Ya no son fiestas, son operativos policiales. Lo que un día fue una celebración popular, abierta y espontánea, hoy se parece más a una recreación urbana de un estado de sitio. Las cruces de mayo de Córdoba han sido secuestradas por el afán de control absoluto del Ayuntamiento y el Cecop, convertidas en un experimento social de orden público travestido de fiesta tradicional.
Las calles que antes rebosaban vida ahora están valladas, vigiladas con cámaras, llenas de agentes, con rutas marcadas a lo “solo entrada” o “solo salida”, como si estuviésemos en un festival de alta seguridad o peor aún, en una pesadilla logística diseñada por burócratas con complejo de ingeniero militar. El objetivo, se nos dice, es “evitar el botellón”. Pero lo que están evitando, en realidad, es la fiesta.
Nadie niega que haya que controlar excesos. Nadie aplaude que algunos conviertan las calles en urinarios improvisados. Pero lo que no se puede hacer es tratar a toda la ciudadanía como una masa sospechosa que debe ser guiada, empujada y vigilada. Porque eso no es protección, es represión festiva. Es una Córdoba disfrazada de Pekín, donde los flujos de personas se gestionan como si fueran mercancía peligrosa.
Cualquiera que haya vivido estas fiestas en las décadas de los 80 o 90 recordará una Córdoba viva, espontánea, con plazas llenas de vecinos, música y alegría. Hoy, sin embargo, nos encontramos con una ciudad tomada por vallas, policías haciendo de porteros y rutas de acceso más propias de un simulacro de emergencia nacional que de una fiesta popular. Todo ello bajo la excusa de controlar el botellón y evitar conductas incívicas. Pero no se engañen: no están luchando contra el botellón, están exterminando la fiesta.
Lo que era una fiesta vecinal, abierta y participativa se ha convertido en una suerte de “Gran Hermano” urbano, vigilado, encorsetado y cada vez más vacío de sentido. Las hermandades y colectivos que instalan las cruces sufren directamente las consecuencias: bajadas drásticas de público, pérdidas económicas evidentes y un clima de frustración que crece año tras año. La Cruz del Bailío, emblema de estas fiestas, se ha visto reducida a una postal inalcanzable, apartada por un diseño policial que ahuyenta más que ordena.
Uno de los ejemplos más insultantes lo encontramos en la zona de la cruz de los Dolores y la Cuesta del Bailío: para ir a la cruz de Bailío no crea usted que puede llegar por donde su libertad le dicte. No: hay que entrar, obligatoriamente, por Torres Cabrera y salir por la cuesta. Y quien haya disfrutado de la cruz de los Dolores tiene que salir por Bailío, atravesando la cruz de la Paz. Demencial. En estas cruces, quien quiera hacer su propio recorrido, que se olvide. Las fuerzas del orden están para evitarlo. Porque el mapa lo han dibujado ellos. Porque la fiesta ya no es del pueblo. Accedan al enlace de la información incrustada en esta columna y comprobarán las limitaciones que se han impuesto. El resultado es que muchos renuncian a la cruz del Bailío, antaño una de las más numerosas, absolutamente perjudicada por esta irracional conversión de las cruces en una distopía comunista o fascista, elijan el adjetivo que más les guste.
El despropósito no termina ahí. Algún iluminado ha decidido cerrar los Jardines de Colón y los de Orive para que no se produzcan aglomeraciones en esos enclaves, no sea que la juventud se concentre en un entorno visible, accesible y controlable. No, mejor que se dispersen, que se desplacen sin rumbo, para que el problema se traslade también y así se diluya. Una maniobra brillante si el objetivo era hacer más difícil la intervención y controlar lo que realmente hay que controlar. Llámenme idiota pero, ¿No sería más fácil, más lógico, dejar que se concentren allí y dejar vivir al resto de ciudadanos que quieren disfrutar de las cruces en paz y, sobre todo, en libertad?
¿El argumento estrella es que “en la feria sí, en las cruces no”? Porque en la feria sí hay botellón. Y a la vista y bajo el control de los mismos porteros de discoteca que controlan las calles estos días en los que Córdoba está sometida a un estado de excepción. La incoherencia es tan escandalosa que ni siquiera se molestan en justificarla con lógica. Mismo público, mismas calles, misma ciudad, pero dos varas de medir. Parece que el alcohol muta de vandalismo a cultura en apenas tres semanas.
A esto se suma la chapuza cultural de ofrecer “fiestas paralelas” para atraer a quienes no gustan del flamenquito. Conciertos, DJs, Felipe Conde como reclamo (el chiste se cuenta solo)… El caos conceptual es total. A quien no le guste la música o el ambiente de las cruces que haga como cualquier otro fin de semana del año, no hay por qué crear una oferta de ocio alternativo con nuestro dinero. ¿Por qué no conciertos de música clásica para los amantes de Albinoni o un certamen de bandas para los frikis de las cornetas? Y todo ello disfrazado de alternativa juvenil, en un intento desesperado por justificar un control que se ha vuelto insostenible y que empieza a provocar el efecto contrario: la gente se va. Se cansa. Se queda en casa.
¿Y las hermandades? Las grandes damnificadas. Montan su cruz, hacen un esfuerzo titánico, pero ven cómo el laberinto policial les roba público (precisamente del tipo de público que se deja el dinero), visibilidad y, por supuesto, ingresos. La cruz del Bailío, por ejemplo, ha perdido, en los últimos tiempos, todo el potencial de su histórica ubicación, teniendo que renunciar a la Cuesta del Bailío, que antaño se inundaba de clientes, quedando condenada a ser una isla cercada por barreras invisibles (y no tan invisibles en forma de vallas) e injustificables.
Esto no va de defender el incivismo. Esto va de LIBERTAD y EQUILIBRIO, de defender una fiesta que se nos escapa entre las manos por el empeño en convertir Córdoba en un tablero de operaciones policiales. Porque si el problema es la falta de baños, pongan baños. Si es el ruido, regulen. Si es el alcohol, actúen. Pero no liquiden una tradición de décadas para compensar su falta de imaginación y de gestión.
No matará el botellón a las Cruces. Las matarán el Ayuntamiento y el Cecop. Las matará el miedo, la desconfianza y la obsesión por controlarlo todo. Las matarán los que creen que una fiesta se dirige con planos y silbatos, en lugar de con empatía y sentido común. La incompetencia en la gestión no puede resolverse a base de evitar que haya ciudadanos que, en el ejercicio de su libertad, quieran disfrutar de una fiesta que unos iluminados nos han robado en nombre de un control social que raya lo antidemocrático. Porque van a terminar por echarnos a todos.
Y cuando llegue el día en que las plazas estén vacías, las cruces sin flores y los altavoces apagados, ya será tarde para preguntarse por qué. La respuesta estará escrita en cada valla, en cada paso prohibido, en cada cámara instalada. Y en cada ciudadano que decidió no volver.
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