Tensiones seculares entre cofradías
A lo largo de los siglos, el discurrir de las procesiones sevillanas ha sido escenario de encuentros abruptos, reyertas y disturbios que, en no pocas ocasiones, se resolvieron mediante golpes con cirios en plena vía pública. Aunque hoy resulte difícil imaginar escenas semejantes, la documentación conservada permite reconstruir numerosos episodios en los que la rivalidad entre corporaciones —sumada a contextos sociales convulsos— derivó en enfrentamientos abiertos.
Primeras refriegas registradas
Uno de los incidentes tempranos más notorios se produjo en 1604, cuando las hermandades de Los Negritos y La Antigua y Siete Dolores protagonizaron una violenta disputa en las inmediaciones del Salvador. La hostilidad racial hacia los hermanos negros, objeto de burlas e insultos, desencadenó una reyerta con heridos y detenciones en ambas corporaciones, reflejo fiel del clima social de la época.
Más de un siglo después, en 1782, surgió un conflicto de naturaleza distinta pero igualmente convulsa. Las imposiciones derivadas de la Orden de Carlos III de 1777, que prohibía a los disciplinantes y exigía el rostro descubierto, llevaron al Alguacil Mayor Eclesiástico a detener a cuatro nazarenos de La Estrella en plena calle Castilla durante el Jueves Santo. La actuación de la autoridad —respaldada por ministros, soldados y un notario— provocó un tumulto masivo entre los cofrades y los vecinos de Triana, quienes terminaron por liberar a los detenidos en las Gradas del Palacio Arzobispal.
Siglo XIX: disputas por la precedencia
Ya en el siglo XIX, los problemas de coordinación en los recorridos continuaron alimentando tensiones. En 1851, a la altura de la Punta del Diamante, las hermandades de La Esperanza de Triana y Monserrat chocaron al negarse cada una a ceder el paso. La disputa, originada por la reivindicación de derechos de prioridad, degeneró en un intercambio de ciriazos hasta que Monserrat accedió a dejar avanzar a las corporaciones trianeras de la Esperanza y del Cachorro.
En 1901, durante la Madrugada, un retraso de La Macarena provocó otro episodio de tensión con El Calvario. Al adelantarse la Cruz de Guía macarena en Cerrajería, se generó un tumulto, aunque el incidente no pasó a mayores.
Continuas fricciones en los primeros años del siglo XX
El comienzo del siglo XX estuvo jalonado de sucesivas trifulcas. En 1903, el retraso de La Estrella permitió que Los Panaderos intentaran adelantarla en Sierpes, lo que originó un choque en la confluencia con Rioja que necesitó la intervención de la autoridad local.
En 1909, la jornada del Domingo de Ramos trajo nuevos problemas: La Estrella y San Roque se disputaron la entrada en Sierpes, con los trianeros colándose en contra del orden previsto. Ese mismo año, durante la estación de penitencia de La Trinidad, un carro que quiso atravesar la cofradía generó un altercado que terminó a golpes con cirios, concluyendo con la detención de los responsables.
Otra escena complicada se vivió en 1911, cuando Las Aguas y La Amargura se enfrentaron en la esquina de Sierpes con Cerrajería. El intento de los segundos por avanzar antes de tiempo generó un forcejeo que terminó con La Amargura retirándose para permitir el paso de acuerdo con lo estipulado.
En 1912, la Madrugada volvió a registrar tensiones: después de que el Cristo del Gran Poder pasara por Alemanes hacia García de Vinuesa, La Macarena, que marchaba retrasada, tendió su Cruz de Guía en la Punta del Diamante, impidiendo el avance del resto del cortejo del Gran Poder. Esta maniobra obligó a los tramos de la Virgen a desviarse y reconectarse en la Plaza del Duque.
Batallas campales y enfrentamientos organizados
En 1915, la situación derivó en una auténtica batalla campal entre La Hiniesta y La Estrella. Los primeros, detenidos en la Alameda por su retraso, se encontraron con los trianeros entrando en Sierpes desde O’Donnell. La reacción inmediata fue un intercambio de ciriazos y silletazos, que obligó a intervenir tanto a la policía como al párroco de San Julián, imponiendo el retroceso de La Estrella, que había llegado a colocar el paso del Cristo de las Penas justo detrás del Cristo de la Buena Muerte, partiendo en dos el cortejo de San Julián.
El año 1924 dejó una disputa entre La Exaltación y Los Negritos, motivada por la salida excepcional de la primera desde la Trinidad debido a reformas en su templo. La intención de La Exaltación de incorporarse tras la hermandad de la Trinidad chocaba con el orden previsto, que situaba en ese lugar a Los Negritos. Un forcejeo entre miembros de ambas corporaciones precedió a la restitución del orden establecido.
En 1928, la refriega se produjo dentro de la propia organización de una corporación: los costaleros de la Carretería. La cuadrilla asignada había salido ese mismo día con La Macarena, lo que llevó a la Carretería a buscar sustitutos. La aparición de los costaleros macarenos desencadenó un enfrentamiento que dejó un herido por arma blanca.
El último sobresalto del siglo XX
La última incidencia de relevancia documentada tuvo lugar en 1968, durante el Miércoles Santo. Las hermandades de Los Panaderos y Las Siete Palabras se vieron envueltas en un notable revuelo debido al lento avance del cortejo panadero, que debía seguir el itinerario Francos–Álvarez Quintero–Salvador–Manuel Cortina–Granada–Tetuán. Ante la demora, el fiscal del paso de Las Siete Palabras ordenó avanzar por Méndez Núñez hacia la Magdalena y continuar por O’Donnell hasta la Campana. La maniobra, ejecutada con rapidez, permitió a la cofradía llegar antes que el misterio del Prendimiento, sorprendiendo al público y generando un considerable alboroto.
Entre la rivalidad y la convivencia
Pese a que algunos de estos episodios dejaron heridos y escenas bochornosas, ninguno derivó en consecuencias irreparables. Las pugnas —frecuentes durante siglos— estaban motivadas, en su mayoría, por la disputa sobre la precedencia en el tránsito procesional, amparada en la antigüedad de las hermandades. Además de los altercados físico-callejeros, la historia recoge abundantes pleitos jurídicos y desencuentros en los cabildos de toma de hora, en ocasiones resueltos por vías formales y, en otras, mediante la renuncia de alguna hermandad a realizar estación de penitencia en condiciones que consideraba inaceptables.
Transformación del clima cofrade
En perspectiva histórica, resultan elocuentes los casos recurrentes de ciertas hermandades —sobre todo las trianeras— en conflictos de este tipo. No sorprende que, en 1932, la Estrella, tras una trayectoria marcada por episodios tumultuosos, emprendiera su estación de penitencia con un espíritu combativo que contribuyó a forjar el sobrenombre de “La Valiente”.
Hoy, sin embargo, estos incidentes pertenecen al pasado. Las procesiones cuentan con horarios regulados, los itinerarios se ajustan con precisión y las corporaciones mantienen un auténtico espíritu de fraternidad, evidenciado en convivencias entre hermandades del mismo día. Las rivalidades, cuando existen, se limitan a la excelencia patrimonial, alejadas por completo de aquellos episodios que, durante siglos, llegaron a resolverse a ciriazo limpio.





