Cuando se junta el chovinismo y el deber de hacer frente a una información veraz se corre el riego de dejar que la responsabilidad se vaya por el desagüe. Acostumbrados ya a que la prensa, en líneas generales, sea más partidista que otra cosa, asistimos a un nuevo capítulo donde descubrimos –¡qué pesados!– el carácter provinciano y ombliguista de la élite.
Si la prensa ha dominado durante años el mercado, ahora la democratización de los medios propicia el acceso de millones de seres humanos a la información, e incluso pueden ellos mismos ser transmisores del conocimiento que palpan, aunque no vamos a igualar a unos y otro. Si las redes sociales son en ocasiones la selva, no podemos menoscabar su influencia y el hecho de que en ciertos momentos transmiten datos por delante de los medios de comunicación tradicionales. Por eso es tan importante recurrir a quienes, sin ser periodistas, reflejan sin posicionarse la realidad que acontece.
Un periodista pagado por un ente que depende de un organismo superior que se ha dejado un pastizal no va a contarte la verdad porque podría estar en la calle en menos que canta un gallo. El presentador de un espacio que romantiza y parchea la realidad creando una atmósfera idílica que en cuanto se rasca un poco esta se viene abajo tampoco va a ser objetivo. El que tiene una cuenta en redes sociales y no pierde nada, probablemente te contará lo que simplemente vio.
Y si le añades unas imágenes sin retocar, en directo, y sobre todo, si lo vives allí en primera fila, ya sí es cierto que nadie puede decirte lo contrario. ¿Evangelizar? Me gustaría saber quiénes acabaron convirtiéndose, porque hablamos del término en tantas ocasiones que aquellos que lo usan no caen en la cuenta de la banalización del mismo. Es más, si se les pregunta por qué entienden ellos por evangelizar, convencido estoy de que no sabrán dar una explicación cierta.

No me faltan aquellos que afirman que el Cachorro y la Esperanza –si vemos la prensa de aquí parece que no ha ido nadie más, les invito a que vean otros medios para tener una visión más amplia–, no cesaron las voces en asegurar que no desentonaban en absoluto en El Vaticano. Puede que no, pero cualquier persona que haya estudiado Historia del Arte sabe lo que significa Italia y dentro de estos lugares como Roma o Florencia a la contribución del arte mundial. Flaco favor hace quienes, pregonando sus conocimientos, colocan al mismo nivel a Ruiz Gijón y a Bernini o Miguel Ángel. Parece que algunos no saben ya qué hacer para llamar la atención, debe ser que les produce más pavor el olvido y se prestan a cualquier cosa. Gombrich se llevaría las manos a la cabeza y como él, los estudiosos de la Historia del Arte que apuestan por la objetividad –que, por cierto, en su obra más conocida, La Historia del Arte destaca de España la contribución de uno o dos pintores, no vayan a creerse ustedes…–
El mundo aquí, nuestro mundo, es así. Pleitear continuamente para defender que lo nuestro es lo mejor que hay. Luego uno se toma un simple café en la plaza de España en Roma y se queda extasiado. No podemos aceptar que el público que acompañaba a las imágenes fuera solo andaluz y que, además, escaseara –hasta se echó en falta la presencia de hermanos mayores de otras hermandades que bien podrían haber acudido–. Frente a esto, afirmamos que las imágenes no fueron allí a eso sino a peregrinar. En Semana Santa, cuando acuden a hacer estación de penitencia, y en ocasiones algunos pasos van solos, no utilizamos la misma vara de medir.
Como cada uno es libre pueden creerse lo que consideren, pero no caigan en el error de alterar la realidad. Sean conscientes de que ni la máxima autoridad de la Iglesia, ni los reyes de España, ni los cardenales españoles que se encontraban en el centro de la cristiandad, el eco que tuvo fue escaso. No somos el centro del mundo.





