El Cristo a la Columna de La Orotava: una joya de Pedro Roldán en el corazón de Canarias

En el seno de la parroquia de San Juan Bautista de La Orotava (Tenerife), se conserva una de las obras más sobresalientes del arte sacro insular: el Santísimo Cristo a la Columna, una imponente escultura de talla completa que encarna con sobrecogedora fidelidad el momento evangélico de la flagelación del Redentor. La imagen, venerada por la Venerable Esclavitud del Santísimo Cristo a la Columna, se considera una de las cumbres del barroco andaluz en las Islas Canarias, tanto por su altísima calidad artística como por su profunda raigambre devocional.

Una obra maestra del barroco hispalense en el Atlántico

Tallada en madera policromada, la imagen presenta a Cristo maniatado a una columna de escasa altura, con el cuerpo inclinado hacia adelante en una postura de tensa resignación, captada con absoluto virtuosismo anatómico y dramático. La figura, que alcanza los 175 centímetros de altura, muestra una sutil inclinación hacia su lado derecho, adelantando ligeramente esa pierna, lo que genera una dinámica de tensión y equilibrio que evidencia la destreza escultórica del autor.

Esta portentosa imagen llegó a La Orotava en 1689, como fruto de una generosa donación del canónigo Francisco Leonardo de Guerra, lo que supuso el enriquecimiento artístico y espiritual de la parroquia. Su impronta ha dejado una huella profunda en la religiosidad local, convirtiéndose en uno de los referentes de la Semana Santa tinerfeña y recibiendo veneración de fieles procedentes de distintos puntos del archipiélago.

El Cristo procesiona en tres momentos litúrgicos a lo largo del año: la noche del Jueves Santo, en un cortejo que lo acompaña junto a Santa María Magdalena, San Juan Evangelista y la Virgen de Gloria, y en dos ocasiones más durante el solemne quinario de julio, cuya jornada culminante se conoce popularmente como el Lunes del Señor.

La imagen fue sometida a una meticulosa restauración en 1999 por el especialista Pablo Amador Marrero, quien devolvió a la obra su integridad estructural y su riqueza policroma, asegurando su adecuada conservación para las generaciones venideras.

Pedro Roldán: el arquitecto del barroco escultórico sevillano

El autor a quien se atribuye esta excelsa imagen, Pedro Roldán, ocupa un lugar preeminente entre los escultores españoles del siglo XVII. Nacido en Sevilla en 1624, aunque de origen familiar antequerano, fue hijo del carpintero Marcos Roldán e Isabel de Fresneda, en una familia numerosa y con firmes vínculos con el mundo del oficio artesanal.

Su formación inicial tuvo lugar en Granada, en el taller del notable escultor Alonso de Mena, con quien adquirió los fundamentos técnicos y estilísticos que marcarían su carrera. Tras la muerte de Mena, Roldán se estableció en Sevilla, donde desarrolló una fecunda trayectoria artística y organizó uno de los talleres escultóricos más extensos y reputados de la época, ubicado entre los barrios de San Marcos y San Isidoro. Su obrador fue punto de convergencia de aprendices, oficiales y familiares, y produjo un ingente número de obras distribuidas por toda Andalucía.

Roldán participó en la Academia de Dibujo y Pintura fundada por Murillo en 1660, compartiendo inquietudes con artistas como Valdés Leal, con quien mantuvo una estrecha relación. Su estilo se caracteriza por una equilibrada conjunción entre la naturalidad expresiva, la teatralidad barroca y una minuciosa atención a los detalles anatómicos, cualidades evidentes en obras como el retablo del Hospital de la Caridad de Sevilla o el Santo Entierro de San Jorge.

Padre de la célebre escultora Luisa Roldán, conocida como La Roldana, Pedro Roldán supo legar no solo una escuela, sino una dinastía artística. En su madurez, amplió sus posesiones en Sevilla y llegó a residir en la calle Rascaviejas, donde levantó una casa que pasó a manos de su nieto, el también escultor Pedro Duque y Cornejo.

Entre 1675 y 1684, realizó diversas obras en ciudades como Cádiz, Jerez, Jaén o Córdoba, dejando testimonio de su maestría por toda Andalucía. Murió en 1699 y fue enterrado en la iglesia sevillana de San Marcos, bajo el retablo del Rosario, cerrando así una vida dedicada por entero al arte sacro. La atribución de su autoría al Cristo de La Orotava subraya el alcance de su legado, que traspasó fronteras geográficas para instalarse en el alma espiritual de Canarias.