En el convulso amanecer de la Segunda República, cuando en numerosas ciudades españolas se desataban episodios de violencia anticlerical, la ciudad de Málaga fue escenario de una de las páginas más trágicas de su historia contemporánea. El 12 de mayo de 1931, en el contexto de la llamada quema de conventos, la turba enardecida irrumpió en la Parroquia de Santo Domingo, profanando con saña inusitada los espacios sagrados y desatando una destrucción sistemática del patrimonio religioso.
Allí, en su histórica sede, tenía su residencia canónica la Pontificia y Real Archicofradía del Dulce Nombre de Jesús Nazareno del Paso y María Santísima de la Esperanza, cuyos bienes devocionales, artísticos y documentales fueron pasto de las llamas. La devastación fue absoluta: las imágenes de Nuestra Señora de la Soledad, la Virgen de Belén y el Cristo de la Buena Muerte —popularmente venerado como el Cristo de Mena— fueron reducidas a cenizas, y de este último apenas sobrevivió una pierna. Todos los enseres, archivos, túnicas, bordados, estandartes y símbolos centenarios desaparecieron en cuestión de horas.
Pero fue la desaparición del Dulce Nombre de Jesús Nazareno del Paso —el entrañable «Moreno», obra anónima del siglo XVII y objeto de un fervor casi mítico— lo que supuso una herida especialmente profunda en el alma cofrade de la ciudad. Era la pérdida de un referente espiritual, de una mirada consoladora que había acompañado a generaciones enteras de malagueños.
Los cofrades, previendo lo peor, habían ocultado a sus Titulares en un sótano bajo el altar mayor de la capilla. No obstante, aunque la entrada al escondite no era visible a simple vista, uno de los agresores, al golpear el altar con una vara, descubrió el acceso oculto y se desencadenó entonces la furia contra las imágenes que allí se resguardaban. La violencia no distinguió, ni perdonó.
Sin embargo, en medio de esa noche moral que envolvía la ciudad, la fe encontró su héroe inesperado en la figura de un joven de apenas dieciséis años: Francisco Sánchez Segarra. Movido por un impulso valiente y lleno de resolución, entró en la iglesia aún humeante mientras un grupo de exaltados, comportándose como auténticos animales, descargaba su furia contra los restos del Cristo de Mena. Fue entonces cuando, en medio de los escombros, divisó la cabeza de María Santísima de la Esperanza, milagrosamente indemne. Comprendiendo la magnitud del instante, la recogió con infinita delicadeza y la escondió en la droguería donde trabajaba como aprendiz, propiedad de Ramón García de las Peñas.
Fue un acto de heroísmo silencioso. Ante el clima de hostilidad creciente contra lo religioso, Francisco decidió que la única forma de garantizar la integridad de la imagen era no revelar a nadie su paradero. El silencio se prolongó durante semanas. Mientras tanto, los cofrades, desconsolados, daban por perdida para siempre la sagrada imagen de la Esperanza, cuya ausencia acentuaba el vacío espiritual en el seno de la Archicofradía.
Habían transcurrido ya tres largos meses desde aquel incendio cuando, en el establecimiento donde trabajaba el joven, una conversación fortuita cambió el curso de los acontecimientos. El dueño de la droguería conversaba con Julio Gancedo, propietario de los grandes almacenes Félix Sáenz. Al oírles hablar sobre la Virgen desaparecida, Francisco, con el corazón acelerado y la mirada decidida, confesó: «Yo sé dónde está la Virgen». García de las Peñas, consciente de la trascendencia de aquellas palabras, avisó de inmediato a Gancedo, y juntos, guiados por el joven, acudieron al almacén de Santo Domingo, donde efectivamente se hallaba escondida la sagrada cabeza de la imagen, preservada como reliquia de la fe. A raíz de aquello, la Virgen fue sometida a diversas restricciones, tal y como se expone en este ENLACE.
La historia de Francisco Sánchez Segarra se convirtió desde entonces en una leyenda viva entre los hermanos. Gracias a su acción, la Virgen de la Esperanza pudo ser restaurada y devuelta al culto, convirtiéndose en símbolo de resiliencia para la ciudad.
El proceso de reconstrucción de la Archicofradía fue largo y laborioso. En 1935, la Junta de Gobierno encargó al insigne escultor valenciano Mariano Benlliure y Gil la ejecución de una nueva imagen del Nazareno, que sería bendecida en la parroquia de Santo Domingo el 13 de marzo de 1940. En reconocimiento a su vinculación con la corporación, el Cuerpo de Intendencia del Ejército fue nombrado Hermano Mayor Honorario el 21 de julio de 1943.
Décadas después, cuando en 1988 tuvo lugar la coronación canónica de María Santísima de la Esperanza, la Archicofradía encontró entre sus archivos vivos al testigo y protector de la devoción: Francisco Sánchez Segarra, que fue designado padrino de la ceremonia. Nadie, absolutamente nadie, merecía más tal distinción. Aquel joven que, con apenas dieciséis años, había enfrentado el odio con el valor de su fe, había salvado no solo una talla, sino la esperanza de todo un pueblo.





