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¿Fue realmente canonizado San Fernando?

Tras un riguroso estudio, la investigadora francesa Cécile Vincent-Cassy afirma que el monarca nunca lo fue

El 30 de mayo el calendario celebra la festividad de Fernando III. Aunque muchos lo consideran patrón de Sevilla e incluso los periodistas se afanan en que nos creamos tal idea-, es sabido que su instauración como día festivo no es tal hasta que se implementan los festivos locales -tan solo existe constancia de proceso de declaración de patronazgo de San Isidoro en el siglo XIX y la declaración de la Virgen de los Reyes como tal en 1946-. También se conoce que la subida a los altares del monarca tuvo detrás una fuerte campaña por parte de la monarquía de los Austrias que buscaba tener un santo comparable a San Luis en Francia, precisamente primo del rey enterrado a las plantas de Nuestra Señora de los Reyes. Una cuestión en ocasiones olvidada por los historiadores y que resulta crucial para entender la búsqueda de un antepasado en la pugna que ambas familias mantenían a lo largo del XVII.

Cécile Vincent-Cassy trabaja en instituciones como la Universidad de la Sorbona o la de París XIII. Avalan su trayectoria más de quince colaboraciones colectivas, una docena de artículos en revistas además de un par de libros y varias coordinaciones. Profesora del departamento de Lengua Española, cuenta en su haber con publicaciones relacionadas con el siglo XVII y la monarquía de los Austrias, entre otras.

En un artículo publicado en la revista Andalucía en la Historia, la investigadora afirma que el traslado de los restos del santo a la Capilla Real fue el primer paso «hacia el reconocimiento de su culto». Y manifiesta que «a raíz de la petición del procurador mayor de Sevilla don Juan Ramírez de Guzmán a las Cortes de Castilla en 1623, el rey Felipe IV eligió a Fernando III como el candidato adecuado para dotar a la Corona de un santo comparable a San Luis para Francia».

Desde entonces, Felipe IV apoya la causa de la canonización del rey, que finalmente es presentada en 1628 ante la Congregación de Ritos, y encarga una investigación que recoja la vida y hechos del monarca a Juan de Pineda, jesuita que ve cómo su estudio culmina con la impresión de la obra en 1627. El autor afirma que desde 1252 se viene rindiendo culto desde su muerte y utiliza como argumentos la aparición del mismo en el escudo de la ciudad y que entre sus representaciones aparece rodeado de resplandores, algo que caracteriza a los santos.

La investigadora recoge que «si se tratara de un santo nuevo, como Santa Teresa de Jesús o San Ignacio de Loyola, canonizados en 1622, significaría crear un culto inexistente antes del proceso presentado ante la romana Congregación de Ritos, o sea introducir un proceso super non cultu». Y adelanta que se trata de un concepto muy teórico, porque no se puede iniciar una solicitud de canonización sin encontrar fama de santidad y culto espontáneo por parte de los fieles. «En la época de la Contrarreforma, la Curia romana se esmeraba en controlar los cultos y reglamentar la liturgia. Roma decidía a quien se rendía culto a través de los procesos de beatificación y canonización […]. Tras los decretos del Papa Urbano VIII de 1625 y 1632, la autorización del culto universal, es decir la canonización, podía pasar por la prueba de un culto inmemorial o por la declaración de santidad demostrado por las virtudes y milagros del santo».

Pero, «en el proceso de San Fernando se probó que no existía culto anteriormente al decreto papal que lo proclamara. Sin embargo, una carta del arzobispo de Sevilla don Antonio Paíno a Clemente IX en 1655, hace dudar de si se quiso pasar por la vía de culto inmemorial o por el camino de la creación de culto a Fernando el Santo. En realidad, ningún autor de la primera mitad del siglo XVII es capaz de afirmar que el culto inmemorial a San Fernando era tan fuerte o tan evidente como deseaba».

No cabe duda de que en el imaginario colectivo permanece la imagen de Fernando III como santo al que se le rinde culto en toda la Iglesia universal, e incluso se llega a hablar del año de su canonización, Pero, ¿qué sucedió realmente en 1671? Hay que viajar atrás en el tiempo para conocer el proceso. «En 1630, las negociaciones en torno a esta canonización entre el monarca y el Papa Urbano VIII, muy poco favorable a la Monarquía hispánica, se interrumpieron». Hubo que esperar por tanto a 1755, cuando Alejandro VII decreta la autorización del culto inmemorial para la diócesis de Sevilla. Según Vincent-Cassy, en 1671 el Papa Clemente X «extiende el culto a los reinos y señoríos de Felipe IV. Roma extendió el culto, con oración y misa del común de los confesores no pontífices, a todos los dominios de la Monarquía», y prosigue afirmando que «en 1671, al contrario de lo que afirman tantos estudiosos, no fue el año de la canonización. No llegó nunca a decretarse. San Fernando no es un santo de culto universal». La confusión se debe, quizá, al eco que tuvo este acontecimiento, donde las fiestas de numerosas ciudades se celebraron por todo lo alto.

Como documentos citados aparece la obra de Torres Farfán de 1672, Fiestas de la S. Iglesia metropolitana y patriarcal de Sevilla al nuevo culto del rey S. Fernando el tercero de Castilla y de León: concedido a todas las iglesias de España por Clemente X o las Memorias para la vida del Santo Rey Fernando III, escrita en 1752 por el jesuita Andrés Marcos Burriel, quien se dirige al monarca Fernando VI solicitando que continúe adelante con la canonización del venerado rey:

«Quiera Dios consolarnos enteramente y que veamos extendido este culto a la Iglesia universal y empeño que debe ser de toda nuestra nación, y muy propio de nuestros catolicísimos monarcas, herederos de sus reinos y piedades, y que si en todas ocasiones es natura propensión engrandecer a sus mayores, y hacer honrada vanidad de sus abuelos, en ninguna viene mejor esta vanagloria que en la de tal abuelo, tal héroe y tal santo, cuya espada dio cuatro reinos a la corona, cuyos ejemplos dan mucho cebo a la imitación, cuyas virtudes deben ser aplaudidas en todo el orbe, y de cuyo patrocinio debe esperar su mayor ensalzamiento nuestra monarquía».

Concluye Cécile: «opinábamos que la supuesta canonización de Fernando III el Santo era el cénit del “siglo de los santos españoles”, y el apogeo de la sacralización de la rama española de la Casa de Austria. Ahora tenemos que corregir nuestra visión». Y apunta: «El deseo de canonización era tan profundo que ocultó la verdad hasta nuestros días». El culto a San Fernando III se circunscribe por tanto a los reinos que por entonces formaban parte de la Monarquía Hispánica.

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