A pulso aliviao, Opinión, Portada

El milagro de un niño

«Qué alegría y qué gozo vive hoy la humanidad, porque María ha parido al Salvador Celestial.

¡Ay quien reniegue de ti, mi príncipe angelical, que vienes a llenar el mundo de Esperanza y de bondad!

Que resuenen los tambores y las campanas a compás, que viene para quedarse el Rey de la Eternidad».

Ssshhhh. Silencio. No digas nada. Que aún duerme en su cuna, plácida y profundamente. Simplemente mira, observa su latido, recréate en esa respiración tranquila y suave, alejada del ruido y de cualquier vicisitud.

¿Quién puede describir ese momento? ¿Qué ser es capaz de reflejar e unas líneas el amor reflejado en la mirada de un madre, un padre o un hermano al velar los sueños de un bebé?

La llegada al mundo de una criatura siempre nos colma de alegría, de ilusión y de esperanza, hasta el punto que podríamos calificarlos con un verdadero milagro.

Y lo es, realmente es. Cada vida humana es un milagro del Señor, y un motivo de dicha para todos sus seres queridos.

Pero lo que hoy se celebra, supera todos los califitivos. Porque es incalificable el prodigio que experimentó la cristiandad hace más de 2000 años en la ciudad de Belén, allá por el lejano Oriente.

La Virgen María daba a luz a un hijo, por obra y Gracia del Espíritu Santo, sin haber conocido varón.

Y con ese Bendito Querubín llegaba mucho más que una vida, pues el latido de ese corazón hacía suspirar hasta a los ángeles en el firmamento.

Nuestro pequeño Jesús nos regala cada día de Navidad con su llegada a este mundo, el mejor presente posible: La Esperanza. Porque eso mismo es lo que llevan los niños en los ojos y en el corazón, la Santa Inocencia de verlo todo con alegría, amor y fe.

El propio versículo de San Marcos lo pregona: «Empezaron a llevarle niños a Jesús para que los tocara, pero los discípulos reprendían a quienes los llevaban. Cuando Jesús se dio cuenta, se indignó y les dijo: «Dejen que los niños vengan a mí, y no se lo impidan, porque el reino de Dios es de quienes son como ellos. Les aseguro que el que no reciba el reino de Dios como un niño de ninguna manera entrará en él». Y después de abrazarlos, los bendecía poniendo las manos sobre ellos. (Marcos 10:13-16)».

Por ello, ojalá que este 25 de diciembre no sólo sea una fecha que tachar en el calendario, sino el inicio de la vuelta a la niñez, a esa Bendita infancia que nos conmueve.

Ése es el secreto del verdadero cristiano y de la Tiempo de Navidad, pararnos a guardar silencio para volver a los orígenes, a la esencia humilde y tierna de nuestro ser.

Las cruces son inevitables, sí. Hasta el mismo Jesús pasó por ello. Pero es esa Bendita inocencia la que aliviará la carga de tantas complicaciones, y nos llevará a una existencia plena y dichosa en el Señor.

Pidamos a ese Benjamín que duerme en su cuna custodiado por el ejército celestial, que recuperemos el espíritu del Niño que fuimos y que recordamos cada Navidad. Eso sí que es un milagro.