En vídeo | La Virgen de la Alegría y Manolete, un pasodoble para abrazar la memoria de Córdoba

MANOLETE | VIRGEN DE LA ALEGRÍA | PROCESIÓN EXTRAORDINARIA · 75 ANIVERSARIO | CÓRDOBA 2026
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Hay instantes en los que la memoria de una ciudad parece detenerse para contemplar cómo su historia, sus devociones y sus leyendas se encuentran en una misma esquina. La salida extraordinaria de Nuestra Señora de la Alegría del pasado sábado dejó en Córdoba algunas de esas estampas destinadas a permanecer en el recuerdo colectivo, momentos en los que la emoción cofrade desbordó los límites de lo cotidiano para convertirse en patrimonio sentimental de una ciudad. Uno de ellos tuvo como escenario la plaza del Conde de Priego, el lugar donde la Virgen encuentra su hogar en Santa Marina y donde, desde su pedestal, la figura inmortal de Manuel Rodríguez Sánchez, Manolete, contempla imperturbable el transcurrir de los días.

Frente a frente, aunque separados por la frontera invisible que distingue la piedra de la vida, quedaron reunidos dos símbolos profundamente cordobeses. De un lado, la Virgen de la Alegría, con su sonrisa luminosa y su capacidad para despertar el cariño de quienes se acercan a Ella; del otro, el torero que llevó el nombre de Córdoba a las más altas cumbres de la tauromaquia y cuyo recuerdo continúa latiendo en las calles que lo vieron crecer. La Madre de Santa Marina y el IV Califa del Toreo compartieron durante unos instantes el mismo escenario, unidos por la música, por la devoción popular y por esa manera tan cordobesa de convertir sus símbolos en parte inseparable de su propia identidad.

Fue entonces cuando la Banda de Música de la Estrella quiso rendir tributo al legendario diestro interpretando los acordes de Manolete, el pasodoble compuesto por Pedro Orozco González y José Ramos Celares. La formación musical, una de las referencias de plantilla completa de la Córdoba cofrade, volvió a demostrar su capacidad para transformar una calle en un espacio de emoción compartida. Sus sones envolvieron la plaza y tendieron un puente entre la tradición taurina y la devoción mariana, entre la memoria de un hombre irrepetible y el caminar de una Virgen que regresaba a las calles para celebrar su propia historia.

Un pasodoble nacido para honrar al IV Califa del Toreo

La elección de la pieza no fue casual. El pasodoble Manolete fue compuesto por Pedro Orozco González (1911-1989) y José Ramos Celares (1903-1973) como homenaje al célebre torero cordobés, cuyo nombre quedó para siempre ligado a la historia de la tauromaquia. La obra se estrenó el 19 de marzo de 1939 en la plaza de toros de Los Tejares, interpretada por la Banda Municipal de Córdoba, y nació como reconocimiento musical a Manuel Laureano Rodríguez Sánchez, el hombre que alcanzó la condición de IV Califa del Toreo.

Desde entonces, sus compases forman parte de ese repertorio que mantiene viva la memoria de Manolete, una figura cuya trascendencia desborda el ruedo para instalarse en el imaginario sentimental de Córdoba. Interpretar su pasodoble ante el monumento que perpetúa su figura supone devolver la música a su destinatario simbólico, permitir que las notas vuelvan a encontrarse con la mirada pétrea del torero y recordar que algunas leyendas nunca terminan de marcharse.

En la plaza del Conde de Priego, la música hizo posible que el recuerdo dejara de ser una evocación silenciosa para convertirse en emoción presente. Cada compás parecía dirigirse al monumento, como si la banda quisiera contarle a Manolete que Córdoba no lo olvida, que su nombre continúa vivo y que las generaciones que hoy acompañan a sus imágenes siguen reconociendo en él una parte esencial de la historia de la ciudad.

Cuando Córdoba se reconoce en sus símbolos

La escena adquirió una significación especial por el lugar en el que se produjo. Allí donde el barrio de Santa Marina guarda la memoria de sus tradiciones, donde la piedra conserva la huella de los siglos y donde la devoción a la Virgen de la Alegría forma parte de la vida cotidiana, confluyeron la religiosidad popular, la música procesional y la herencia taurina de Córdoba. No hizo falta añadir palabras ni buscar artificios: bastaron una imagen mariana, un monumento y un pasodoble para que la plaza se transformara en un espacio de memoria compartida.

La Virgen avanzaba entre el cariño de sus devotos mientras Manolete permanecía en su pedestal, fiel a esa presencia silenciosa con la que parece custodiar el entorno de Santa Marina. Y la Estrella, con sus músicos y sus instrumentos, puso sonido a ese encuentro imposible, regalando a los presentes una estampa que difícilmente podrá repetirse de la misma manera. Porque las procesiones extraordinarias tienen precisamente esa virtud: ofrecen momentos que no se pueden programar en el corazón, instantes que suceden una sola vez y que después permanecen para siempre en la memoria.

El pasodoble resonó ante el torero como una ofrenda sin flores, una manera distinta de inclinarse ante su figura. Mientras la melodía avanzaba, la plaza pareció reunir dos formas de amor profundamente arraigadas en Córdoba: el que se expresa ante la Virgen, en la intimidad de la oración y en la alegría de verla caminar por las calles, y el que se conserva ante quienes hicieron de su vida una página inolvidable de la historia de la ciudad.

La Virgen de la Alegría pasó ante Manolete y la música puso voz a la memoria. Quizá esa sea la esencia de lo sucedido el pasado sábado: comprender que una ciudad no vive únicamente de sus monumentos ni de sus tradiciones, sino de la emoción que es capaz de depositar en ellos. Y que, de vez en cuando, basta un pasodoble interpretado en el lugar preciso para que el pasado vuelva a caminar junto al presente, para que una leyenda parezca escuchar de nuevo su nombre y para que Córdoba, por unos instantes, se reconozca entera en una misma melodía.