Existen amores que no necesitan explicación porque se explican solos cuando una puerta se abre, cuando una mirada se humedece y cuando una ciudad entera reconoce que está ante algo que le pertenece desde lo más hondo del alma. La Merced es uno de esos amores que se heredan de padres a hijos, se alimentan en el silencio de una oración y se hacen eternos en el corazón de Córdoba. Y les mentiría si no les confesara que estoy profundamente enamorado de Ella desde mi juventud. Mi mirada hacia la Virgen de la Merced nace del afecto sincero de quien ha encontrado en su rostro una razón más para comprender la hondura de la devoción cofrade. Pero precisamente porque ese amor es tan profundo y porque estoy convencido de que trasciende cualquier sentimiento individual, ha llegado el momento de decirlo sin rodeos: hay que coronar a la Merced.
No lo digo por un arrebato pasajero ni por esa tentación tan cofrade de convertir cada aspiración en una competición de méritos. Cuando analizamos en este pequeño rincón de libertad qué dolorosas cordobesas podían reunir razones para recibir esta distinción, señalamos un podio tan evidente como hermoso: la Merced, la Esperanza y la Estrella, con la Nazarena en una consideración especial por su extraordinario valor artístico. Pero si hoy tuviera que elegir una imagen que, a día de hoy, reúna de manera particularmente completa los argumentos para aspirar a una coronación canónica, mi mirada volvería a detenerse, sin vacilación, en la obra de Francisco Buiza. La Virgen de la Merced cumple este año medio siglo de vida, pero la madurez de su devoción desborda desde hace tiempo las fronteras de su barrio. Cada Lunes Santo, cuando se abre paso hacia la Santa Iglesia Catedral, una multitud la espera, la busca y deposita en Ella una parte de su propia historia. Cuando una imagen se convierte en patrimonio sentimental de toda una ciudad, coronarla deja de parecer un gesto extraordinario y empieza a sentirse como una respuesta natural a tanto amor recibido.
La Merced, sin embargo, no se explica únicamente bajo su palio. Estamos ante una hermandad consolidada, dinámica y viva, con una actividad que no termina cuando se apagan los últimos cirios de la Semana Santa. Su compromiso social, cultural y formativo demuestra que entiende la vida cristiana como algo más que un calendario de vísperas. También su paso de palio, uno de los conjuntos más completos y reconocibles de nuestra Semana Santa, continúa avanzando hacia su culminación, —y esta cuestión podría parecer, pero creo que no en absoluto baladí—, recuperando felizmente una estética tradicional blanca, profundamente mercedaria, que devuelve a la corporación una parte esencial de su personalidad. Pero hay un argumento que va mucho más allá del patrimonio: la pastoral penitenciaria. La Orden de la Merced nació hace más de ocho siglos con una vocación redentora que sitúa la libertad, la misericordia y la entrega en el centro de su carisma. Que la hermandad mantenga viva esa sensibilidad y la convierta en compromiso constituye una razón de enorme profundidad. Una corona no debe reconocer únicamente una imagen hermosa o una devoción multitudinaria; también ha de expresar una fe que se traduce en obras y una comunidad que comprende que la caridad no es un adorno, sino una obligación evangélica.
Después está todo aquello que ningún expediente puede medir. El amor heredado de quienes enseñaron a sus hijos a mirar a la Merced, las familias que han transmitido esta devoción durante generaciones, los hermanos que regresan cada septiembre a San Antonio de Padua y quienes encuentran en el besamanos un instante para depositar ante la Virgen una petición, una gratitud, una herida o una esperanza. Están las oraciones susurradas, las promesas cumplidas y las lágrimas que nadie más conoce. La Merced es esa herencia invisible que pasa de unas manos a otras, ese refugio al que regresar siempre. Por eso, su coronación canónica sería mucho más que colocar una presea sobre sus sienes: supondría reconocer públicamente una realidad devocional, humana, social y espiritual que forma parte indiscutible de Córdoba. La corona no crearía esa devoción ni convertiría a la Merced en una referencia para la ciudad. Vendría a reconocer que ya lo es.
