El rincón de pensar | Devotos de un día, palmeros de temporada

Llega una procesión mariana y, de repente, las calles se llenan de devotos. ¡Guapa! ¡Bonita! ¡Viva la Virgen! Palmas, vítores, móviles en alto y lágrimas de emoción. Parece que no hay en el mundo mayor amor a María.

Pero termina la procesión, se cierran las puertas del templo y se obra el milagro: desaparecen los devotos. Hasta el año que viene, si Dios quiere.

Ni cultos, ni triduos, ni quinarios, ni vida de Hermandad. Ni siquiera una visita de vez en cuando a esa Virgen a la que unas horas antes le juraban amor eterno.

Eso sí, cuando hay que echar una mano, arrimar el hombro o acompañar a la Hermandad durante el año, entonces el fervor parece estar de vacaciones.

Y que nadie malinterprete estas palabras: todo el mundo es bienvenido a gritarle guapa a la Virgen. María no tiene puertas ni exige un carnet de hermano para recibir un piropo. ¡Faltaría más!

Pero convendría recordar que una Hermandad no es una empresa de organizar procesiones, ni la devoción consiste en renovar los vítores cada Semana Santa o cada salida extraordinaria.

La Virgen no necesita palmeros de temporada, sino corazones que la acompañen también cuando no hay bandas, ni flores, ni pasos en la calle.

Porque ser devoto cuando la Virgen va bajo palio es relativamente fácil. Lo difícil, y lo verdaderamente hermoso, es seguir estando cuando se apagan los focos, se guardan los enseres y el templo vuelve a quedarse en silencio.

Y es que, al final, algunos parecen tener una devoción con fecha de caducidad: comienza con el primer cohete y termina con el último toque de llamador.

¡Hasta el año que viene, guapa!