La relación entre las cofradías y la curia no ha estado exenta de capítulos protagonizados por desacuerdos que han pasado a la posteridad como ejemplo de una más que desafortunada convivencia. Desde hermandades que han acabado buscando nueva sede hasta otras que han sufrido el rechazo y han entrado en un periodo de inactividad que ha terminado por apuntalarlas en el olvido.
Antes de que reabriera el Salvador, el turismo y la liturgia se habían llevado bien siempre y cuando una de las dos partes contaba con un peso mayor. Y esta, obviamente, recaía en la segunda de ellas. Pero cuando el segundo templo más grande de la ciudad se echó en manos del turismo, con una apertura que rompe con la sintonía tradicional de este binomio, la vida de las hermandades ha acabado, tristemente, viéndose afectada.
Cuando en enero se llevó a cabo el besapié al Nazareno de Pasión, el acceso podía hacerse por la puerta principal o por la estrechez de la calle Córdoba, aquel resquicio que pasa casi desapercibido. Por eso, cuando un grupo de muchachos, hermanos de la corporación, llegaron desde su provincia dispuestos a besar el talón de la efigie, allí, en la puerta vendida al turismo, recibieron la respuesta de que no podían acceder si no enseñaban el DNI. Y hay quien se quejó de que cada vez que quisiera acceder tuviera que enseñarlo, con un control que no ni propio del Ayuntamiento.
Ofrecer al visitante la riqueza que atesoramos es crucial para que con sus euros podamos mantener nuestro patrimonio, pero ¿dónde queda la vida de las hermandades? El caso se repite más allá de intramuros. En Santa Ana, si accedes en un horario al que allí denominan “de visita”, te quedas sin rezar ante el Santísimo, la Pastora, la Virgen del Carmen, Madre de Dios del Rosario o la propia Santa Ana. A no ser que desembolses una cantidad, como si vinieras de Guinea Conakri aunque hayas nacido en la misma calle Pureza.
Esta nueva naturaleza es extraña a la par que invasiva. Lo que en otras zonas de España es habitual, aquí nos parece sacada de contexto, sobre todo porque en el sur se hace hermandad y son las mismas corporaciones las que mantienen llenas de vida los templos. Pero hay quienes prefieren más la pasta que la tradición que heredamos desde hace siglos.





