La restauración de la Macarena arroja lecciones que no se deben pasar por alto. Si llama la atención el grado de desatino con el que se ha efectuado, con unas redes sociales que son el termómetro de la sociedad y que han elevado el tema a convertirse en uno de los más comentados, no es menos destacable cómo el silencio ha imperado en otras esferas.
El tema es grave. Nadie puede afirmar lo contrario porque sería negar una realidad evidente. No hay que ser doctos en restauración para ver que lo que se ha provocado en la imagen no ha seguido unos parámetros mínimos. Tal hecho sirve para extraer conclusiones, como que no se puede restaurar una imagen en tal escaso periodo de tiempo o que hace falta gente que esté a la altura de lo que nuestras imágenes merecen. Personas preparadas, que las hay, que pueden asesorar y que además cuentan con el suficiente conocimiento como para que su opinión se le tenga en cuenta en estos casos.
Lecciones pueden extraerse muchas. Y si son reveladoras las voces, también lo es el silencio. Porque en él también puede encontrarse los culpables de todo este procedimiento. Señores que se apegan a la hermandad y que la defienden a capa y espada y que no son capaces de levantar una crítica cuando la situación es más que insostenible. El otro día, un usuario preguntaba en Twitter que dónde se escondían José León Calzado o Mario Daza. Ellos, que se han mantenido al margen con la mojada del manto, algunas restauraciones más que cuestionables, bajo el amparo de la junta de gobierno, flaco favor hacen ahora optando por el silencio. El primero de ellos, conservador de patrimonio histórico, y el segundo, periodista. “La prensa es el dedo indicador de la ruta del progreso”, que dijera Víctor Hugo. Pero parece que en ocasiones se nos olvida señalar, aunque sea tan solo como indicador de que pueden mejorar y mucho las situaciones por las que atraviesan nuestras corporaciones.
Ahora, cuando el profesor Jesús Romanov ha dado la cara primero por una restauración que clama al cielo, es cuando han asomado toda esta serie de personajes, pasados unos días. Una vez que se ha visto el clamor popular, la que se ha formado, salen del escondite asomando la cabeza. Cuando Romanov saltó a los medios para abordar un espinoso asunto, todavía no habíamos escuchado ni al arzobispo, ni a Mario Daza, ni a José León, ni a Manuel Jesús Roldán, ni a otros tantos que han preferido callarse que, al igual que todos estos, amantes de la Semana Santa, han preferido callarse hasta que no ha quedado otra más que hacer acto de presencia ante la magnitud del asunto.
El capítulo nos sirve para darnos cuenta de la escasa contribución que hacen algunos a las hermandades, a las que se acercan servilmente, siendo incapaces de alzar la voz, sepa usted con qué interés o motivo. Hay ocasiones en las que el silencio solo te convierte en cómplice. Y es justo reconocer quién o quiénes han servido de altavoz a los hermanos y devotos ante tal despropósito.





