El día que atentaron con una bomba contra el paso del Gran Poder

Ocurrió un 18 de abril de 1919, cuando Sevilla se hallaba sumida en el tristemente célebre “trienio bolchevique”. Aquella fatídica jornada tuvo lugar una madrugada dramática en la que una bomba estalló al paso del Gran Poder, hiriendo de gravedad a un religioso de mediana edad que perdió una pierna. En aquellos tiempos tumultuosos, no era extraño que estallasen bombas por las calles de la ciudad y de otras ciudades de una España que en la que iba cuajando el caldo de cultivo que derivó en lo que derivó apenas unos años después.

En los días que antecedieron a aquella terrible madrugada, un rumor circulaba con insistencia por los mentideros de Sevilla. Un rumor que afirmaba que un grupo organizado tenía en mente el firme propósito de destruir al Gran Poder y que pretendían materializar su amenaza perpetrando un ataque en forma de atentado con una bomba en los alrededores de la Catedral. El rumor creciente provocó una honda preocupación entre los hermanos del Gran Poder que formaron parte del cortejo para realizar su preceptiva estación de penitencia. Durante el itinerario camino del mayor templo de la archidiócesis el miedo entre los componentes del cortejo fue en aumento ante la posibilidad de que en cada esquina se cometiese el temido y anunciado atentado.

Aproximadamente a las cinco y media ocurrió lo que los rumores se habían encargado de pronosticar. Un gran petardo explotó junto a la pilastra de la verja de la Puerta de los Palos, al pie de la Giralda, desencadenando la alarma, el terror y la confusión entre el numeroso público que se arremolinaba en la entonces Plaza del Cardenal Lluch, hoy denominada de la Virgen de los Reyes. Según contó el Diario Independiente La Unión, todo se originó cuando dos guardias municipales impidieron acceder a la Catedral a un señor “elegantemente vestido” para permitir la entrada instantes después a dos religiosas lo que provocó la respuesta airada del individuo. La reacción derivó en un fuerte altercado lo que, unido al clima de tensión latente provocó un tumulto y el público huyó despavorido. Al querer protegerse de la avalancha el claretiano Ramón Quiza Herranz se retiró hacia la verja y entonces pisó el explosivo que alguien había dejado allí. Pedro G. Romero, en su libro “Los comienzos del espectáculo en Sevilla”, afirmó que la autoría de aquel atentado correspondió a los “Charlots”, un grupo de terroristas y pistoleros al que se le atribuye también el tiroteo contra el arquitecto Aníbal González.

A resultas de la explosión los nazarenos se unieron alrededor de los pasos para defender las imágenes, así como los guardias civiles que acompañaban los pasos. Entre la confusión se oyó el grito del religioso herido que fue trasladado a la Casa de Socorro de la Plaza de San Francisco, donde el facultativo de guardia apreció la fractura de la tibia y del peroné de la pierna izquierda. Los médicos tuvieron que amputarle la pierna. La explosión del petardo provocó un hoyo en el suelo de unos 30 centímetros de diámetro y unos 15 de profundidad y daños en el zócalo de la verja. También apareció en el lugar de los hechos un clavo de unos siete centímetros, parte posiblemente de la carga explosiva.

La noticia se propagó como la pólvora alimentando todo tipo de especulaciones dando rienda suelta a la creatividad popular. Cuando la cofradía del Calvario discurría por la Plaza de San Francisco llegó la noticia de la bomba de la Catedral, coincidiendo con el apagón del alumbrado público. Todo el mundo huyó. En los palcos no quedó nadie. Por la calle Granada y la Plaza Nueva la gente corría, arrollando cuanto encontraba al paso y perdiendo en la huida mantones, sombreros y otros efectos, describió el cronista de La Unión. Sin embargo, ni el Gran Poder ni el Calvario alteraron el orden y silencio de sus cortejos procesionales. Se llegó a decir que se había encontrado otro artefacto dentro de la Catedral, junto al Monumento, algo que resultó ser completamente falso.

