El rincón de Costal Hero | El árbol genealógico del pajarito

¡Tos por igual, valientes! ¡A esta es! En el mundillo cofrade existen especies que ni el mismísimo Félix Rodríguez de la Fuente habría catalogado sin echar mano de un cargamento de manzanilla. Individuos con unos pajaritos de proporciones bíblicas, un ego que no cabe por la puerta de la parroquia y la convicción de haber sido elegidos por los dioses del Olimpo para custodiar los secretos del universo capillita. Tú los ves por la hermandad y no sabes qué han hecho, pero caminan como si acabaran de salvar a la corporación de una invasión extraterrestre. Su aportación oscila entre el cero absoluto y la nada más solemne, pero su autoestima cotiza por encima de las acciones de Apple. Si por ellos fuera, tendrían una calle con su nombre, una placa en la casa de hermandad y un busto en bronce a la entrada del templo, aunque no hayan movido una silla ni acercado un vaso de agua al que lleva tres horas montando un altar. Antes soltaban sus hazañas imaginarias en la barra del bar; ahora, gracias a Instagram, Facebook y demás inventos del demonio, el fantasma de toda la vida se ha convertido en una productora audiovisual. Se hace una foto con cara de estadista, coloca una frase de Paulo Coelho que no entiende ni el propio Paulo Coelho y pontifica sobre Semana Santa, música y lo que se tercie. Y si alguien le lleva la contraria, bloquea, borra, denuncia y se hace la víctima. El pajarito ya no anida en la cabeza: se ha construido allí un complejo residencial con piscina, gimnasio y pista de pádel. ¡Qué fartita le hasen a algunos una buena cura de humildad, mi arma!

Pero agárrense, que la evolución de la especie nos ha traído al heredero de las hazañas que nunca ocurrieron. Un individuo que presume de linaje porque, según su particular árbol genealógico, viene de una estirpe de próceres cofrades. Él no ha mandado un paso, organizado un acto ni levantado un altar, pero, oye, su abuelo conocía al que una vez habló con el que llevaba las cuentas de la cofradía. Y con semejante parentesco ya se siente descendiente de una dinastía imperial. El apellido debería ir acompañado de un escudo heráldico, dos leones rampantes y una corona ducal. No dieron un palo al agua, pero ahora resulta que el mérito también se hereda por ósmosis. ¡Esto es mejor que la lotería genética! Y aquí viene la anécdota que me contaron y que todavía me provoca una carcajada. Un pajarito andaba por las redes piando que sabía mucho «del asunto» porque pertenecía a una «familia de capataces». Noniná, con dos bemoles. Cualquiera que lo leyera pensaría que en su casa había más martillos que cucharas. Yo me lo imagino entrando en una reunión: «Buenas tardes, soy de una familia de capataces». Y acto seguido, silencio reverencial, alfombra roja, banda de música y reverencias, como si acabara de llegar el heredero de la corona británica. ¡Mi arma, ni que su apellido fuese Villanueva o Santiago! Pues resulta que, según me dijeron, en su familia hay la impresionante cifra de cero capataces. ¡Cero! Mi respuesta fue inmediata: «Que alguien le explique a este muchacho que, si en su casa lo más cerca que han estado de un llamador ha sido un zanco, quizá convendría bajar un par de marchas el discursito». Más que nada para evitar otro ridículo de esos que dejan huella hasta en el algoritmo. Que bastante tenemos con los sacapasos que se creen capataces como para añadir a quienes no han sacado un paso en su vida, pero pontifican por los méritos de unos antepasados que, a lo mejor, tampoco hicieron gran cosa. A este paso, uno presumirá de priostía porque su bisabuela compraba flores; otro, de música porque su tío coincidió con un corneta en un bautizo; y un tercero, de patrimonio porque su tatarabuelo vio colocar un candelabro. La próxima oposición al martillo se resolverá con un árbol genealógico y una foto tamaño carné. ¡Y al que no tenga antepasados con pedigrí, que se busque un padrino con escudo de armas!

Así que Costal Hero propone crear un observatorio científico para estudiar a estos ejemplares, con un equipo de biólogos y, si queda presupuesto, un psicólogo especializado en pajaritos con el pecho hinchado de ego. Porque una cosa es tener familia y otra muy distinta convertir el árbol genealógico en un máster cofrade. Y pa’ que se rían ti, chiquillo. El que sabe de verdad no necesita pregonar su grandeza cada cinco minutos, ni presentar las credenciales de su bisabuelo para que le den la razón. Pero, por favor, que nadie le quite mérito a estos pollos de corral, capaces de convertir una conversación de barra en una conferencia magistral y un apellido corriente en un título nobiliario. El currículum les cabe en una estampita de bolsillo, pero el ego necesita una caseta de feria para él solo. Costal Hero seguirá observando desde la barrera, con la faja preparada y la Cruzcampo en la mano, esperando al próximo descendiente de la nobleza del martillo. Eso sí, que traiga el árbol genealógico completo. A ver si entre tanto antepasado encontramos, por fin, a uno que hiciera algo.

¡Ahí quedó!