El viejo costal | La docena

Es bien fácil, una docena es el conjunto de doce unidades, salvo que sea “la docena del fraile” en cuyo caso serían trece las unidades, no, claramente voy a hablar de la docena de días que nos faltan para llegar al día señaladísimo de nuestra Navidad, sí, doce días solo, qué rápidos pasan los días, las semanas y los meses, cómo se nos escapa la vida entre nuestros dedos, como si fuese agua que intentamos de retener, y que obstinada, en caer, se nos escapa sin darnos cuenta.

Este tiempo, empeñado en vencernos y envejecernos, nos va ganando la partida, y es que los segundos, a pesar de ser trocitos de tiempo pequeños, se amontonan en el lado del pasado, dejándonos a nosotros atrás, olvidándose de nuestro cotidiano vivir, y aquí estamos un año más, ¡Y menos mal que estamos!, por esto, cualquier agradecimiento a Dios quedaría en poco.

Muchos padeceremos de esos huecos en la casas, en estos días, siempre nos faltará alguien querido, amado, y por lo tanto imprescindible para nuestro estado de ánimo, que con la edad empieza a resentirse.

La sensación de vacío es muy semejante a la sensación de soledad, cuando notamos la falta de algunos de nuestros seres queridos, nos sentimos solos, desamparados, tristemente abandonados. Por eso la Navidad tiene dos caras, sí, como la de Thalia y Melpóneme, esas dos caretas, musas, una sonriente y otra llorando, que se colocan en lo más alto del escenario de algunos teatros, y es que la vida es así, como una obra de teatro en un escenario, donde unas veces reímos y otras lloramos.

Los más jóvenes celebran una fiesta, los mayores también, pero además, sienten con más dolor la ausencias, todos celebran la venida de Nuestro Salvador, aunque a los de más edad se nos escapen las lágrimas y no necesariamente de alegría.

Y es una consecuencia lógica de la edad, el paso del tiempo, además de envejecernos, nos hace más sensibles, y nos deja la piel más fina, y es ahora cuando llegado a viejo, entiendo a muchos de mis mayores, en los que no llegué a ver reflejada la alegría propia de estas fechas en sus ojos cansados, porque los mayores si aprecian la existencia de esos huecos en nuestras casas, huecos que son imposibles de llenar, en parte, se llenan por el nacimiento de Nuestro Redentor. Pero que yo, ya empiezo a notar esos huecos, será que estoy llegando a viejo.