Entrevista | Pepe Fernández (I): “Ahora no se exige al costalero salir de su casa y llegar a su casa, se le pide que los 20 o 30 minutos que estés debajo seas el mejor”

El que durante más de cuarenta años fuera capataz de La Merced repasa su trayectoria y ofrece algunas claves sobre el futuro del mundo del costal

Su nombre es el de el capataz que se asocia a una sola hermandad, lo que en el ámbito futbolístico se conoce como One Club Man. Y durante 45 años -con alguna pequeña interrupción- sus sentidos estuvieron al servicio, cada Lunes Santo, de dirigir a la Virgen de sus amores, Santa María de la Merced.

Como ya sabrán, hablamos de Pepe Fernández quien, junto a su hermano Sebastián, dirigió hasta 2023 a la cuadrilla de la imagen que esculpiera Francisco Buiza. Esta historia comenzó antes, con la túnica y a ella ha vuelto, pero como capataz tuvo su inicio en 1978, cuando la Semana Santa de Córdoba y el mundo del costal eran bien distintos.

Balance

Fueron 41 años de capataz y dos de costalero, “que yo los incluyo”, y “solo puedo mostrar mi agradecimiento, porque he recibido mucho más de lo que he dado, sin ninguna duda”. Al hilo de lo que Fernández recuerda que “en aquel ’77 se me hizo la propuesta para iniciar una cuadrilla, que estaba en ciernes. Había que nombrar a uno, querían que fuera de la casa y me señalaron a mí”, pero apunta que “no tenía experiencia alguna, como todos los que estábamos en aquel momento en ese proyecto”.

Las personas

Para el capataz, lo “fundamental” ha sido la gente a la que ha podido conocer, ya que “han sido 40 años tratando con personas y eso que no he sido un capataz de cofradías, que estoy hablando de mi propia casa, nada más y nada menos, pero por la cuadrilla ha pasado mucha gente y, para mí, quizá eso es lo más valioso”.

Ello, “aparte del servicio que haya podido prestar”, del que “más o menos me encuentro satisfecho, sé que se podía haber hecho mejor, pero la cuadrilla creo que ha llegado a un momento donde, con tranquilidad, se podía dejar en manos de las personas que la han cogido”.

La decisión

Fernández revela sobre su renuncia que “fue una decisión personal”, que “por supuesto la hable con mi hermano. Tengo que decir que yo no soy nada sin mi hermano, o soy un 50%. Quiero dejarlo bien claro, porque a veces el nombre de Pepe Fernández suena mucho, pero tendría que ir añadido con Sebastián Fernández”. Y apostilla que “hemos ido siempre de la mano, siempre”. De manera que “uno y otro nos hemos ayudado, nos hemos complementado, porque somos diferentes y eso enriquece”, ya que “lo que le faltaba a uno lo aportaba el otro”.

Tras decidir dejarlo, el capataz subraya que “estoy muy tranquilo, muy feliz de ese tiempo, porque creo que se ha hecho una labor. No sabría ni soy quien para valorarla, pero este año cuando iba con la túnica y me atrevía a mirar hacia atrás, indebidamente, tenía una paz interior -y mira que soy nervioso-, me quedaba la tranquilidad de decir ‘aquí no ha pasado nada’”.

“A veces el nombre de Pepe Fernández suena mucho, pero tendría que ir añadido con Sebastián Fernández”

A lo que agrega que le comentaba al hermano mayor, “Pablo, si llego a saber que esto funciona tan bien, me tendría que haber ido antes (risas)”. En este apartado, Fernández recalca que “las personas que vienen, lo hacen empujando fuerte y, quieras que no, los que venimos de atrás -aunque hasta el último momento he estado al día o lo he intentado- tenemos nuestro tiempo”.

El relevo

Fernández insiste en que se encuentra “muy tranquilo y eso para mí no es fácil”. En este sentido resalta las cualidades de los dos capataces actuales y la circunstancia excepcional de que él y su hermano fueran dos y, tras ellos, la hermandad haya confiado en otro tándem que, “aunque no sean hermanos, tienen un vínculo muy fuerte”. Y recuerda que fueron costaleros y “estuvieron en nuestro equipo unos años y hoy en día son los responsables”.

