El Consejo General de Hermandades y Cofradías de Sevilla abrió oficialmente el curso cofrade con una conferencia a cargo del arzobispo de la Archidiócesis, monseñor José Ángel Saiz Meneses. Bajo el título “Una audaz renovación de la mirada”, el prelado ofreció una reflexión que giró en torno a los frutos del II Congreso Internacional de Hermandades y Piedad Popular, celebrado en la capital hispalense en diciembre de 2024, y al horizonte que se abre para las corporaciones en su acción pastoral y social.
El arzobispo, acompañado por el presidente del Consejo, Francisco Vélez de Luna, y por el delegado diocesano de Hermandades, Marcelino Manzano, se dirigió a hermanos mayores de la capital y representantes de los distintos consejos locales de la Archidiócesis. Desde el inicio planteó una cuestión fundamental: “Y después del congreso, ¿qué?”, subrayando que no se trataba de hacer una revisión autocomplaciente, sino de afrontar los retos y oportunidades que se derivan de la cita internacional.
La piedad popular como motor de misión
En su intervención, monseñor Saiz definió el congreso como “un don de Dios, un regalo inmenso”, señalando que permitió contemplar las potencialidades de la piedad popular y al mismo tiempo “renovar la misión de las hermandades en el mundo actual”. Según destacó, este acontecimiento debe ser interpretado como el inicio de una nueva etapa histórica para las cofradías, con capacidad de consolidar su identidad y abrirse a los desafíos contemporáneos.
Uno de los ejemplos más significativos a los que aludió fue la procesión de clausura, descrita por el arzobispo como “un auténtico acto de evangelización”. Recordó que no se trató de un mero desfile religioso ni de un espectáculo estético, sino de un testimonio público de fe capaz de interpelar tanto a creyentes como a quienes se acercaron movidos por la solemnidad del momento. “Fue expresión de devoción personal, proclamación del amor de Dios y testimonio que alcanzó incluso a los más alejados de la vida cristiana”, afirmó.
Formación y caridad, pilares renovados
En la segunda parte de su exposición, Saiz Meneses hizo hincapié en la dimensión social de las hermandades, reclamando una acción caritativa más imaginativa y cercana a la dignidad de cada persona. “Estamos en la hora de una nueva imaginación de la caridad”, subrayó, insistiendo en que no basta con la eficacia material de la ayuda, sino que ha de experimentarse como un acto fraterno y solidario. Para ello consideró imprescindible la formación, definida como un pilar esencial en la vida cofrade, que permita responder con sabiduría y valentía a los retos de la sociedad actual.
El arzobispo evocó el observatorio permanente sobre la piedad popular, surgido del congreso, como instrumento para mantener un diálogo constante con la realidad social y pastoral. Asimismo, rechazó la idea de que la piedad popular sea una expresión secundaria de la fe, reivindicándola como una manifestación viva y fecunda del pueblo de Dios, que a través de sus tradiciones expresa el amor a Cristo y a la Virgen.
Evangelización y futuro de las hermandades
Monseñor Saiz articuló su discurso en torno a los tres pilares clásicos de las reglas cofrades: cultos, formación y caridad, a los que vinculó las nuevas proyecciones de la evangelización y la identidad del cofrade. Recordó que la Iglesia es un cuerpo vivo, dinámico e inquieto, y que las hermandades están llamadas a poner en diálogo sus tradiciones con la vida contemporánea, de modo que sus prácticas de fe sean significativas también para quienes se encuentran alejados del ámbito religioso.
En el tramo final, agradeció a todas las instituciones y personas que hicieron posible el congreso, recordando que supuso una profunda experiencia de encuentro, reflexión y compromiso. Insistió además en que las hermandades deben seguir siendo “casas y escuelas de comunión”, agentes de transformación social y testimonios visibles de solidaridad, fraternidad y reconciliación en un tiempo marcado por el individualismo.
Llamada a la misión
El arzobispo concluyó con un llamamiento a los cofrades de la Archidiócesis a no perder de vista su vocación de servicio. “La piedad popular debe traducirse en obras concretas de amor y servicio”, afirmó, pidiendo a las hermandades que sigan siendo espacios de santidad y evangelización. Citando a san Juan Pablo II, recordó que la verdadera caridad no puede confundirse con limosna humillante, sino que ha de vivirse como compartir fraterno con quien sufre.
Finalmente, invitó a los presentes a estar atentos al tiempo y al lugar en que viven, así como a las personas con las que caminan, convencido de que las hermandades son llamadas a desempeñar un papel esencial en la vida de la Iglesia y de la sociedad contemporánea.





