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Efectos económicos en las cuadrillas de faeneros de la familia Sáez

La cuadrilla de faeneros de los Sáez llegó a estar compuesta por cerca de un centenar de hombres, número bastante elevado si tenemos en cuenta las reducidas dimensiones de los pasos de aquella época así como la manera de trabajar de unas cuadrillas que no contaban con personal de relevo.

En su mayoría estaba compuesta por trabajadores de la sección de carga y descarga de las lonjas municipales de Córdoba, trabajadores conocidos por Antonio Sáez Pozuelo y sus hijos y de la confianza de éstos en el trabajo diario para Porras Rubio. En su origen estos trabajadores se encargaban de la carga y la descarga de los vagones que la propia compañía contrataba para el transporte de productos comprados y vendidos en la provincia. A estas labores deben añadirse las desarrolladas a menor escala en fincas cercanas a la capital, hasta donde se llegaba con camiones que eran igualmente cargados y descargados por el mismo personal. Es por tanto un colectivo muy acostumbrado al trabajo físico, compuesto principalmente por padres, hijos y primos que desarrollan su trabajo codo con codo durante todo el año. Esta relación es tan estrecha que las bajas temporales por enfermedad, cualquier día de la Semana Santa, no son cubiertas con nuevos faeneros sino que se trabaja dejando el hueco y repartiendo el jornal con el ausente. Las ausencias son sólo cubiertas en el supuesto de representar una baja definitiva, y si bien la decisión última de incluir un nuevo miembro en la cuadrilla recae siempre sobre el capataz, son los propios faeneros los que proponen entre los aspirantes; más por un ejercicio de confianza en el trabajo desarrollado durante el resto del año que por un ejercicio de favoritismo, buscando así la optimización en el trabajo.

Entre ellos fueron famosos los hermanos Castro o los Navarro, así como los tres hermanos conocidos como “El Gordo”, “El Feo” y “El Veneno”. Junto a ellos trabajaron durante muchos años faeneros como Manuel León “El Loco”, Julio Alcántara “El Gitanillo”, Manuel García “Quinini” o Antonio Baena “El Legionario”; toda una muestra del estrato social imperante en la Córdoba de la posguerra, compuesto en su mayoría por trabajadores sin más recursos que los obtenidos del trabajo diario.

Económicamente las labores de carga durante la Semana Santa resultan un trabajo más que rentable así como un respiro para los padres de familia que pertenecen a la cuadrilla. El salario medio en España en 1942 es de 3.000 pesetas anuales (dato publicado por el INE), lo que equivale a 250 pesetas mensuales o algo menos de 11 pesetas por jornada de trabajo. Según podemos comprobar en el recibí firmado por Antonio Sáez Pozuelo el 7 de abril de 1941 a la Hermandad de la Caridad, esta hermandad pagó al capataz 25 pesetas por cada faenero por el “transporte” del paso en su procesión del Jueves Santo de dicho año. Si a ello añadimos la gratificación pagada por la misma hermandad en agradecimiento por las labores de montaje y desmontaje, equivalentes a unas 10 pesetas por trabajador, los miembros de la cuadrilla que participaran en ambas actividades podrían haber ganado 35 pesetas con el trabajo realizado para tan sólo una hermandad, cifra que podría superar las 200 pesetas para aquellos que tuvieran la suerte de trabajar todos los días de la semana junto a cualquiera de estos capataces. Salario que como hemos analizado se acerca bastante al salario mensual medio en España.

A ello habría que añadir las “convidás” que la cuadrilla recibía después de cada salida procesional o jornada de montaje o desmontaje. Famosas son las invitaciones a “pescaíto frito” que la hermandad del Santo Entierro ofrece durante estos años a los faeneros durante los montajes de su altar de cultos en la iglesia de la Compañía; la de churros que ofrecía la hermandad de la Sentencia en San Nicolás; las de una ronda de vino que ofrecía el propio hermano mayor de la Hermandad de la Misericordia una vez terminada la procesión en las tabernas “El Brasero” y “Villoslada”, o las piezas de queso entero o garrafas de vino entregadas por otras. Todo ello hoy en día prácticamente anecdótico, pero que sin duda supone un verdadero alivio a las economías domésticas de los trabajadores en plena era de las cartillas de racionamiento.

El interés de Antonio Sáez Pozuelo y sus hijos por el bienestar, tanto económico como físico, de sus cuadrillas queda de manifiesto en los contratos anuales que se firman con las hermandades. Cogiendo como ejemplo el contrato firmado con la Hermandad de la Misericordia el 9 de marzo de 1961 para el transporte de los dos pasos procesionales de dicha cofradía, lo primero que podemos destacar es la suscripción de un seguro de accidentes de todo el personal que interviene en dicho servicio, el cual debe ser contratado y abonado por la propia hermandad. Igualmente se estipulan, como no puede ser de otra manera, las condiciones económicas del servicio, tanto en el desarrollo normal de la salida procesional como en el supuesto de lluvia, así como los plazos de abono del servicio.

Estas clausulas, tal vez hoy en día lógicas, no son una norma en la época como podemos comprobar en un contrato firmado el 22 de marzo de 1965 en la ciudad de Sevilla, entre la Hermandad del Dulce Nombre y el capataz Salvador Dorado Vázquez. En el mismo comprobamos en primer lugar el elevado precio del servicio en la capital andaluza (lo que cobra en Córdoba el capataz es lo que cobra en Sevilla un costalero), así como la ausencia de cualquier referencia al seguro de accidentes; lo cual no implica la inexistencia del seguro para las cuadrillas sevillanas, sino la preocupación de la familia Sáez por la inclusión del mismo en los contratos firmados por ellos.

El pago de las hermandades a los capataces, encargados éstos a su vez del pago a los faeneros, depende de la hermandad y sus circunstancias. Existen hermandades que saldan su deuda en el mismo momento de finalizar su procesión, mientras que otras esperan al día siguiente o incluso al final de la Semana Santa. Esta circunstancia no siempre es fácil de mantener, pues por la delicada situación personal por la que pasan muchos miembros de la cuadrilla, algunos suelen pedir a los capataces un adelanto del día e incluso del trabajo de toda la semana. Estos adelantos se suelen atender en la mayoría de las ocasiones, saldándose las cuentas, o no, al final de la semana.

Sin embargo, y aunque el estímulo económico pudiera compensar, las condiciones de trabajo son en cualquier caso muy exigentes. La jornada de trabajo en la lonja comienza a primeras horas de la mañana, tras la cual cada miembro de la cuadrilla se dirige a la iglesia que tenga asignada para dicho día. Tras finalizar la jornada cofrade, en una época donde las hermandades se recogían en un horario más tardío del actual, la mayoría de los faeneros suelen dirigirse directamente de nuevo hacia la lonja con el fin de descansar lo máximo posible antes de volver a comenzar una nueva jornada. Los más afortunados, si disponen de bicicleta, pueden regresar a casa para asearse y descansar, si bien lo habitual es “pegar una cabezada” sobre sacos apilados en las propias lonjas antes de comenzar una nueva jornada.

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