“Le comentaba al hermano mayor, Pablo, si llego a saber que esto funciona tan bien, me tendría que haber ido antes”

Montar una cuadrilla de la nada

Sobre el comienzo en 1977, Fernández confiesa que “estábamos unas personas que sentíamos inquietud por esto. No existían las redes sociales, pero sí íbamos a Sevilla en ferrobús (risas). Empezamos a viajar a Sevilla, conocimos aquello, que estaba por delante, y algunos de la casa empezamos a tener esa inquietud”.

“La cuadrilla creo que ha llegado a un momento donde, con tranquilidad, se podía dejar en manos de las personas que la han cogido”

A ello hay que añadir que “estaba Fray Ricardo -personaje indispensable en la hermandad y en mi vida- y llegó acompañado de Fernando Morillo-Velarde, que se implicó en la Hermandad de la Merced desde primera hora. Él, en aquel momento, estaba en Sevilla estudiando y entró en la cuadrilla de Salvador Dorado (el Penitente), una cuadrilla profesional. Él era muy ambicioso y tenía que descubrir aquello y lo descubrió sobradamente. Era un embajador en Córdoba”.

El capataz prosigue relatando que, “aprovechando que había un hermano mayor excepcional, que en paz descanse, Rafael Rodríguez Nogueras, desde primera hora quisimos embarcarnos en esto, pero de la nada, hasta el punto de que empezamos a ensayar en julio del ’77. Íbamos, del orden de 12 o 14 personas a la cochera de Fernando Morillo, en Cardenal Toledo, porque él tenía allí el paso antiguo del Santo Entierro y, valiéndonos de aquella posibilidad empezamos los ensayos”.

Y remarca que Fernando Morillo “nos echó un cable” y “me apoyé mucho en él y fue un referente. Estaban Rafael Muñoz, bendito hombre, Ignacio Torronteras y los Sáez, pero era otro perfil, otro modelo”.

La primera salida

“Era la época de la tela de costal, de los pañuelitos, de las pantaloneras -ahora es la época de los remangados y los calcetines- y nos iniciamos pensando (ríe) que podíamos llegar al año ’78. Cuando se presentó la Semana Santa vimos que aquella cuadrilla no daba todavía para afrontar una estación de penitencia como la que tenía la Merced entonces, de doce horas”, revela.

Fernández reconoce que “todo iba precipitado y acelerado porque confiábamos en ese proyecto”. Y va más allá al señalar que “el chasis de la Virgen, que iba a ruedas como tantos otros (pasos), se transformó en una parihuela con trabajaderas. El cambio ya se había hecho, lo único que faltaba era la cuadrilla, un hecho insignificante (ríe). Y como no conseguimos la cuadrilla propia de la Hermandad de la Merced, se recurrió a la cuadrilla del Císter, que era de hermanos (formé parte de esa cuadrilla). Salí ese año ’78 de capataz con la cuadrilla del Císter, cobrando, que ese dinero era para su cofradía”.

Anécdotas

Y precisa que son “detalles que hay que conocer y no malinterpretar”. A su vez, indica que Fernando Morillo salió de costalero y algunos de los miembros de la cuadrilla en formación de la Merced. “Yo iba vestido con túnica, porque es lo que veía, un poco por imitación. Ahora me siento hasta orgulloso, no reniego de aquello en absoluto. Era lo que había, una cosa ahora sorprendente”.

“Ignorábamos todo, no había nadie que tuviera experiencia debajo y tenías que descubrirle a la gente un oficio que, ni siquiera tú mismo conocías”

“Salimos sin banda, me parece que llevábamos un tambor detrás”, prosigue, para agregar que en el año ’79 no se pudo salir por lluvia y en el ’80 es cuando la cuadrilla de La Merced hace su primera estación de penitencia. Ya iba con traje (risas)”.

Ensayos

Sobre aquellos primeros años, el capataz expresa que “llegamos a contar un año hasta 20 ensayos. Era una locura, ahora no se puede entender, hay quien se lo puede tomar a broma, pero había que estar en aquel tiempo y circunstancias. Ignorábamos todo, no había nadie que tuviera experiencia debajo y tenías que descubrirle a la gente un oficio que, ni siquiera tú mismo conocías”.

Fuentes

Acerca de los capataces en quién se fijó, Fernández no duda en afirmar que “en Fernando Morillo y en Sevilla. Cuando me asignan la responsabilidad de capataz, necesito urgentemente conocer el oficio. En el año ’77 me voy a Sevilla con el radio cassette de los ensayos, que todavía lo tengo en casa, tengo la fortuna de que la salida de la Esperanza Macarena la retransmitía TVE y llegó todo el equipo con las cámaras y dije ‘esta es la mía’. Y con mi radio cassette me colé, me sumé al equipo y conseguí entrar a la basílica”. 

