Este sábado, la Ciudad Eterna acogerá una procesión internacional de carácter histórico que reunirá en un mismo cortejo imágenes procedentes de diversas naciones europeas, con un fuerte acento andaluz y un evidente contenido simbólico. Sin embargo, lo que debía ser un acontecimiento de unidad y solemnidad compartida ha derivado en un artificio semántico de manual: dividir lo que es una única procesión en dos supuestas secciones denominadas, nada menos, que “preprocesión” y “gran procesión”. Una ocurrencia de tintes berlanguianos que solo puede explicarse —más que comprenderse— desde las urgencias de cierta narrativa interesada. Tan ridículo como la «pelea» de los últimos días entre los catetos que se enfadan cuando llaman carpa al tinglao o tinglao a la carpa.
Y es que quienes hoy insisten en esa división artificial y patética son los mismos que, desde el primer momento, vendieron la burra de que este acto procesional en Roma estaría exclusivamente protagonizado por el Santísimo Cristo de la Expiración, el Cachorro de Sevilla, y la Virgen de la Esperanza Coronada de Málaga. Una presentación reduccionista que pronto quedó desmentida por la propia evolución del proyecto, al que se fueron incorporando otras cofradías e imágenes de incalculable valor histórico y devocional. Para evitar asumir públicamente esa ampliación —y quizás para proteger la idea inicial de que todo giraba en torno a las dos devociones andaluzas—, se optó por la trampa de las etiquetas: convertir el principio de la procesión en un acto menor bajo el rótulo de “preprocesión”, y reservar la grandeza para el tramo final, al que se ha dado en llamar “gran procesión”.
Esta división, tan gratuita como desconcertante, deja en una suerte de limbo litúrgico a imágenes de enorme prestigio. Así, bajo la etiqueta de “preprocesión” se agrupan, entre otras, el magnífico Nazareno de León, la impresionante dolorosa siciliana de Enna —obra dieciochesca de Luigi Felice, profundamente venerada en la isla, de intensos rasgos barrocos y vestiduras de luto mediterráneo—, así como la Cruz Patriarcal con crucifijo del siglo XVIII. A ellas se suman la presencia vaticana de la Archicofradía de Santa Ana de los Palafreneros, que procesionará un cuadro de Santa Ana y la Virgen Niña pintado por Arturo Viligiardi en 1927; y el Priorato Ligur de Cofradías, que aporta dos crucifijos verticales del mismo siglo. Mención especial merece la participación de la Archicofradía de La Sanch de Perpiñán, portadora del sobrecogedor «Devot Christ», una talla gótica del siglo XIII o XIV que ha presidido durante siglos los viacrucis penitenciales del sur francés y cuyo simbolismo rebasa cualquier etiqueta moderna.
Todas estas devociones europeas marcharán por el mismo recorrido, en el mismo cortejo, en el mismo acto. Y sin embargo, han sido colocadas por decreto invisible en una supuesta antesala de lo verdaderamente importante. Lo “grande”, según este relato artificioso, comienza solo cuando aparece el cortejo de El Cachorro, majestuosa obra de Francisco Antonio Ruiz Gijón, y se suma el que anunciará la llegada de la Esperanza malagueña, atribuida a Pedro de Mena y fechada en el siglo XVII. Pero lo cierto es que ambas imágenes andaluzas no son más que la maravillosa guinda de un pastel espectacular, como corresponde a su simbolismo y popularidad. Y sin embargo, desde los comunicados oficiales, se ha pretendido hacernos creer que lo anterior a estas imágenes es poco más que un prólogo de menor categoría.
No hay división física, ni ritual, ni cronológica. Toda la procesión discurrirá seguida y continua, sin corte alguno, lo que hace aún más ridícula la insistencia en esta ficción organizativa. El empeño en falsear la realidad, por tanto, se asemeja más a un guion de Berlanga que a una página del ceremonial litúrgico: una misma procesión presuntamente partida en dos, de manera artificial, para sostener una idea que no se corresponde con la realidad.
Entre el ilusionismo y la soberbia
Hay momentos en que la retórica se convierte en un insulto a la inteligencia colectiva. Esta es una de esas ocasiones. Llamar “preprocesión”, con menosprecio, a una sucesión de imágenes de siglos de historia y devoción profunda, solo para preservar un relato inicial que ya no se sostiene, es una maniobra tan torpe como arrogante. No hay “pre” cuando todas las andas pisan la misma calle. No hay “gran” cuando el desprecio implícito desdibuja la comunión eclesial que se quiere representar.
Y lo más preocupante no es el capricho terminológico, sino la falta de honestidad comunicativa. Lo que pudo haberse presentado como una feliz ampliación se ha disfrazado de estructura jerárquica, como si unos pasos merecieran alfombra roja y otros, la sala de espera. Una estrategia que, más allá de lo anecdótico, revela una concepción empobrecida de la catolicidad: la que mide la fe en metros de aplauso, flashes de móviles o cronómetro de telediario. Afortunadamente, el pueblo romano sabrá mirar con corazón limpio. Y cuando pase el Nazareno de León, cuando se levante la Virgen de Enna, cuando el “Devot Christ” avance con su cruz gótica, nadie preguntará si es la “pre” o la “gran”. Solo sabrán que está pasando el Señor.





