Tengo la llamada depresión post vacacional, pero no por las vacaciones, sino porque ya ha pasado la semana en la que he acompañado al simpecado de la Hermandad Matriz de Almonte tanto a El Rocío como de vuelta.
Haber hecho el camino con la Hermandad Matriz, el que originó la devoción universal a la Señora de las Rocinas, ha supuesto un antes y un después en todo lo que pensaba de una romería donde la devoción se vive en cada paso que daba. A cada paso una Salve, a cada esquina alguien llorando ante el simpecado de su hermandad, pero por desgracia, siempre se verá la polémica o lo banal. La fe, no importa.
De esta experiencia me llevo la espera, la espera durante horas a los pies de esa espadaña que se convierte en faro de la cristiandad para que una Blanca Paloma emprenda el vuelo sobre sus almonteños. Esos a los que este año les pudo la impaciencia saltando la reja, pero que supieron esperar entre ese aparente desorden y que resultó ser quizás lo más ordenado que haya podido ver.
Es innegable que El Rocío significa también fiesta, pero en torno a la figura de la Virgen en forma de letras de sevillanas que no son más que la muestra del fervor popular que tiene en cada verso una plegaria. La Romería no es la fiesta que algunos quieren llevar al extremo, ni es lo que se apreciaba en los programas de corazón gracias a famosos trasnochados que por la fama, difamaban.
De la Romería me llevo las lágrimas que vi en los rostros de la gente que estaba a mi alrededor. Esos temblores de emoción de la mano almonteña que agarraba con fuerza cuando los varales asomaban por la puerta. Mi corazón latiendo desbocado en mi pecho.
Todavía no he ido a despedirme de Ella, porque no se si podré mantenerme firme. Quizás esto no lo entienda ese político revanchista que llama trozos de madera a las imágenes que mueven un millón y medio de almas – más las que no están presencialmente -. Quizás su corazón sólo lata al ver banderas tricolores o fotografías de Marx. Lo que está claro es que el mío ha latido como nunca durante una semana.
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