“Con Luis León de capataz. Y, con mi cassette, lo que hacía exclusivamente era grabar la voz del capataz. Suena a risa, pero es que necesitaba conocer las formas. No tanto para imitarlas, sino para adentrarme en ese mundo y en ese oficio, que era urgente. A lo mejor no lo encontré aquí, pero creía que aquí no había esa pedagogía que necesitaba”, confiesa.

¿Autodidacta?

El capataz indica que “aprendimos sobre la marcha, que creo que es de los pocos méritos que me atribuyo. No autodidacta, porque siempre he aprendido de algo y de alguien”. Y pone un interesante matiz al manifestar que “he aprendido de todos los costaleros que han llegado, de todos, hasta del malo se aprende”. 

Y repone que “muchas veces nos ponemos en la crítica”, pero valora que “esto que está haciendo mal, a mí me sirve para corregirme y hacerlo bien”.

Diferencias entre los costaleros de antes y los de ahora

“Siguen llevando un paso, en eso se asemejan, pero hay muchas”, asevera. Esto para añadir que “el costalero ha evolucionado como todo en la vida, y los capataces, y las cofradías, y los nazarenos”. Mientras que, a su juicio, la mayor es que “antes había gente muy atrevida, no muy valiente”, porque “valiente se sigue siendo, pero es que ya no hay necesidad de demostrar esa valentía. Ahora hay necesidad de demostrar la maestría, la excelencia. Eso sí, ahí hay que apretar las tuercas, ahora no hay excusa”.

En ese sentido, el capataz abunda en que “el costalero de aquellos años tan complicados era un loco, un valiente, un atrevido, un ignorante, toda esa combinación. Y de eso ahora, afortunadamente, no hay necesidad”. Para especificar que “oigo a mi padre contar sus batallitas de la vida que llevó de joven, las dificultades en el campo, y evidentemente me encanta escucharlo, pero no deseo ni nadie desea repetir aquello”.

Eso sí, Fernández resalta que “el costalero de ese tiempo merece más reconocimiento del que tiene. Creo que tiene que pasar un tiempo para que se valore en su justa medida”. Lo que “no quiere decir, todo lo contrario, que devalúe al costalero de ahora, para nada. El costalero de ahora ha llegado a un nivel de calidad extraordinario. Se han dejado cosas en el camino, claro, es ley de vida. Hay valores que, a lo mejor, el costalero no necesita y prescinde de ellos”.

“El costalero de aquellos años tan complicados era un loco, un valiente, un atrevido, un ignorante, toda esa combinación. Y de eso ahora, afortunadamente, no hay necesidad”

¿Cuáles?

“El vínculo, el arraigo con la hermandad. Antes ese era el nexo de unión, ahora te une la afición, qué no es poco y lo veo todo necesario; te une el capataz, sobre todo, ahora la gente trabaja en torno a un capataz y está bien que así sea; pero creo que antes prevalecía, de alguna manera, tu casa”. Desvela Fernández para agregar que “aquel germen, aquella cuadrilla inicial, éramos gente de la casa que queríamos mostrar nuestro orgullo. Es que había que conocer La Merced de aquel tiempo y las cofradías de aquel tiempo”.

A tenor de lo que explica que “el que era joven estaba ansioso por hacer valer su cofradía y ahora se hace valer de otra forma”. Al igual que lo “era para los barrios, que la cofradía presumiera de barrio y su barrio de la cofradía”. Pero insiste en que “esta evolución que ha tenido el costalero, en líneas generales, ha sido muy, muy favorable. Lo que pasa que ahora no se le exige salir de su casa y llegar a su casa, se le pide que los 20 o 30 minutos que estés debajo seas el mejor o hagas tu trabajo exquisito. Antes te exigían llegar (risas) que no era poco”.

“A veces podemos caer en la trampa de sobrevalorar aquel pasado y minusvalorar el presente”

De mármol a mármol

“Y con huecos” matiza sobre aquel contexto del costalero que no salía del paso en toda la procesión. En este apartado, Fernández reconoce que está en la tertulia La Recogía, integrada por capataces retirados y resalta el valor de escuchar a los compañeros y evocan aquellos primeros años.

