La procesión del Corpus conlleva siempre el mismo tema. Año tras año, es como ese eslogan que uno no puede sacarse de la cabeza y que se resuena cuando menos se lo espera. Que el cortejo es kilométrico a la par de tedioso y que las cofradías son las que salvaron una de las fiestas principales de la ciudad, ya lo sabemos. Y también somos conocedores de que queda mucho por hacer para que vuelva a ser la celebración que fue. Podríamos comenzar, por ejemplo, por atajar la mala educación del público.
Las actitudes y comportamientos no cambian. Da igual que sea Corpus Christi, Jueves Santo o un infernal día del mes de agosto. La tarde de la víspera, que se ha comido a uno de los jueves que reluce más que el sol, uno observa ya este tipo de seres que van al centro sin preguntarse antes si están preparados para compartir espacio con el resto de personas que acuden con la misma finalidad.

Decía el alcalde meses atrás que los sevillanos sabemos movernos por el centro en Semana Santa, que es el extranjero el que está totalmente perdido. Bien podría echarse a la calle la tarde anterior al Corpus y ver cómo la juventud va mirando el GPS porque no salen ni de sus barrios. Quizá no le vendría mal una vuelta por tales zonas para palpar el ánimo de las zonas vecinas, así al menos no acabaría demostrando desconocimiento.
Perdidos no solo los jóvenes, también los mayores, que de repente se frenan en medio de la calle sin avisar, algo que ha acabado extendiéndose al resto del personal. Y no hablemos de los empujones para pasar. Al centro se va la víspera a disfrutar de los montajes, a ver los pasos, a acudir al concierto en la plaza de San Francisco. No se va a correr, a poner malas caras constantemente o a quejarse de cómo está este u otro altar gritándolo a los cuatro vientos. Súbase usted y hágalo mejor.
Porque parece que estamos en la época de decir lo que pensamos a viva voz con el objetivo de que nos escuchen y que se líe. No había hecho Santa Teresa de Jesús más que ser centrada en el altar cuando tres lenguaraces comenzaban a soltar bilis por la boca. Desagradable momento el que vivimos quienes estábamos allí.
La tarde fue agradable en temperatura. En la catedral vimos cómo relucía el altar de plata y en la calle el arzobispo se daba un baño de masas. Por allí cerca se encontraba Javier Hernández, el vestidor de la Esperanza de Triana, siempre tan servil con los poderosos y menos amable con los demás, y el resto de la cohorte que visitaba los altares.
Tampoco pasó desapercibido el que se asomaba a un balcón de la calle Cuna, donde se encontraba un cuadro de la Pastora de Triana. Ahí vimos al típico que se cree que le sacaban fotos a él y no se despegaba del balcón. Otro que se aprovecha de una hermandad para ser alguien por unos instantes. Los montajes que se hicieron con él en redes sociales… Mejor, búsquenlos.
Pero vayamos al día del jueves que, a estas alturas, con semejante cortejo van a tener que adelantar el inicio de la procesión. En la sombra había público, en el sol era imposible. Dos días San Isaías en la avenida de la Constitución hasta que por fin aparecieron los niños carráncanos. ¿Habría el mismo número de asistentes si no llevaran su medalla? Dicho de otro, ¿quiénes salen para acompañar al Santísimo y quiénes para que los vean?

En la etiqueta se ha mejorado bastante. Se han esmerado las hermandades en recordar qué es la procesión y para qué se acude al centro. Me quedo con los representantes de la Universidad aunque, eso sí, fue algo extenso. Por cierto, ¿qué hacía en la procesión una representación de un club náutico y por qué no hay presencia de otras asociaciones religiosas?
Por otra parte, el precio de las sillas ascendió a quince euros. Casi nada. La picaresca vuelve a aflorar. Que haya personas que se sientan cuando están libres lo hemos visto desde que tenemos uso de razón. Este año, frente a la puerta de la Concepción, dos trabajadores de la empresa llamaban la atención a dos señoras. “Nosotras es que nunca hemos pagado, siempre nos hemos sentado”. Rondarían los setenta años ambas mujeres. Echen cuentas.
En el cortejo vimos también a Manuel Alés, del que temblamos cuando toma la palabra porque da un pregón. Recordemos su intervención para presentar a José Antonio Rodríguez el Domingo de Pasión. Allí estaba, dándole al palique junto a su alcalde.
En fin, regresando al principio, ¿por dónde comenzamos para mejorar la celebración más importante de la Iglesia católica? ¿Quién le pone el cascabel al gato?






