España parece haberse instalado en una suerte de polarización sine die, como si hubiésemos resuelto que la convivencia consiste en escoger parapeto antes que argumento. La discrepancia —que debiera ser saludable ejercicio de ciudadanía— degenera con demasiada facilidad en antagonismo visceral, y la política, convertida en permanente quid pro quo de agravios, consignas y descalificaciones, alimenta una sociedad cada vez más proclive a contemplarse en el espejo deformante de los bloques. Se ha extraviado el matiz, ese territorio intermedio donde suele habitar la inteligencia; y cuando todo se reduce a buenos y malos, a propios y ajenos, la razón termina convertida en rehén de la tribu.
Lo verdaderamente inquietante es que semejante patología no permanece confinada al ágora política. Se derrama, mutatis mutandis, por cuantos intersticios encuentra a su paso y alcanza también el universo cofrade, que no vive en una estratosfera aséptica ni permanece inmune a las querencias y aversiones de su tiempo. También bajo el incienso se levantan trincheras. Una elección puede devenir contienda de fidelidades; una discrepancia, anatema; una crítica legítima, argumentum ad hominem. Y así comienza la ceremonia del absurdo: aquello que en los nuestros se ensalza como virtud adquiere, cuando procede del contrario, la condición de vicio. La misma conducta, idéntico hecho, diferente veredicto. Doxa convertida en dogma.
Quizá convendría recordar que una hermandad no es una facción ni un remedo de parlamento, y que el hermano que discrepa no deja de ser hermano porque su papeleta, su criterio o su interpretación discurran por otra vereda. La pluralidad no constituye una mácula: puede ser, precisamente, la manifestación más elocuente de una institución viva. Lo pernicioso aparece cuando la dialéctica abandona el territorio de las ideas para adentrarse en el de las personas; cuando ya no se pretende persuadir, sino doblegar; cuando la victoria adquiere mayor importancia que la concordia que debería sucederla. El poder, incluso el diminuto poder de una junta de gobierno, tiene la peligrosa facultad de hacer olvidar su propia caducidad.
Y ahí asoma la contradicción, casi como una ironía de mal gusto: proclamamos fraternidad mientras administramos la discrepancia como si fuese una frontera. Nos llenamos la boca de caridad y, sin embargo, podemos llegar a contemplar al hermano de enfrente con una severidad que jamás aplicaríamos a nosotros mismos. Tal vez necesitemos recuperar la parresía —la franqueza valiente de quien habla sin doblez—, pero también la epimeleia, ese cuidado atento de uno mismo y del otro que los antiguos entendieron como condición de una vida verdaderamente digna. Porque disentir no debería exigir enemistarse; rectificar no tendría que comportar humillación; y perder una votación jamás debería equivaler a perder un hermano.
Quizá el hilo de Ariadna consista, precisamente, en recuperar esa perspectiva que el ruido contemporáneo nos sustrae: recordar que ninguna candidatura, ningún cargo, ninguna junta y ninguna querella sobrevivirán demasiado tiempo a quienes hoy las protagonizan. Sic transit gloria mundi. Pasarán los nombres, se desvanecerán las contiendas y el eco de muchas batallas quedará sepultado bajo el polvo de la memoria. Lo que permanecerá será aquello que fuimos capaces de custodiar mientras tuvimos la responsabilidad de sostenerlo. Y acaso la pregunta verdaderamente incómoda no sea quién venció, sino qué dejamos roto mientras celebrábamos la victoria.
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