La remodelación de la plaza Nueva de Sevilla puede responder a la necesidad de renovar uno de los espacios más emblemáticos de la ciudad, mejorar su accesibilidad y adecuarlo a las exigencias urbanísticas actuales. Sin embargo, cualquier intervención sobre el espacio público debería contemplar también la realidad humana, histórica y espiritual de los lugares afectados. En pleno corazón de la capital hispalense se encuentra la capilla de San Onofre, un espacio que, lejos de ser un simple edificio integrado en el paisaje urbano, constituye un lugar de oración permanente gracias a su adoración eucarística las veinticuatro horas del día. Resulta, por tanto, difícil comprender que unas obras de esta envergadura no garanticen unas condiciones adecuadas para quienes desean entrar en ella y encontrarse con el Santísimo Sacramento.
La situación actual plantea un problema que va mucho más allá de las molestias habituales de cualquier intervención urbanística. Aunque se ha habilitado un pequeño pasillo para acceder a la capilla, esta solución parece claramente insuficiente cuando el ruido de la maquinaria, el movimiento de los trabajadores y las incomodidades derivadas de las obras dificultan el recogimiento de los fieles. ¿De qué sirve mantener abierto el acceso a un templo si no se procura que su interior siga siendo un espacio propicio para la oración? La adoración eucarística exige silencio, intimidad y una mínima tranquilidad que permitan al creyente detenerse en medio del ritmo frenético de la ciudad. Quienes acuden a San Onofre no buscan un lugar de paso ni una visita turística, sino un espacio sagrado en el que rezar, meditar y encontrar consuelo espiritual.
Lo verdaderamente cuestionable es que, en una ciudad como Sevilla, cuya identidad histórica y cultural está profundamente vinculada a sus iglesias, hermandades y tradiciones religiosas, no se otorgue a esta realidad la consideración que merece. La modernización urbana no puede convertirse en una excusa para relegar las necesidades de quienes practican su fe, especialmente cuando hablamos de una capilla que mantiene sus puertas abiertas día y noche para ofrecer un lugar de adoración ininterrumpida. No se trata de exigir que las obras desaparezcan ni de negar la necesidad de mejorar Plaza Nueva, sino de reclamar sensibilidad, planificación y soluciones eficaces: una protección acústica razonable, una organización de los trabajos que reduzca las molestias en la medida de lo posible y un acceso digno que garantice tanto la seguridad como el recogimiento. Si se puede planificar una remodelación para atender a los peatones, al comercio y a la estética urbana, también debería poder hacerse un esfuerzo para respetar la vida espiritual que late tras las puertas de San Onofre.
Sevilla no puede presumir únicamente de sus monumentos, sus plazas renovadas o sus proyectos urbanísticos; también debe demostrar que sabe proteger aquello que da sentido a su patrimonio y a la vida de sus ciudadanos. La capilla de San Onofre no es un obstáculo en el camino de la modernidad, sino una presencia viva que merece ser respetada durante el desarrollo de cualquier intervención en su entorno. La verdadera calidad de una ciudad no se mide solo por el aspecto de sus espacios públicos una vez concluidas las obras, sino también por la consideración que demuestra hacia las personas y las realidades que los habitan mientras estas se llevan a cabo. Privar a los devotos de unas condiciones mínimas de silencio y tranquilidad supone ignorar una necesidad legítima que debería haberse previsto desde el principio. Porque renovar una plaza no debería significar perturbar la oración de quienes acuden a ella buscando precisamente lo contrario: un poco de paz en medio del ruido del mundo.

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