reorganizándose las existentes.

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