💚 El Rincón de la Memoria

Entre la dormición y la muerte de la Virgen

Aunque no fue hasta 1950 cuando se proclamó el dogma de la Asunción de María a los cielos por parte del papa Pío XII, la tradición, que no aparece recogida en la Biblia, se basó para sus representaciones en obras como el Libro de Pseudo-Juan, el Teólogo, Libro de Juan, arzobispo de Tesalónica, o De transitu Virginis Mariae, de Pseudo-Melito de Sardis. Estos escritos, no reconocidos por la Iglesia, hicieron especial hincapié en resaltar la santidad de la Virgen abordando el final de los días en la tierra de María. Según Nikephoros Kallistos Xanthopoulos en su Historia de la Iglesia, el emperador Maurice (582-602) emitió un edicto que fijaba la fecha para la celebración de la Dormición el 15 de agosto. En Roma, la fiesta, llamada Dormitio Beatae Virginis fue establecido por el papa Sergio I (687-701), siendo tomada de Constantinopla.

Tránsito de la Virgen, en la capilla de los Jácomes, obra de Marcelo Coffermans. Siglo XVI

En occidente, la creencia de que la Virgen fue asunta a los cielos comienza a dar sus primeros pasos alrededor del año 1000. Ya entrado el siglo XII cuenta con el apoyo de importantes teólogos cuyos tratados han pervivido a lo largo de los siglos, como son el caso de Santo Tomás de Aquino, San Buenaventura y San Alberto Magno. A pesar de ello, nunca contó con una interpretación que siguiese unas mismas reglas, por lo que los defensores de este acontecimiento se inclinaron por varias representaciones. Aunque todas confluían en que el último paso era la asunción de la Madre de Dios, algunos se centraron en el momento de la dormición, acostada sobre una cama rodeada en ocasiones por los apóstoles, como es el caso de la tabla pictórica que se encuentra en la capilla de los Jácomes, en la catedral hispalense.

Relacionadas con la asunción de la Virgen hallamos dos tradiciones legendarias. Mientras que una la sitúa en Jerusalén, donde incluso se construyó una basílica para conservar los restos del sepulcro, otra apuesta por afirmar que María marchó con San Juan hasta Éfeso, donde fue enterrada años más tarde. No sería de extrañar si nos acercamos al Evangelio de San Juan cuando Jesús le dice “Ahí tienes a tu madre”, escribiendo posteriormente el discípulo amado que “desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa”. Esta tradición se apoya, entre otros testimonios, en un escrito del obispo jacobita Abulphargius, del siglo XIII, puesto de manifiesto durante el Concilio de Éfeso, celebrado en el año 431. Mientras que en los primeros cinco siglos hay un silencio en torno al final de la vida de María, tras el concilio de Éfeso, la conmemoración de este capítulo se vive ya en Jerusalén.

En cuanto a la posición de la Iglesia, esta tradujo el concepto “Koimesis”, proveniente de los bizantinos y próxima a “koimeterion”, que significa cementerio, por otro concepto distinto, “dormitio”, por lo que el capítulo alusivo a la muerte de la Virgen quedaba desprovisto de la acepción de aquel, por lo que la Virgen entraría en un profundo sueño antes de ser elevada a los cielos, sin tener que pasar por la muerte. De este modo, entre la vida terrenal y la de los cielos, la Virgen pasaría por un tránsito siendo después asunta a los cielos. Juan Pablo II declaró que “cualquiera que haya sido el hecho orgánico y biológico que, desde el punto de vista físico, le haya producido la muerte, puede decirse que el tránsito de esta vida a la otra fue para María una maduración de la gracia en la gloria, de modo que nunca mejor que en este caso la muerte pudo concebirse como una dormición”. Pero, ¿cómo se representaría en occidente? ¿Y en oriente?

Sarcófago de Santa Engracia

Una de las más antiguas muestras de este capítulo la hallamos en un sarcófago romano conservado en la basílica de Santa Engracia, en Zaragoza, donde una mano parece recoger un cuerpo. Conocido como sarcófago de la Asunción o Receptio Animae, está fechado hacia el año 330 o 340. Los autores no parecen ponerse de acuerdo acerca de quién es la mujer que se representa. Unos declaran que se trata de la Virgen María mientras que otros historiadores se decantan por Santa Engracia, una teoría que va ganando adeptos con el paso de los años. En oriente, donde se incidió en el concepto de komeisis, es decir, la muerte, las representaciones tienen su nacimiento en el siglo X. Una de las primitivas muestras se encuentran en las iglesias de la Capadocia, la región histórica de Anatolia central, en Turquía.

