Vuelven a bramar (mi madre diría rebuznar). No falla: cada vez que Córdoba se dispone a celebrar su fe con solemnidad, aparece algún profeta del progresismo científico a despotricar contra lo que no entiende y desprecia con toda su alma. A ver cuánto tardan en saltar a la palestra los llorones de Al-Zahara. En esta ocasión, el honor de despotricar y ofender lo ostenta Gerardo Pedrós Pérez, doctor en Ciencias Físicas, catedrático de Física Aplicada y, al parecer, sumo sacerdote del tedio sostenible. Un hombre que, a fuerza de estudiar la energía, ha terminado irradiando una negatividad tan potente que podría iluminar por sí sola todo el Vía Crucis Magno.
El buen Gerardo, en un alarde de presunta valentía retórica, ha tenido la ocurrencia de llamar “muñecos” a las imágenes sagradas que formarán parte del acto religioso más esperado del año. No es que critique el evento: es que da la sensación de que lo detesta con esa pasión inexplicable que solo despiertan los triduos en ciertos intelectuales pedantes de facultad. Tal vez le perturbe que el fervor popular mueva más masas que todas las cumbres climáticas juntas. O quizá le duele —o le joda— ser plenamente consciente, científica y empíricamente, de que el Vía Crucis Magno congregará más personas que votos suman sus queridas y prescindibles coaliciones ecológicas en toda la provincia.
Pobres alumnos los que hayan tenido que sufrirlo. Supongo que debe de ser toda una experiencia mística: una mezcla entre un mitin más o menos velado y un sudoku ideológico. Cierro los ojos, colocado con incienso del bueno, el de Ánimas, y lo imagino entre derivadas parciales y energías limpias, pontificando sobre la contaminación espiritual del incienso, despotricando contra los cirios por su supuesto impacto lumínico y dejándose llevar por la indignación cuando alguien osa mencionar una procesión. Imposible aburrirse más. Porque entre sus alumnos, por mera estadística, habrá costaleros, nazarenos o simplemente hermanos de alguna cofradía. Y Gerardo, el tolerante, les ha insultado, ha ridiculizado sus creencias. Las de sus alumnos, las de sus padres y las de sus abuelos. Y probablemente la de muchos de sus compañeros, aunque todo eso le importe un carajo, habida cuenta de que su concepto de respeto a sus semejantes se reduce a la nada.

Su historial político es digno de estudio, aunque no precisamente de física. Fue candidato por Los Verdes, se recicló en Ecolo, mutó en Equo, y aún no se sabe si en su próxima encarnación se presentará por el Partido de los Seres Luminosos del Compost. Habrá quien piense que en su mundo ideal, los pasos de Semana Santa serían plataformas solares con altavoces que recitaran manifiestos. Y, por supuesto, todo con movilidad sostenible: los costaleros, sustituidos por bicicletas estáticas conectadas a la red eléctrica. Vaya, transformarlos en algo más ecofriendly, por no poder destruirlos por el «principio de conservación de la energía» que seguro que el catedrático domina.
Este campeón de la sostenibilidad emocional milita, agárrense fuerte al manillar, en Ecologistas en Acción, la Plataforma Carril Bici y ConBici, donde seguramente ocupa el sillín de honor. Si existiera una hermandad ciclista, él sería hermano mayor perpetuo, aunque probablemente prohibiría los cirios por no ser LED. Y es que lo suyo es el culto a la bicicleta como forma de vida y la alergia al incienso como diagnóstico clínico. Y ha formado parte del «presunto consejo ciudadano» con minúsculas, que no representa a nadie por más que sus integrantes crean otra cosa, que auspicia la Plataforma Al-Zahara. Un currículum de auténtico regalo o regalito.
Pero, ay, no hay filtro antipolución para el desprecio. Cada cierto tiempo, Gerardo sale de su letargo académico para despotricar con entusiasmo renovable contra políticos «enemigos» y ahora (desconozco si antes; no he tenido la santa paciencia de rebuscar en sus tuits) contra la fe del pueblo. Despotrica contra las cofradías, brama contra las imágenes, e incluso contra el aire si le parece demasiado tradicional. Lo hace con la superioridad, tradicional en la extrema izquierda más radical y rancia, del que confunde el ateísmo con la inteligencia y la ironía con la mala educación. Y, claro, lo que consigue es lo contrario: que todo el mundo se ría. Porque si algo tiene de admirable este señor es su capacidad para convertir el odio en entretenimiento público, casi un performance de intolerancia con banda sonora de bocina de bicicleta, que sirve para matar el aburrimiento, como una buena etapa del Tour.
Mientras tanto, los cofrades sí respetamos la diversidad. En nuestras hermandades conviven personas de todas las ideologías: socialistas, comunistas, conservadores, liberales, creyentes, ateos y agnósticos; todos ellos conviven en paz, sin necesidad de que ningún otro cofrade les imponga cómo deben pensar o amar. En las cofradías caben todos, incluso aquellos que veneran retratos de personajes históricos que predicaban igualdad con un fusil en la mano. Ninguno siente la necesidad de insultar a su vecino ni de medir la huella de carbono del incienso. Porque el respeto, señor catedrático, no se enseña en un púlpito de una red social: se aprende en una hermandad.

Y aun así, querido Gerardo, te queremos. Con esa caridad cristiana que tú no comprendes pero que también te alcanza. Ojalá algún día bajes de la bicicleta y te atrevas a mirar una procesión sin prejuicios baratos y trasnochados: descubrirías que la gente que tanto desprecias sabe llorar, reír, rezar y hasta perdonar, incluso a quien llama “muñecos” a sus más íntimas devociones. Y si no te atreves, no pasa nada: cuando pases por San Lorenzo o por la Catedral, alguno te regalará una estampita, que siempre pesa menos que una tesis.
Pedalea tranquilo, maestro de.la demagogia, por algunos de esos carriles bici que tanta pasta nos cuestan y tanto por culo dan. Brama y despotrica cuanto quieras. Al final, tus palabras se perderán como CO₂ en la atmósfera, mientras el incienso, ese enemigo ancestral tuyo, seguirá elevándose, fragante y libre, hacia el cielo que tú, con tanto dogma y tanta soberbia, nunca llegas a mirar. Ea, ya te hemos hecho casito: ¡circula y no molestes!
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