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El cartel de Jesús Zurita para la extraordinaria exposición Arte y Cofradías en Córdoba al detalle

La Agrupación de Cofradías de la Ciudad de Córdoba ha presentado este viernes, en el salón de actos de la Fundación Monseñor Castillejo, situada en la Plaza de las Doblas, la gran exposición de Semana Santa que bajo el título Arte y Cofradías en Córdoba tendrá lugar en la ampliación de Almanzor de la Mezquita-Catedral durante el mes de noviembre. Una muestra que cuenta con el apoyo financiero de la Consejería de Cultura y Patrimonio Histórico de la Junta de Andalucía. En el transcurso de la presentación, de ha desvelado el cartel de Jesús Zurita concebido para la ocasión. Un cartel cuya descripción, redactada por el propio Zurita reproducimos a continuación:

«En noviembre de 2009, el papa Benedicto XVI mantuvo un encuentro con creadores en la Capilla Sixtina al cumplirse el décimo aniversario de la publicación de la recordada y hermosísima carta de San Juan Pablo II a los artistas, documento que, a su vez, venía a desarrollar las conclusiones alcanzadas en el Concilio Vaticano II, expresadas por Pablo VI en la voluntad de reconciliar a las artes de vanguardia con la Iglesia, reconociendo la necesidad que tenían, y tienen, la una de la otra. En su discurso, el papa emérito señalaba que junto a la palabra, -principal medio del ministerio de la Iglesia-, el lenguaje artístico es capaz de hacer el Verbo más accesible y comprensible; también tiene el arte la capacidad de hacer que la experiencia de la palabra sea una vivencia conmovedora, emocionante.

Partiendo de este concepto, el cartel de la exposición “Arte y Cofradías en Córdoba”, que mostrará una selección del mejor arte cofrade cordobés, toma las figuras de los púlpitos y tornavoces que tallara Miguel de Verdiguier para la Catedral, dejando así de manifiesto la intrínseca unión entre la palabra de Dios, la verdad revelada y la belleza de lo artístico. Corona la composición la figura alegórica de la Fe, que alza su mano, como uniendo el poder del Altísimo con la devoción de los hombres; en una serpenteante ese se disponen las figuras de tres ángeles, también provenientes de los púlpitos.

El ángel superior, a la manera de las Famas clásicas, porta una bocina -de la Hermandad de la Caridad- para tocar y cantar los éxitos, las bondades y las verdades; el ángel central ostenta en su mano atributos propios de los oficios artísticos y artesanos relacionados con la Semana Santa, a saber: una gubia y un hilo de oro que extrae de los roleos de su indumentaria; el ángel de la zona inferior abre su manto en ademán de mostrar la escena. Las figuras de los ángeles visten algunos de los mantos que se van a exponer en la muestra catedralicia: el manto de la Reina de los Mártires, el de las Angustias y el de las Lágrimas, vistiendo la Fe el manto de Gracia y Amparo.

La idea de vestir a estas figuras con mantos de vírgenes pretende orbitar en torno a al concepto de protección, de cobijo. Un manto, si en el mundo profano es algo con que cubrirse y resguardarse, en el terreno de lo espiritual es alude a la protección divina, la del “bajo tu amparo nos acogemos…”. Estas figuras abren lo que en la iconografía cristiana se conoce con el término de rompimiento de gloria, un rompimiento de gloria es la ventana que abre lo artístico para adivinar la presencia de Dios. Los cofrades, encontramos en nuestras manifestaciones una suerte de Esperanza, ciega como la Fe y generosa como la Caridad.

Los cofrades no añoramos el Edén perdido, sino que aspiramos al Paraíso prometido de los horizontes altos, por eso solemos mirar hacia la altura de los pasos, hacia las glorias de los palios, para buscar en ellos esos rompimientos de Gloria en los que se adivina la celeste tierra prometida, en este caso representada por el manto estrellado de la Reina de los Ángeles, que a mi se me antoja como la contemplación de un cielo cuajado de estrellas que se mira desde abajo estando rodeado de un vergel. Este rompimiento de gloria emana rayos de luz, en forma de ráfagas de sol -tomados de la corona del Carmen de San Cayetano-, también para tratar el tema de lo eterno, aquí hay luz y noche a la vez, nuestro tiempo no pasa porque a la par brilla el sol y las estrellas.

Esa luz reveladora e inspiradora, que de Dios proviene, se dirige hacia abajo, hacia nosotros en forma de rayos, en este caso referenciando las potencias de plata del Calvario. Por redundar también en la idea de esperanza, se disponen en torno al rompimiento de Gloria la corona de espinas y los clavos en forma de azucenas del Remedio de Ánimas que encierran una poética maravillosa, son atributos de dolor y escarnio que, sin embargo, florecen. Termina de redondear la composición el cuerno de la abundancia extraído del manto de la Paz, para simbolizar los muchos dones y gracias recibidos. Después de un tiempo tan triste como el que acabamos de vivir, quizá el reencuentro con la belleza de las cosas Dios que se hicieron tanto para ser vistas como para ser vividas en lo público sea una de las curas más satisfactorias. ¿Qué puede volver a dar entusiasmo y confianza, qué puede alentar al espíritu humano a encontrar de nuevo el camino, a levantar la mirada hacia el horizonte, a soñar con una vida digna de su vocación, sino la belleza?

Benedicto terminaba el discurso de su encuentro con los artistas citando a San Agustín, cantor enamorado de la belleza, que reflexionando sobre el destino último del hombre escribía: «Gozaremos, por tanto, de una visión que los ojos nunca contemplaron, que los oídos nunca oyeron, que la fantasía nunca imaginó: una visión que supera todas las bellezas terrenas, la del oro, la de la plata, la de los bosques y los campos, la del mar y el cielo, la del sol y la luna, la de las estrellas y los ángeles; la razón es la siguiente: que esta es la fuente de todas las demás bellezas”.

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