El puñal de Simeón

En la sobriedad de la Cuaresma una Estrella brilla en el interior de San Fernando. La aparente pobreza de sus ropajes tan sólo resalta la belleza de sus facciones, y es que esa estrella extraviada del firmamento hace que con su dulce llanto, mi alma en ella se regocije.

El puñal de Simeón se le hunde en el alma y sus delicadas manos acogen con cariño la aspereza de la corona de espinas. ¡Que hermosa contradicción! Pues cómo es posible que una Madre tan inocente y buena posea la crudeza de tales elementos, propios de una condena.

Las lágrimas que corretean por su rostro le llevan la mirada perdida y aunque un pañuelo entre sus manos lleva, sus pensamientos solo le enfocan a mirar esa corona de tortura y se olvida de su propio dolor, pues tan solo el sufrimiento de su hijo invade sus pensamientos.

Los demás luceros al contemplar luz tan radiante a ella se arriman, para ver si así, alcanzan a proyectar parte del resplandor de esta Estrella divina. Y es que junto a estas estrellas, que su diadema y fajín con dulzura decoran, forman la constelación más hermosa que el firmamento ha visto y la única a la que tan solo la luz del día perdona.