Al día siguiente, Viernes Santo, a pesar de la profunda desazón del pueblo sevillano por lo ocurrido las del Viernes Santo acordaron no suspender su salida. A la llegada de la cofradía de Montserrat a la Plaza de San Francisco, se escucharon vivas a España, a Sevilla y al Ejército, que fueron contestadas por la multitud. El entusiasmo se incrementó exponencialmente a los sones de la Marcha Real provocando imágenes indescriptibles entre el entusiasmo de la multitud, en un gesto de reafirmación del pueblo sevillano que hemos visto reproducirse en fechas muy recientes.

Desde las páginas de El Correo de Andalucía, el Domingo de Resurrección, Muñoz y Pabón lanzó una idea que pese a la favorable acogida inicial no llegó a prosperar. En un artículo titulado ‘Hagamos patria’, el escritor sugirió la organización de una salida extraordinaria con la imagen del Señor del Gran Poder en gesto de desagravio. Un texto que decía lo siguiente:

“Pregunto a Sevilla: ¿Podemos tolerar que siga adelante esta campaña –porque esto es una campaña– contra lo que constituye la manifestación más esplendorosa de nuestra fe, y la prueba más elocuente de nuestro amor? ¿Nos cruzaremos de brazos ante… cuatro indocumentados, demoledores de lo que está en la médula de nuestras costumbres, viniendo a ser la más legítima de nuestras glorias, como pueblo, y la más mimada de nuestras aficiones como individuos? ¿La Semana Santa de Sevilla, a merced de cuatro «golfos» que salgan vociferando –¡bomba! ¡bomba!– como ayer, para sembrar la alarma, y tras la alarma, el pánico y tras el pánico, el hambre para Sevilla entera y plena, porque la Semana Santa de Sevilla, que es la fe, y es el arte, y es la hermosura y es la piedad, es a la vez «el pan de un sin número de casas de familia»?

Y ¿cómo hacerlo, señor Muñoz y Pabón? ¿Cómo? Haciendo el vacío, ¿qué digo haciendo el vacío? Acorralando con la fuerza avasalladora de los números, a «los que han tomado por contrata» despojarnos de lo que es el alma de nuestra alma y vida de nuestra vida; a los que, como los miembros del Sanedrín al Nazareno divino, han dicho, señalando a nuestra Semana Santa: «reus est mortis»: reo es de muerte.

Si yo fuera alguien en este mundo, me atrevería a proponer a toda Sevilla un acto de resonancia universal… Una solemne fiesta de desagravio a Jesucristo en su imagen del Gran Poder, conducida a la Santa Iglesia Catedral, por todos sus cofrades a cara descubierta, con representación de todas las Cofradías, para que allí, donde ha sido la ofensa, sea el desagravio, donde ha sido el pecado sea la reparación, y ante la misma imagen precisamente, intentada atropellar y destruir, reedificar los muros de la Jerusalén de esta Semana Santa que se bambolean al empuje satánico y homicida de los que no pueden ver con buenos ojos que Sevilla crea, que Sevilla rece, que Sevilla ame”.

La propuesta de Muñoz y Pabón fue muy bien acogida por el alcalde Federico de Amores, conde de Urbina, e incluso por el hermano mayor del Gran Poder, Antonio Mejías, que visitaron al cardenal Almaraz para concretar los detalles para que la salida del Gran Poder a la Catedral tuviese lugar el domingo 4 de mayo, fiesta de la Corona de Espinas. Sin embargo la Junta de Gobierno de la Hermandad rechazó la salida y el desagravio se limitó a una misa pontifical en la Catedral, lo que provocó la decepción en Muñoz y Pabón que escribió al respecto a un amigo de Madrid: “Lo acogieron a una el Cardenal, el Alcalde, ambos Cabildos y el Hermano Mayor del Gran Poder (Mejías); y luego, los señores de la mesa (Camino, Casillas de Velasco y demás de una misma fiambrera) se han negado a que salga el Señor, con lo que se ha venido abajo todo el tinglado. La gente está que arde. Dios sabe lo mejor”.