El capataz advierte que, “a veces, podemos caer en la trampa de sobrevalorar aquel pasado y minusvalorar el presente. No. Realzo y ensalzo aquel tiempo, pero sin quitarle ni un ápice al momento que estamos viviendo, que es una maravilla, pero con matices”.

“Estamos en un tiempo muy delicado, aparentemente, es un tiempo muy fácil, porque parece que todo nos viene dado”, alerta. Y recuerda que, en sus últimos años de capataz, durante la igualá, entraban en la iglesia y, con todos los bancos llenos, sus primeras palabras era: “¿Dónde estabais en los ’80 (risas)?”

“Las igualás están resueltas, ojo, no es que el proceso de igualar sea fácil, para nada. Nada más que con despreocuparte de tener gente, tu energía la puedes emplear en otros aspectos”, subraya. 

No había tarjetas de relevo

Fernández repasa cómo antes tenía que igualar la tarde del Lunes Santo, antes de salir la cofradía, en el patio. “Pero igualando no quiere decir que no se hubieran hecho ya los ensayos, no, sino que ese día no tenías claro quién te iba a fallar, quién no. no había tarjetas de relevo, se escribieron las primeras, que nosotros hacíamos a mano y ese día, que es cuando sabías lo que había”.

Otro de los aspectos que pone sobre la mesa el capataz es que “había gente que se perdía. Esto no se debería de señalar, porque queda mal. Pero esto te lo cuento porque, a veces, si nos quedamos solo en el pasado… hay que decirlo todo. Se pasaron muchas fatigas, hubo muchos errores y gente que fallaba”.

Huecos

A lo que repone que, “hoy en día, es impensable que un costalero te falle. Allá él. Ya te la has jugado, cómo no vas a asistir a una igualá, a un ensayo, cómo vas a llegar tarde, cómo te vas a ir de un paso”. Y añade sobre cómo eran los relevos que “no había tarjetas. Llamabas, te decían que faltaba uno en cuarta, uno en quinta o uno en tercera, asomabas la cabeza por el costero y gritabas, uno de tercera, porque los costaleros iban detrás del paso para estar controlados. El problema venía cuando decías, uno de tercera, y no existían los de tercera (risas), pues hueco”.

“Anda que no se ha trabajado con huecos, tú dile ahora un costalero que va a trabajar con uno menos en su trabajadera o que no va a tener relevo”, reflexiona Fernández. Este señala que es “impensable” y que “no sería capaz de hacer lo que hicimos, ni se le desea”. Si bien, sentencia “que quede bien claro, no añoro para nada” aquello, pero “sí lo pongo en valor”.

“Hoy en día es impensable que un costalero te falle. Allá él. Ya te la has jugado”

¿Qué sentía el capataz ante esa situación?

Fernández reconoce que “he sido una persona muy nerviosa” y que se ha “preocupado hasta en exceso. Por eso he dicho que nunca he sido un buen capataz, porque el capataz, no es que se tenga que distanciar más de la cuadrilla, pero tiene que prescindir de esas tensiones, porque si el que va delante se contagia de ese problema, lo que vas a transmitir te lo puedes imaginar”.

En ese apartado, afirma que “había que ser loco y atrevido”. Para incidir en que “ahora cómo te van a dar una cofradía donde tengas tu cuadrilla justa, no te voy a decir huecos”, pero “con un relevo o con dos. Ni siquiera va a confiar en ti la hermandad, porque va a considerar que vas a causar un problema, que no vas a llegar”.

A ese respecto, Fernández repasa que, “para nosotros, los regresos eran muy duros, pero era lo que había. Era una transición, que en cualquier orden de la vida se da”.

El momento en que todo cambia

“En mi casa -hablo de ella, porque cada uno tiene su experiencia- a partir del ’90 más o menos”, aprecia el capataz. Y aporta que, “cuando la cuadrilla ya tuvo una experiencia mínima de unos diez años, ya confiábamos y teníamos alguno más”. Y especifica que “serían siete u ocho (por trabajadera) y es un número ideal”.

El “problema” de las dos cuadrillas

Sobre ello, Fernández a la cuestión de las dos cuadrillas completas, que “las he tenido y se mantienen, pero Luis León -para mí es un referente- no la quería. Ni otra gente. No querían dos cuadrillas”.

