¡Tos por igual, valientes! ¡A esta es!
Hay días en los que uno piensa que el mundo cofrade ya no puede sorprenderle. Que hemos visto de todo. Que después de tantos cabildos, comunicados, elecciones, pactos, desencuentros y demás capítulos de nuestra bendita telenovela, ya no queda argumento capaz de dejarnos con la boca abierta. ¡Ja! Y entonces llega el Cerro del Águila y dice: “Agárrame el costal”. 1.222 votos, 600 para uno, 600 para otro, 17 en blanco y 5 nulos. Empate absoluto. Ni en una película escrita por un guionista con ganas de cachondeo sale semejante final. Y como aquello no podía resolverse con una moneda al aire porque esto es Sevilla y aquí hasta para empatar hay reglamento, resulta que el nuevo hermano mayor es el candidato de mayor edad. ¡La realidad siempre supera a la ficción, mi arma!
Porque imagínate la escena. Se termina el escrutinio, empiezan las cuentas, alguien vuelve a sumar por si se le ha escapado un voto debajo de la mesa y, de repente, 600-600. El personal mirando las papeletas como quien mira un partido en el minuto 93 esperando que aparezca un gol de rebote. Pero no. Aquí no hay prórroga, ni penaltis, ni tanda de desempate. Aquí manda la regla 53 y punto pelota. Y mientras uno pensaba que después de una noche así lo único que podía decidir el futuro era el Espíritu Santo, aparece el reglamento con su calculadora bajo el brazo y sentencia: gana el mayor. Mi arma, esto no es un cabildo de elecciones; esto es una final de Copa del Rey escrita por los Monty Python con túnicas de nazareno.
Ahora bien, lo que ha pasado merece que lo saboreemos despacito, porque 600 votos contra 600 votos no se ven todos los días ni aunque uno se pase la Cuaresma entera contando papeletas. Aquí no ha habido un ganador arrasando, ni una candidatura pasando por encima de la otra, ni una diferencia de esas que permiten recoger la mesa tranquilamente y mandar el acta para casa. Aquí han terminado empatados hasta en la última papeleta, con el mismo número de apoyos y la misma cara de “¿y ahora qué hacemos?”. Porque uno se imagina a los responsables del escrutinio repasando las cuentas una, dos y tres veces, buscando ese voto despistado que aparezca debajo de una mesa, pegado a un zapato o haciendo penitencia por algún rincón. Pero ni por esas: 600 y 600. Clavados. Y cuando ya parecía que aquello iba camino de convertirse en una noche de insomnio colectivo, aparece la regla 53 con más protagonismo que el mismísimo hermano mayor y pone orden en la plaza: a igualdad de votos, manda la edad. O sea, que después de toda una noche hablando de candidaturas, proyectos, apoyos y papeletas, el desempate termina siendo una cuestión de cumpleaños. ¡Esto no es una elección, esto es una partida de parchís con reglamento de hermandad! Si llegan a empatar también en la edad, todavía estamos allí desayunando torrijas y esperando el desempate. ¡Noniná! En el Cerro han conseguido convertir una urna en una máquina del arte de liarla parda.
Y digo yo, valientes, que lo ocurrido demuestra una cosa maravillosa: en Sevilla hasta un empate puede tener vencedor. Uno puede sacar exactamente los mismos votos que otro y terminar saliendo por la puerta grande porque nació antes. Esto es como llegar a una corrida, que los dos toreros corten las mismas orejas y que el presidente diga: “Se la lleva el que tenga más cumpleaños”. ¡Toma ya! Así que enhorabuena al nuevo hermano mayor y suerte en la faena, porque después de semejante estreno ya puede venir preparado para cualquier cosa. Costal Hero seguirá pegado a la barrera, Cruzcampo en mano, mirando el ruedo con el radar encendido, porque si las urnas han sido capaces de regalar este argumento, cualquiera sabe qué nos tienen preparado los próximos capítulos. Y es que, mi arma, cuando la realidad se pone creativa, a la ficción no le queda otra que apartarse y aplaudir.
¡Ahí quedó!
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