El Respiradero, Sevilla

El espejo de la vida

A los niños les enseñan que la noche más mágica del año es la de Reyes. La noche que va del cinco al seis de enero, donde en unas horas cabe toda la ilusión del mundo. Desde pequeños empiezan a relacionar aquella noche con momentos de nervios y ganas inasumibles a otro día del año. Pero empiezan a crecer y se dan cuentas que otra noche también marca la ilusión desmedida del cinco de enero, la noche previa a la salida de su cofradía. Y aquellos niños se hacen grandes. Ya son jóvenes y van perdiendo la ilusión. Están en la flor de la vida pero empiezan a marchitarse por dentro. Han perdido la noche de Reyes, pero han ganado otra. La noche del Lunes Santo.

En una de ellas estaban aquellos jóvenes dispuestos a descubrir los más hermosos secretos de la ciudad en la alta noche del Lunes Santo. La noche en la que más se aprende. La del espejo de la vida, donde las horas marcan los pasos del corazón y no hay aire para tanto amor. En este contexto se encontraban. Abiertas su almas para recibir la hermosura y el encanto de la Virgen de los Dolores de San Vicente y la Virgen de las Aguas. Éxtasis de la juventud en unas miradas perdidas, como la de ellos, que se perdían en la bulla en busca de los ojos de muchachas que estrenaban una Semana Santa trasnochada.

Junta a ellas, comparando bellezas divinas, iban de San Vicente a Gravina. La noche les perdía en un laberinto de calles atemporales sólo alumbradas por la luz de una candelería. Cuando se dieron cuenta estaban llegando al Barrio de San Vicente. Se dejaban llevar por el lujoso movimiento del palio granate que iba a los sones de ‘Las Penas de San Vicente’. La noche tenía el brillo de los varales. Y la luna se mostraba en su punto más alto. En la esquina de Alfonso XII con Santa Vicente María empezaba a sonar ‘Macarena’ de Cebrián. La gente que estaba allí no daba crédito. Cómo los costaleros de aquel palio en el que dicen que “una levantá quita un mes de vida” podían soportar el peso de aquella mole de orfebrería tras horas y horas de recorrido.

Pronto lo comprendieron. Debajo del paso sin que el peso le cortara la voz salió un costalero diciendo “una vez le dijimos a Antonio Santiago que si le gustaba esta marcha. ¿Pero sabes qué nos respondió? A mí me gustan los costaleros buenos”. En ese momento los muchachos se habían retirado a un lado para despedirse del paso y buscar a la Virgen de las Aguas. Todos oyeron aquella conversación entre esos costaleros, pero ninguno medió palabra. La Virgen de los Dolores se había llevado todo lo que tenían. Menos un sueño. Se alejaba por Santa Vicenta María a los sones de marcha tan torera, lentamente, como si no quisiera que se acabase tan bello momento.

Todo lo que se fue con ella no lo recuperarán hasta que llegue de nuevo la noche más mágica del año para los jóvenes sevillanos. Aquella noche soñaron con ser costaleros de la Virgen de los Dolores de las Penas de San Vicente. Como si fueran unos niños que soñaban con tener el tesoro más preciado cuando se levantaran en la mañana de Reyes.

El Lunes Santo es un espejo de la vida. Los treinta y cinco corazones que llevaban a la Virgen también fueron niños que soñaban y jóvenes que aprendieron el oficio en bullas como aquellas. Cofrades incansables que buscaban a la Reina de San Vicente en la alta noche soñando que un día pudieran mecerla sobre sus hombros. Como aquellos chavales que se les quedó grabado en el alma un ole de Corbacho. Qué grande tiene que ser estar debajo de la Madre de Dios.

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