Una configuración iconográfica que subraya la dimensión gloriosa del crucificado trianero y reabre el debate sobre los atributos pasionistas
La Hermandad del Santísimo Cristo de la Expiración, radicada en el sevillano arrabal de Triana, ha dispuesto que su titular, conocido universalmente como el Cachorro, procesione en la capital italiana portando corona de espinas y potencias, en el marco de su participación en los actos del Jubileo de la Esperanza convocado por la Santa Sede, según han confirmado fuentes cercanas a la corporación trianera.
Dicha elección, que incide en la presentación gloriosa del crucificado tallado por Francisco Antonio Ruiz Gijón en 1682, no es meramente ornamental, sino profundamente teológica e iconográfica. En la tradición artística de los crucificados sevillanos, las potencias —emblemas de la sabiduría, el poder y la divinidad de Cristo— constituyen una afirmación doctrinal: incluso en el trance de la muerte, el Redentor permanece revestido de su condición divina. La corona de espinas, por su parte, reafirma el componente pasionista de la escena sin alterar su majestad.
No obstante, la incorporación o supresión de estos elementos ha sido objeto de debate recurrente tanto en ámbitos devocionales como historiográficos. Existe una corriente que defiende su presencia invariable, apelando a la intención original del escultor y al marco conceptual del Barroco andaluz, que concibió esta imagen como la síntesis dramática y triunfal de la redención. Desde esta perspectiva, despojar al Cristo de tales atributos supondría alterar el discurso visual para el que fue creado.
Por el contrario, otras posturas más contemporáneas, sustentadas en criterios de orden estético o expresivo, abogan por una configuración despojada, que acentúe el patetismo y la humanidad del crucificado. Estas visiones, si bien más modernas, han sido acogidas en ciertos momentos por la corporación, que a lo largo de su historia ha permitido una alternancia en la presentación de la imagen. Sirvan como ejemplo reciente la salida procesional del Viernes Santo de 2025, en la que el Cristo no portó ni potencias ni corona, frente a su participación en el Santo Entierro Magno de 2024, en el que sí lució ambos atributos.
La elección para la cita romana, además de una opción estética o devocional, supone una declaración de intenciones en el plano representativo y teológico. En un contexto eclesial de dimensión universal como es el Jubileo, la imagen encarnará no solo la piedad trianera, sino también un modo específico de entender la Pasión y la gloria del Hijo de Dios a través del lenguaje barroco andaluz. Sea como fuere, la presencia del Cachorro en Roma constituye un hito cultural y espiritual cuya proyección transciende el ámbito local, y que —con atributos o sin ellos— vuelve a interpelar desde el arte al misterio insondable del Amor crucificado.





