El rincón de pensar | ¿Quién da más?

Hay elecciones en algunas Hermandades que empiezan a parecerse peligrosamente a una subasta.

—¿Queréis este capataz?
—¡Sí!

—¿Queréis cambiar la forma de andar?
—¡Sí!

—¿Queréis cambiar la banda?
—¡Sí!

—¿Queréis más ensayos, más cambios, más novedades y, si hace falta, hasta otro estilo?
—¡También!

Y uno empieza a preguntarse en qué momento dejamos de elegir un Hermano Mayor para empezar a elegir el programa de una verbena.

Porque parece que ya no basta con hablar de formación, caridad, cultos, convivencia, compromiso cristiano o vida de Hermandad. Ahora hay que sacar la lista de deseos: el capataz que queremos, la banda que queremos, cómo queremos que ande el paso, qué repertorio nos gusta y, si se tercia, hasta por dónde queremos que pase.

Todo muy participativo. Todo muy democrático. Todo muy moderno.

Pero quizá nos estamos olvidando de una cosa bastante antigua: esto se supone que es una Hermandad.

Y una Hermandad no debería medirse únicamente por cómo suena una banda, cómo anda un paso o quién manda debajo de un faldón.

Lo preocupante no es que se quiera mejorar. Lo preocupante es que algunas elecciones parezcan una competición por ver quién promete más cosas para conseguir más votos.

Como si el Hermano Mayor fuera un productor de espectáculos y los hermanos fueran espectadores con derecho a pedir cambios en la programación.

«Si me votas, te cambio el capataz».
«Si me votas, te traigo esta banda».
«Si me votas, el paso andará de otra manera».
«Si me votas, habrá más de esto y menos de aquello».

¿Y la Hermandad?

Ah, eso ya si eso lo hablamos después.

Quizá la Iglesia debería empezar a preguntarse seriamente hacia dónde está caminando todo esto. Porque una cosa es cuidar el patrimonio, mejorar una procesión y buscar el mejor acompañamiento posible. Y otra muy distinta es convertir la vida de una Hermandad en un catálogo de servicios donde cada cuatro años toca renovar la oferta.

Y lo peor es que todos participamos un poco en esta locura.

Los que prometen.
Los que votan por una promesa.
Los que exigen.
Los que convierten cualquier decisión en una guerra de gustos.

Al final, la pregunta ya no parece ser quién tiene un proyecto para la Hermandad.

La pregunta parece ser:

«¿Qué me das si te voto?»

Y eso, señores, tiene bastante poco de Hermandad y demasiado de subasta.

¿Quién da más?