Pocas hermandades, asociaciones de fieles y demás agrupaciones parroquiales tienen la suerte de contar con una prensa que les dore la píldora tanto como la Asociación de Fieles de Nuestra Señora de los Reyes y San Fernando de Sevilla.
Como cada año, se acerca agosto y llueven los artículos rancios y los de corte histórico —que vuelven a repetir una y otra vez los mismos avatares— porque lo de investigar a fondo para revelar interesantes datos parece que queda en manos de otro tipo de profesionales.
El más loable ejercicio de objetividad llega cuando se analizan las crónicas de la procesión. No asoma la más mínima crítica, todo lo contrario. De hecho, su relectura hace pensar que ciertos periodistas solo ven la procesión a través de televisión. O ni eso. Una vez analizadas, no sabe el lector si se encuentra ante una crónica de 2025, de 2019 o décadas atrás. Inalterables, como quien, cual papagayo, repite una y otra vez el mismo relato.
No se sabe si es porque hay fotógrafos que pueden facilitar de primera mano información relativa a los actos y cultos de la patrona o por la simple razón de haberse acomodado en sus poltronas. Lo cierto es que llegado agosto todo es buenismo en torno a Ella. Aparecen, cómo no, aquellos que se aprovechan de la cita para sacar a relucir que no hay fuegos artificiales ni tradiciones impostadas, desconociendo estos, del grupito de los golpes de pecho, las bengalas que se lanzaron cuando fue coronada la Virgen de los Reyes o los castillos de fuegos con los que eran recibidos los titulares de San Bernardo al llegar a su barrio tras realizar la estación de penitencia. Ahora llamamos impostura a lo que existía antes de que naciéramos.
Volver sobre la misma idea para recalcar un pensamiento que además no se sostiene, dirían algunos expertos en la materia. También los hay los que manifiestan que la imagen entró con Fernando III a la ciudad cuando este acaba reconquistándola, cuando no hay constancia de que fuera exactamente la que más tarde se denominaría «de los Reyes», dado que las crónicas refieren una imagen de Santa María, denominación que recibían por entonces prácticamente todas las esculturas de la Madre de Dios. Y, si hablamos de San Fernando, pocas esculturas de la Virgen no es que tuviera, precisamente. Pero ahí están, para reprender a quien defienda lo que únicamente reflejan los textos y poner el grito en el cielo por contrariar una idea que no tiene una base sólida. Pero, llegados a este punto cabría preguntarse: ¿quién se ha leído los anales de Ortiz de Zúñiga?
Otro aspecto cuestionable ilustra a través de la pluma que se trata de una devoción que desde el minuto uno arrastra un fervor inalterable. Ninguna imagen desde el momento de su ejecución es centro ineludible de oraciones y promesas. Todas atraviesan una etapa en la que van gozando de fama, ya sea por favores concedidos, milagros u otras cuestiones. Del mismo modo que una corporación no cae en el olvido de un día para otro, sino que han de pasar varias generaciones hasta que son olvidadas por el pueblo.
A esta caterva, en cambio, no la verás opinar sobre el escaso horario de apertura de la capilla real para que podamos rezar ante la madre de todos los sevillanos, ni de media de edad de la asociación de fieles, que rebasa los sesenta años, lo que indica la necesaria renovación de generaciones que mantengan el fervor hacia la Virgen. Se afanarán en recordar que durante la procesión había bullas. Llegado a este punto, si había bullas ¿qué es entonces lo que arrastra la Asunción de Cantillana? Y si enormes son las colas para el besamanos, ¿qué había en torno a la Macarena en el besamanos que protagonizó en 2014 en la parroquia del Sagrario?
El desacierto es tal que sorprende la afirmación del actual presidente de la asociación afirmaba que el joyero de la Virgen era el más importante del mundo superado solo por el de la Casa Real británica. Nadie le rebatió. Algún que otro joyero se llevó las manos a la cabeza. Nadie públicamente salió al paso para rebatir tal idea. Porque si los Windsor tienen la colección más valorada, no le saca demasiada ventaja a la siguiente familia real, la holandesa, ni esta a la de Noruega, que únicamente su tiara más cara ronda los 20 millones de euros. Se olvidó el presidente de la jequesa de Catar y su impresionante joyero, como el collar de Cartier con la mano de Fátima, los pendientes de oro, platino y rubíes de Buccellati, la serpiente de platino, conformada por las dos esmeraldas más grandes del mundo y alrededor de 4.000 diamantes o uno de los collares más legendarios de Cartier con 56,07 quilates de diamantes y perlas, con diamantes Golconda —las de más alta calidad—, que alcanzarían un valor de diez millones de euros hoy en día.
La joya de este año la otorgo a quien afirmó que Patricia del Pozo apareció el día de la procesión «con un más que acertado y elegante vestido negro y un bello recogido en el pelo». La susodicha, consejera de Cultura y Patrimonio —y por un brevísimo periodo de tiempo de Desarrollo Educativo y Formación Profesional— era centro de debate el pasado sábado en una conocida peluquería de mi barrio, en Luis Montoto. Al final, uno aprende que es mejor no opinar de lo que no sabe antes de meter la pata.