Dormición de la Virgen. Catedral de Senlis

Dormición de la Virgen. Iglesia del monasterio de Sopoçani

En lo que respecta a la dormición, occidente optó por representarla con un cirio en la mano y rodeada de los apóstoles. Como hemos mencionado antes, un ejemplo lo tenemos en la tabla de Marcelo Coffermans, del siglo XVI, en la catedral de Sevilla. La imagen más antigua de esta escenificación la encontramos en el Libro de las bendiciones de San Etevoldo, escrito en el último tercio del siglo X y que se conserva en la British Library de Londres. Representaciones más tardías las encontramos en las pinturas murales del palacio de Siena, realizadas alrededor de 1406 por Taddeo di Bertoldo. Curiosamente, están representadas tanto la muerte como la asunción de la Virgen, quizá por la influencia bizantina, presente en el país ítalo hasta el siglo XV. Otra de las representaciones más conocidas se encuentra en el pórtico de la catedral de Senlis, edificada a finales del XII. También es reseñable la Dormición de la Virgen, un fresco realizado alrededor de 1265, que se encuentra en la iglesia del monasterio de Sopoçani, en Serbia. En cuanto al arte germánico, sorprende su representación sobre la muerte de la Virgen, apareciendo recostada mientras que los ángeles le cierran los ojos, como muestra una de las obras que realizó el alemán, nacido en Dortmund, Konrad von Soest, en el siglo XV. De hecho, la presencia de ángeles durante los últimos instantes de la Virgen en la tierra aparece con mayor profusión en tierras germanas, quizá debido a la influencia de las revelaciones de Santa Gertrudis, mística que nació en la alemana población de Eisleben y que narró que los cánticos de los ángeles acompañaron a la Virgen hasta el cielo.

Muerte de la Virgen. Konrad von Soest. Siglo XV

El culto hacia la Virgen dormida lo encontramos muy extendido por el levante español, probablemente por influencia de Italia. En cuanto al sur, hay representaciones en Sevilla, Antequera, Málaga, Córdoba, Jaén o Granada. Precisamente, la que se encuentra en la capital nazarí, en la iglesia de Santo Domingo, llegó a contar con hermandad propia, fundada en 1730.

Virgen del Tránsito, en la iglesia de Santo Domingo. Obra de José Ramiro Ponce de León. Siglo XVIII

La obra de la polémica

La muerte de la Virgen, obra de Caravaggio, fue realizada en torno al año 1606. Conservada en el Museo del Louvre, su carácter monumental así como su concepción fueron determinantes para lo que la crítica ha venido llamando la escuela napolitana del Seicento. En el centro aparece la Virgen. Como ya hemos relatado, mientras que algunos imaginaron que la Virgen murió y que Dios la resucitó llevándola al cielo, otros optaron por considerar que María no sufrió, siendo asunta al cielo. Centrándonos en la representación, no se sabe si la Virgen sufrió o no dolor, pero se deja entrever que fue víctima de una enfermedad. Así lo demuestran los pies hinchados y el vientre abultado. Destaca la ausencia de atributos místicos, quedando circunscrita su santidad al halo que la rodea. Según los críticos, se trata de una Virgen María muerta, por lo que no es una asunción sino una muerte donde la mano de la protagonista señala al suelo.

Caravaggio la realizó para Santa María della Scala, en el Trastevere, en Roma, pero poco tiempo duró colgada de sus paredes, siendo sustituida por un cuadro del mismo tema que realizó Carlo Saraceni. Causó cierto escándalo, ya que acusaron a Caravaggio de utilizar como modelo una prostituta que se ahogó en el río Tíber. Fue restablecida por recomendación de Pedro Pablo Rubens, peregrinando por varias manos hasta que llegó a formar parte de la colección pictórica del rey Luis XIV de Francia, pasando de este al Museo más visitado del mundo.

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