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Córdoba

El nacimiento de la devoción a la Virgen de los Dolores

La fotografía que hoy acompaña estas líneas no es sino una muestra más de la gran trascendencia que la Virgen de los Dolores ha tenido para el pueblo cordobés desde tiempos pretéritos hasta llegar a convertirse en un símbolo inequívoco de la ciudad califal. Aunque se trata en este caso de una postal propagada durante los años 30 – lo cual no es muy difícil de deducir atendiendo a aspectos tan llamativos como los cirios y las características bombillas que por aquella época solían alumbrar los camarines de nuestras imágenes –, la devoción a la que con el tiempo sería la Señora de Córdoba es mucho más antigua.

Así, la veneración a Nuestra Señora de los Dolores llega a nuestra hermosa ciudad de la mano de la publicación del breve acerca de la festividad y el rezo de los Siete Dolores de la Virgen al que dio difusión Clemente X. Dicho documento papal llegaría como consecuencia de la petición formulada por la reina gobernadora Mariana de Austria, quien se apresuraría para hacer llegar esa información a los cabildos catedralicios con el objetivo de la puesta en vigor de la mencionada celebración en honor de la renombrada advocación.

Cumpliendo con ese deseo, el cabildo catedralicio cordobés, por su parte, decide al fin instaurar la fiesta de los Dolores de Nuestra Señora, que se festejaría de manera solemne desde el año 1672, consiguiendo congregar a una inmensa cantidad de fieles durante los actos pertinentes. Por aquellos tiempos, contaba la ceremonia religiosa con la representativa imagen de una valiosa dolorosa realizada por Pedro de Mena que Francisco Antonio Bañuelos y Murillo, canónigo y maestrescuela, cediese en 1680 para dotar de mayor esplendor a la esperada función.

De forma paralela, el célebre Oratorio de San Felipe Neri – establecido en Córdoba gracias al impulso del canónigo lectoral Luis Antonio Belluga y Moncada – se erigiría asimismo como otro de los núcleos encargados de divulgar el fervor a Nuestra Señora de los Dolores, haciendo también las veces de cuna para una advocación que ya siempre estaría ligada al nombre de nuestra ciudad.

A todo lo anterior, habría que sumar además las mandas testamentarias y la dotación de memorias pías como motores incuestionables del arraigo devocional a la Virgen de los Dolores, los cuales tuvieron una especial influencia en los últimos años del lejano siglo XVII.

Estas fueron las circunstancias que hicieron de antesala para el proyecto liderado por el presbítero lucentino Juan Salvador Amo Romero para crear en el ocaso de la centuria del seiscientos una congregación de la orden tercera servita llamada a asentarse en el hospital de pobres incurables de San Jacinto. Una iniciativa que finalmente encontraría el apoyo y permiso necesario – concedido por el general de los Siervos de María, Fray Juan Francisco María Poggi – en la fecha del 15 de abril de 1699, en el escenario de San Marcelo de Roma, autorización con la cual ya era posible llevar a cabo una empresa de estas características.

No obstante, el inesperado traslado de Juan Salvador Amo Romero a la ciudad vecina de Sevilla hace que la idea no llegue a materializarse de inmediato. Así las cosas, no fue hasta su regreso, ya en 1707, cuando todo se pone de nuevo en marcha tras el nombramiento que lo convertiría en el responsable de la capellanía y dirección del establecimiento asistencial de San Jacinto gracias al expreso deseo del beato dominico, Fray Francisco de Posadas. Este sería el hecho decisivo que daría pie a los orígenes de la congregación de Nuestra Señora de los Dolores en el mes de octubre de 1708.

De este modo, San Jacinto pasaría a ser el epicentro indiscutible de la devoción a la Virgen de los Dolores, reforzado con el establecimiento de una hermandad en el templo ubicado en la Plaza de Capuchinos que se marcaba como propósito la difusión del rezo del rosario bajo el título de la advocación que hoy nos ocupa y que ya gozaba de una enorme popularidad.

La realización de significativas y costosas labores como la ejecución de la actual talla de la Señora de Córdoba, encomendada al célebre Juan Prieto, así como la construcción de la primitiva portada de la iglesia son pruebas fehacientes de la vitalidad con la que la corporación rosariana de Nuestra Señora de los Dolores se desenvolvía una vez entrado el siglo XVIII.

No corrió la misma suerte la congregación de la orden tercera que, por su lado, no tardó mucho en desaparecer, produciéndose dicha extinción en 1713. Sin embargo, no transcurrió mucho tiempo desde entonces hasta su resurgimiento, el cual se haría efectivo en 1719, vinculándose ahora a la hermandad para mayor garantía.

Así, cofradía y congregación quedarían unidas durante prácticamente una década durante la que el fervor y el culto a la Virgen de los Dolores se encuentra en un indudable auge, extendiéndose la devoción cada vez más entre el pueblo cordobés. A pesar de ello, unos años más tarde surgen una serie de desavenencias en torno a la figura del capellán del hospital, Jacinto Cuadrado de Llanes, que llevan a la corporación y a la comunidad religiosa a separar sus caminos en 1728 hasta el punto de que la hermandad tomase la determinación de trasladarse al próximo Hospital de los Desamparados.

Esta división trajo como consecuencia unos notorios efectos negativos sobre la orden tercera, que comienza a debilitarse aún con el licenciado Cuadrado a la cabeza de ella. Aunque, por otra parte, la marcha de la cofradía favorece en gran medida el papel desempeñado por el capellán, quien no duda en utilizar el fervor que los vecinos profesan a la Virgen de los Dolores para encontrar en ellos las ayudas y recursos convenientes, logrando recaudar unos significativos ingresos con los que la economía quedaba sobradamente saneada.

De forma simultánea al abandono de la corporación de la que había sido su sede, se produce también el mecenazgo por parte del entonces obispo de la Diócesis de Córdoba, Marcelino Siuri, quien se involucra en el contexto de la veneración a la Santísima Virgen hasta correr con los gastos generados de la construcción de la nueva iglesia y el hospital de San Jacinto.

Entretanto, el capellán Jacinto Cuadrado de Llanes continúa su tarea al frente de la capellanía hasta febrero de 1746, siendo este el momento en que toma el relevo de la dirección del establecimiento asistencial el presbítero Lorenzo Sanllorente, suceso que marca un antes y un después que conllevó la posterior revitalización de la congregación de la orden tercera de Nuestra Señora de los Dolores ya en la segunda mitad del siglo XVIII.

Tras esto, la devoción a la Virgen bajo esa advocación se extiende con asombrosa rapidez entre las poblaciones de la diócesis durante la centuria del seiscientos tal y como reflejan las denominadas mandas testamentarias y las cuatiosas hermandades que a partir de ese período comienzan a fundarse en honor de los Dolores de Nuestra Señora.

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