En la noche de este sábado 10 de mayo, el Teatro Cine Paz de Miguelturra ha acogido una velada de especial hondura espiritual y artística con motivo de la conmemoración del trescientos veinticinco aniversario fundacional de la Antigua, Ilustre y Fervorosa Hermandad y Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno, establecida canónicamente en la ermita-convento de Nuestra Señora de la Estrella. El acto, enmarcado dentro del programa de cultos y celebraciones extraordinarias por esta efeméride, ha estado presidido por la esperada presentación del cartel conmemorativo, una creación magistral del reconocido pintor sevillano Fernando Vaquero, seguida del pregón pronunciado por Juan Luis Huertas Díaz, y culminada con la brillante actuación musical del quinteto de metales Calatrava Brass Wind Metals.

La obra que se ha dado a conocer es un sobrecogedor óleo sobre lino de 100 x 81 cm que, más que anunciar un aniversario, lo traduce en mística, arte y contemplación. Con su habitual maestría, Fernando Vaquero ha concebido un cartel que trasciende lo pictórico para convertirse en un verdadero acto devocional, en una suerte de icono contemporáneo que invita al silencio y a la introspección teológica.
En el corazón de la composición, el paño de la Verónica sostiene el rostro doliente de Jesús Nazareno, impreso —como recuerda el autor— no por manos humanas, sino por la huella viva de la entrega. Este rostro nos mira, nos interpela, nos alcanza desde el pasado y el presente: es el mismo Cristo que recorre las calles de Miguelturra cada Jueves Santo, encarnado y cercano a su pueblo.
A ambos lados, dos ángeles de ojos cerrados y cabezas inclinadas, como custodios sagrados del misterio, evocan el escudo de la hermandad y remiten también al Arca de la Alianza. Uno viste túnica roja: el amor que se inmola, la sangre que salva. El otro, de verde: la esperanza fértil, la promesa de la vida que renace del dolor. Ambas figuras, revestidas de terciopelo y oro, no son meros ornamentos, sino alegorías teológicas en movimiento.
En la parte posterior, un cuadrado negro simboliza la tierra, lo creado, lo visible. Pero no es final, sino umbral: tras él irrumpe un fondo dorado que representa lo eterno, lo divino, la gloria sin ocaso del Reino de los Cielos. Es la tensión sagrada entre tiniebla y luz, entre muerte y resurrección, que late en cada rincón de la obra.
Bajo esta escena central, se han entretejido dos signos identitarios: la Cruz de Calatrava y el Toisón de Oro. El primero, como emblema de defensa de la fe; el segundo, como símbolo de una nobleza no solo institucional, sino espiritual. Ambos elementos afirman la dignidad y la herencia viva de una hermandad que ha atravesado siglos de historia.
El propio autor ha explicado que el cartel no sólo representa a su Titular, sino también a las reglas de la Hermandad, comparadas teológicamente con las Tablas de la Ley: camino, alianza, promesa. “Las reglas de vuestra Hermandad son un pacto espiritual —ha afirmado—, un signo visible de cómo vivir según el Evangelio”.
Una joya conceptual remata la obra: el rostro de Jesús, gracias a un efecto óptico, mantiene siempre la mirada fija en quien lo contempla, desde cualquier ángulo, como testimonio de un amor omnipresente y eterno. No se trata de una ilusión, sino de una catequesis visual sobre la fidelidad incansable del Nazareno.
En la parte inferior del cartel, la palabra “Nazareno” aparece escoltada por los dos años que enmarcan esta conmemoración: 1700 y 2025, unidos por una línea de tiempo que atraviesa el alma de la Hermandad. Como ha afirmado Vaquero, no podía haber mejor palabra que esa para definir tres siglos de historia: Nazareno.
El pintor ha querido agradecer profundamente la colaboración de su esposa, la artista Irene Dorado, y de su hija Julia, presentes en la gestación de esta maravilla pictórica. Ha concluido su intervención citando a santa Gertrudis: “El rostro de Cristo es una llama que purifica y un espejo que transforma”, con el deseo de que esta obra —nacida del arte, la fe y el amor— transforme a quienes la contemplen hoy y en los años venideros.
Con esta creación sublime, Fernando Vaquero vuelve a erigirse como uno de los grandes nombres del arte sacro contemporáneo, y la Hermandad del Nazareno de Miguelturra da comienzo, con una altísima nota espiritual y estética, a la celebración de sus trescientos veinticinco años de vida. Una hermandad que, como la mirada de su Cristo, permanece fiel, incansable y viva en el corazón de su pueblo.
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