Este sábado, Córdoba tendrá una nueva oportunidad de demostrarlo. La Virgen recorrerá sus calles entre una multitud de fieles y recibirá la Medalla de Córdoba con motivo de su cincuenta aniversario, una distinción que trasciende el protocolo para reconocer la relevancia que la dolorosa de San Antonio de Padua ha adquirido entre los cordobeses. No se trata solo de celebrar la trayectoria de una hermandad, sino de reconocer que la Merced pertenece a su gente y forma parte del corazón de toda la ciudad. Por eso creo que este reconocimiento debe tener continuidad. Si Córdoba la distingue con su Medalla, ha llegado el momento de que la Iglesia valore la posibilidad de completar ese homenaje con la coronación canónica. Son ámbitos distintos, con procedimientos y competencias diferentes, pero pueden converger en una misma certeza: la importancia extraordinaria de esta devoción. La distinción civil reconoce su arraigo ciudadano; la coronación expresaría, desde la autoridad diocesana, el reconocimiento de una devoción mariana que hunde sus raíces en la vida cristiana, en el compromiso de la hermandad y en su servicio a los más vulnerables. No pido una corona para fabricar una devoción, sino para reconocer una devoción que ya existe.
El anuncio de Francisco Javier Moreno Pozo de que trasladará la propuesta al obispo, monseñor Jesús Fernández, durante la próxima visita pastoral que el prelado cursará a la parroquia del Zumbacón, constituye un primer paso, no una resolución definitiva. Será la autoridad diocesana quien deba valorar su recorrido. Pero las aspiraciones legítimas necesitan voces que las acompañen y palabras que expresen aquello que tantos sienten. La Merced reúne razones devocionales, patrimoniales, sociales y espirituales para que su coronación canónica sea estudiada con toda la seriedad que merece.
Por sus cincuenta años de historia. Por la obra de Buiza. Por el blanco mercedario de su palio y por la elegancia con la que cada Lunes Santo conquista el corazón de Córdoba. Por una hermandad que trabaja todo el año. Por quienes encuentran en la pastoral penitenciaria una forma concreta de vivir el Evangelio. Por los hermanos que llenan San Antonio de Padua cada septiembre. Por los padres que enseñaron a sus hijos a quererla y por los hijos que transmitirán ese amor a los suyos. Por cada beso, cada oración y cada lágrima que encontró consuelo en su mirada.
Este sábado habrá motivos para emocionarse y sentirse orgulloso de una historia compartida. Pero no basta con aplaudir su paso ni con concederle una distinción que certifique desde las instituciones lo que el pueblo lleva décadas proclamando con el corazón. La Medalla de Córdoba debe ser también una invitación a mirar más lejos. Que la ciudad la honre como parte de su alma y que la Iglesia valore reconocer, mediante la coronación canónica, la profundidad de una devoción que ya forma parte de su historia.
No se trata de exigir atajos ni de anticipar decisiones que corresponden al obispo. Se trata de reclamar que una realidad tan profunda no pase inadvertida, que tanto amor no quede reducido a la emoción de un día y que la voz de quienes sienten a la Merced como Madre encuentre cauce para hacerse escuchar. Porque hay coronas que distinguen una imagen y coronas que terminan contando la historia de todo un pueblo.
La Merced no necesita que nadie le invente una grandeza: necesita que se reconozca la que ya posee. Córdoba ha hablado con su devoción, con su historia y con la Medalla que este sábado pondrá en sus manos. Ahora corresponde dar el siguiente paso, sin precipitar decisiones, pero también sin dejar que esta aspiración se pierda entre expedientes y buenas intenciones. La Merced merece que su coronación canónica sea considerada a la altura de lo que representa. No para crear un vínculo que ya existe, sino para honrarlo como merece.
Porque una ciudad que reconoce a su Madre no debe conformarse con decirle cuánto la quiere: debe atreverse a pedir que ese amor tenga también su reconocimiento eclesial. La devoción está ahí. Las razones también. Y el anhelo de tantos corazones no puede quedarse eternamente a las puertas de una decisión. Córdoba ya ha hablado. Ahora toca dar el paso. ¡Hay que coronar a la Merced!
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