Y argumenta que es mejor esa cifra de siete u ocho costaleros, “porque se supone que tienes costaleros buenos y, si no, se hacen. A un buen costalero no le va este sistema de ahora, se le queda corto y ya está empezando a haber problemas”. “Se que voy a meter la pata, pero un costalero forjado y formado debidamente, eso de que tú lo saques del paso con tres o cuatro manos, no le resulta agradable”.

Y precisa que “aunque pueda parecer lo contrario, el costalero necesita más tiempo de trabajo y no estar tanto fuera”. Y matiza que “hemos pasado de un extremo al otro”.

“A un buen costalero no le va este sistema de ahora, se le queda corto y ya está empezando a haber problemas”

Fernández revela que “otra solución que hemos llegado a dar nosotros es que como  la trabajadera iba justa, para darles un respiro, se sacaba a uno. O sea que nosotros provocábamos ese hueco, con tal de que la gente tomara aire. Sobre todo, quien lo necesitaba, porque todos no son iguales”. “Las dos cuadrillas es la solución ideal para cofradías de largo recorrido”, introduce el capataz.

De picos, ni hablamos

“Nosotros los tenemos. Es un tema que da para mucho, porque hay que justificarlo todo”, reflexiona. Fernández agrega que “he defendido los picos porque en las igualás, no es que no haya sido exigente, pero me ha costado mucho trabajo rechazar a gente”. 

Al hilo de esto, el capataz reconoce que le ha gustado “aceptar y confiar en la gente, para ver si se hace costalero, igual que confiaron en mí, porque a lo mejor muchos años fui un impresentable delante del paso, no lo sé”. Y recuerda que, “en aquellos años donde ya empezó a llegar la gente a las igualás, tenía fama de que me costaba mucho ver a los aspirantes allí y decirles que no. lo que quería es que todo el mundo tuviera su sitio. Con la excusa de que teníamos muchas horas en la calle, por ahí empezaron nuestros picos”.

Y valora que “viene de un pueblo un chaval y lo vas a dejar fuera, le vas a quitar esa ilusión”. Y reflexiona que, el de los picos, es un asunto “complicado”, hasta el punto de que, “ahora, ya se está hablando de una tercera cuadrilla”.

“He defendido los picos porque en las igualás, no es que no haya sido exigente, pero me ha costado mucho trabajo rechazar a gente”

Los que no entran en las cuadrillas

Fernández relaciona esa cuestión con el hecho de que se está quedando fuera en las igualás “mucha gente, que representa casi una generación, una edad. Y eso ahora pasa desapercibido, porque tenemos lo nuestro solucionado, pero cuidado con esto”. Ya que, según opina, el “primer problema es el que llega a una cofradía con la ilusión de trabajar y no lo consigue, o renuncia a lo que aspira o, sobre todo, cambia el sitio, ya no es su primera elección. Hay desajuste y me preocupa”.

Por ello, el capataz añade que cada año hay un par de huecos y 40 o 50 aspirantes, por lo que “rechazar, una y otra vez a tanta gente” puede ser un problema, aunque la solución “no es fácil”. De ahí que se hable de la tercera cuadrilla y, “si tuviéramos dos horitas más, encajaba”.


“El primer problema es el que llega a una cofradía con la ilusión de trabajar y no lo consigue”

Juega a favor del costalero veterano

A juicio de Fernández, “esta situación favorece, muy mucho, a aquel costalero veterano, que es valioso y yo diría que hasta imprescindible, porque el costalero mayor -no en edad, sino en experiencia- aporta mucho en la cuadrilla, igual que el que llega jovencito. Pero esto ha dado lugar a que el costalero perdure más tiempo del que tenía previsto”.

Ello porque “lo tiene fácil, aunque fácil no es nunca ser costalero, pero tenemos a costaleros con 30 años de experiencia y dicen, ‘yo me pensaba ir, pero esto se ha puesto de una manera que cómo voy a renunciar, si trabajo 20 minutos y otros 20 fuera’. Entonces, vamos a verlo en positivo, todo tiene sus pros y sus contras”.

Y concluye que “es lo que nos toca y punto. Y es un tiempo maravilloso y no podemos dejarlo pasar ni ser cómodos hay que darle vueltas a esto y ver por dónde hay que atacar. A lo mejor hay que ahondar, no tanto ya en su trabajo, sino otros valores. Como he sido un capataz de hermandad he podido emplearme a fondo, he tenido esa posibilidad y, por eso, no quería dispersarme”.