A pulso aliviao, Opinión, Portada, Sevilla

Dulce dolor de viernes

Santa Teresa de Ávila decía: «La medida de poder llevar la cruz grande o pequeña es el amor».

La cruz es el cordón umbilical del cristiano. Es tradicionalmente el símbolo del dolor y del sufrimiento del Señor hace dos mil años, y de todos sus hijos desde entonces.

Teresa de Ávila hablaba en la cita de la medida de la Cruz o de las millones de cruces que portamos los creyentes (y me atrevería a incluir también los no creyentes) en el día a día.

El madero pesa y duele, como duele la mentira, la injusticia o la traición. Es un pinchazo tibio, intenso y permanente en el corazón que doblega las conciencias y entristece el alma.

Hoy es el Viernes de la Cruz y del dolor. Un día profundamente simbólico y especial para quien lo vive con la hondura que merece.

Esta jornada preparatoria de los días grandes de la Pasión de Jesús, es también el del homenaje a ese dolor del tronco cargante.

Ustedes se preguntarán: ¿Homenaje al dolor y al sufrimiento? Así es sin lugar a dudas. El dolor es parte de la existencia humano, va intrínseco, desgraciadamente, en el ADN de las personas.

Pero ese mismo pozo de angustia y pesar puede hacerse más llevadero, más dulce y leve mirando al que se debe mirar. ¿O acaso hay alguna cruz más dura que la de Cristo? ¿Alguien ha vivido literalmente un martirio peor?

Y qué decir de María. Hablar de la madre del Señor es describir el dolor con la dignidad más grande que se pueda imaginar. ¿Cómo lo resistió? ¿Cuál fue la raíz de su inquebrantable fe?

La respuesta es sencilla: el amor. María es la respresentante directa del amor en todas sus formas, empezando por el que profesa desde el anuncio del Ángel por la Santísima Trinidad. Su compromiso solo pudo deberse a ese sentimiento, el cual curiosamente es el mismo del que habla Santa Teresa Teresa en la frase del comienzo.

Por ello el Viernes de Dolores es tan importante para todos. Se cubre de dolor y de nostalgia, pero su verdadero mensaje es el del amor. Abrazar la cruz es un símbolo de cariño sin medida a Dios y al prójimo. Manifiesto permanente de esa pasión.

Este día es el reconocimiento a todos los creyentes que portan el madero con entereza o incluso con felicidad. Ellos son el ejemplo del espíritu de la Virgen María, que no deja también el del propio Cristo vivo.