Tras la celebración de la santa misa las puertas de la capilla de Monte-Sión se abrieron de par en par para una nueva Cuaresma anticipada. Trajes de chaqueta en la plaza de los Carros. Desde la capilla hasta el famoso bar de al lado. Noche de cañas y de fútbol, de hippies por los aledaños de la Alameda y de incienso aventurándose por los callejones que vertebran el casco antiguo.
De la Plaza de Monte-Sión, cuando el reloj pasaba de las ocho y media a la de los Maldonado, enfilando el cortejo Laurel y Castellar buscando el cobijo de las novicias, que lo acogerán durante la celebración de sus cultos anuales. No eran nueve menos cuarto cuando en las proximidades del cenobio comenzaba a llegar numeroso público. Balcones abiertos, vociferaban los vecinos de enfrente. A lo lejos la cruz alzada. Fotografía en sepia con unas luces llameantes de bohemia y salones antiguos que perdían protagonismo con el flash azulado del coche de policía que anunciaba el corte del tráfico.
En la puerta esperaba una señora vestida de animal print y rubio platino. Llegaba Roda Peña enfrascado en vaya usted a saber cuántas capas en una noche de temperaturas más que agradables para un día de San Blas. Un joven se afanaba en conseguir instantáneas y pasarlas por un grupo de whatsapp llamado «dramas y romerías». Y al fondo oteaban las cámaras, los móviles. Y por último los ciriales. El convento del Espíritu Santo permanecía cerrado a cal y canto. Dos jóvenes buscaban al Señor y otros de vuelta preferían un espacio para verlo venir. Nadie quería perderse el transitar de una obra que viene atribuyéndose desde antaño a Pedro Roldán. Bermejo, Arana de Varflora o Antonio Ponz ya daban cuenta de ello.
Y cuando el ambiente costumbrista en su versión 2.0 capitaneada por millenials se retorcía en sí mismo, las pequeñas andas se intuían cuando llegaban los ecos de un pararse ahí. Entonces se anteponía la ciudad de los adoquines, se ilustraba silencio sobre un cielo despejado y las pequeñas ventanas herían el tiempo. Fallebas mal cerradas. El Señor de la Oración en el Huerto avanzaba con paso firme. Los dedos de sus pies acariciaban los claveles rojos. Y su mirada alcanzaba las alturas.
Se encendían las luces en el interior del convento. Las puertas se abrían un par de minutos antes de las nueve. «Perdona a tu pueblo, Señor». Música para unos metros de distancia. Para unos instantes que saben a gloria. Fogonazos de luz con los móviles de última generación, aficionados y fotógrafos. Todos aprisa para llenar un espacio conventual que solo recibe fieles cuando el sol apenas ha salido. Después, a cal y canto. Pero cuando llega Monte-Sión el cenobio acoge a decenas de personas. Y las monjas esperan tras la reja, en el coro bajo. Rezan ante Él.
Hasta aquí todo se conforma en un segundo plano. Después, la vida posmoderna vuelca el tablero. Ya no se sabe si está al derecho o al revés. Los hermanos posan delante, móviles en mano sonríen ante la cámara como si fuera un photocall, gesto heredado por los cofrades cuando acuden a los besamanos, ya sea con Esperanzas o Buena Muerte. Sus miradas buscan las tablets, que apuntan desairadas. Jesús sigue mirando a las alturas. Los asistentes abandonan la casa de las novicias. Las puertas se cierran pasadas las nueve y media. Un cerrojazo da paso al silencio en el interior. Afuera los goles del Betis ya son cuatro. El club arrolla a la Real Sociedad. Lo saben en los bares, en las casas, como los jóvenes de la primera planta del piso de enfrente. Toda una hilera de béticos para un primer jueves de mes. En el Espíritu Santo Jesús continúa mirando a las alturas.

















