El capirote | Más besos y menos flashes

Llega uno a diciembre con la sensación de que le espera a la vuelta de la esquina otra procesión extraordinaria. Pero no, no es así, o al menos por el momento. El día de la Inmaculada contó este año con la novedad del rosario de la Virgen de Guadalupe, pero por lo demás, prosiguieron los tradicionales besamanos, hasta un total de veintitrés.

Una cifra que podrían recordar los periodistas cuando patrocinan sus galerías completas de imágenes, algunos de los cuales vuelve a olvidarse de la Virgen de la Salud, de la hermandad del Sol, que estuvo expuesta, eso sí, en un corto horario, de 10 a 14 horas. Conforme uno se iba acercando al centro se encontraba cada vez más público, aunque a primeras horas de la mañana todavía era escasa su presencia.

Aquí vende mucho aquello de que se echaron en masa para ver los besamanos el día de la Inmaculada y patrocinar a bombo y platillo aquello de la defensa del dogma, porque es lo que probablemente quiere leer la gente que se piensa todavía que el consumismo no llegó para arrollarnos a todos. Por eso algunos besamanos retrasaron su horario media hora con respecto a años anteriores y a última hora de la tarde estaba todo lleno, colas con los globos de Cajasol y alguna que otra señora despistada preguntando qué Virgen es esta.

Por eso ir a ver las imágenes marianas por la mañana es un deleite, apenas hay público. Este suele sumarse a la hora de comer, que para eso es festivo y hay que salir a dar una vuelta. Y ya prefieren quedarse por la tarde, sobre todo aprovechando que frio, lo que se dice frío, no es que haga. Que sí, que habrá hermanos que acuden a ver a los titulares de su cofradía, pero también el típico que se apunta a todo. Y postureo, que no nos falte. A eso de las dos de la tarde ya podían verse en el centro a las señoras con las medias negras y a ellos, de Álvaro Moreno. Los de Massimo Dutti y Hermès escaseaban.

La tarde deparó novedades. ¿Dónde quedó aquello de que era una falta de decoro cruzar las piernas estando en un templo? Añadámosle subirse a la parte inferior del banco, donde se supone que han de reposar las rodillas. Y otra más, ver los vídeos en el móvil mientras que esperamos que algún familiar termine la cola del besamanos.

El ser humano está demostrando tener una facilidad pasmosa para perder las formas y ejemplificar que detrás de la fachada hay hueco. Espacio vacío, como los jarrones. Ya sean chinos o de Ceuta. La imagen de aquel joven saliendo de San Pedro y quitándose la medalla, porque el postureo tocaba a su fin, el que acudió a ver a la Virgen de las Penas con los cascos puestos —menos mal que para el besamanos se los quitó— o la joven, también en San Andrés, que fue preste y que al preguntarle una de sus amigas por qué no mostraba mejor la cruz que tenía al cuello —oculta tras el cuello alto— afirmaba aquello de «a mí la cruz me da igual».

¿Y en cuanto a las imágenes? Un nivel insuperable, con una Virgen del Subterráneo presidiendo Los Terceros, toda belleza, la dolorosa de los Ángeles derrochando elegancia, sobriedad en los Servitas o buen gusto en Santiago, donde algunos vieron por primera vez el templo tras su reapertura. Clasicismo en la Vera Cruz, reminiscencias de Viernes Santo con la Soledad y exquisitez por San Vicente. El día anterior a la Inmaculada ya podía visitarse la Virgen de los Dolores, de Santa Cruz, que bajaba para encontrarse con los devotos. En cuanto a las glorias, emotivo fue el rezo del Ángelus en el Arco del Postigo. También recibieron besos la Pastora de San Antonio y la cada vez menos desconocida Virgen de la Aurora de la calle Cervantes. Por San Juan de la Palma esperaba Montemayor, ya el día 8. Y en la calle Amparo, la Pastora de Santa Marina, uno de los más logrados besamanos de cuantos hemos podido ver que, este domingo, todavía pueden visitar.

Desde el centro y hasta los barrios, el fervor inmaculista seguía presente. En Parque Alcosa la función tuvo lleno absoluto, con la dolorosa presidiendo el templo. En Padre Pío, como cada año, la Virgen de la Divina Gracia. Dos señoras mayores rezaban, más verdad que en los especímenes de barraca de feria con los nos topamos en este bendito día.

A medida que la tarde se iba terminando los templos fueron llenándose. En El Silencio todo era agobio, ante un altar majestuoso. Y cerca de la plaza Cristo de Burgos, las colas no cesaban. La dolorosa presidía San Pedro en una estampa que hasta hace poco parecía imposible. Por San Martín, el discípulo amado consolaba a la Virgen de Guía. En el Salvador, la hermandad que nació para socorrer a los presos situaba a la dolorosa presidiendo su capilla. Al igual que la Virgen del Socorro, la Virgen de la Concepción de La Trinidad podía visitarse la víspera del festivo.

El problema de algunos besamanos, el corto espacio de tiempo en el que estuvieron expuestas las dolorosas. En San Pedro tan solo de 14 a 19:30. Escasas horas que propiciaron que la gente se agolpara en el céntrico templo. A última hora, las puertas se cerraron para preparar el inicio de la misa. Ya no se podía acceder. A no ser que fueras Juanma Labrador, que entonces sí. Y ahí entró este conocido cofrade que, al contemplar la dolorosa en el altar mayor exclamó: «illo, vaya pelotasso, ¿no?» dirigiéndose a uno de los miembros de la junta.

Pero retomando los besamanos, ¿se han dado cuenta de la perfección en el Santo Ángel con la Virgen de la Salud? Es un deleite poder detenerse en cada uno de los detalles que tiene. El tema de conversación en la mayoría de los corrillos fue la compra, según El Llamador, de la túnica del Nazareno de Morón —¿han visto que el anticuario ha borrado su famoso post?—, al que se añadió después la declaración de agrupación parroquial al grupo de fieles de la Caridad de Santa Aurelia, imagen que este fin de semana está en besamanos. Y mientras tanto, fotos y más fotos a las imágenes. Galerías llenas de instantáneas que apenas verán, pero hay que dejar constancia como sea.

Y hasta aquí las vivencias de una jornada que es toda ella un canto a la Virgen María y que parte del pueblo —por suerte no toda— todavía desconoce su grandeza. Para hallar la verdad de todo, cómo no, la visita a los templos.