Galería | Cuando un barrio se acerca a su Madre

Hay ciudades que rezan en sus templos, otras que lo hacen en sus plazas y algunas, como Sevilla, que parecen haber aprendido a rezar en cada esquina, porque la devoción a María se derrama por sus calles hasta convertirlas en prolongación de sus iglesias. Mariana por vocación y por historia, la ciudad vuelve a rendirse ante la Madre del Señor cuando los barrios se convierten en altares y las miradas buscan en la Virgen el consuelo que ninguna palabra alcanza a explicar.

En San José Obrero, las calles y la parroquia de la feligresía han vuelto a convertirse en escenario de ese encuentro íntimo entre una Madre y sus hijos. Las mismas calles que en el Sábado de Pasión se engalanan para contemplar a sus titulares han vuelto a llenarse de devoción para acercarse a aquella que es Madre y bienhechora de tantos vecinos y hermanos.

Y entonces sucede ese pequeño milagro que tantas veces se repite y que, sin embargo, nunca deja de ser extraordinario: la Virgen baja de su altar para acercarse a los suyos. No hace falta una calle abarrotada ni una candelería encendida. Basta su presencia. Basta tenerla delante. Basta acercarse despacio, detenerse ante Ella y encontrar en sus ojos ese lenguaje que solo conocen quienes han aprendido a hablar con María desde el silencio.

Entre los días 30 de septiembre y 2 de octubre, Nuestra Señora de los Dolores ha recibido a sus hijos en besamanos. Ante Ella se han sucedido las oraciones, las miradas prolongadas, los recuerdos y las súplicas que cada devoto guarda en lo más profundo del alma. Y entre todas esas formas de rezar, también ese sencillo beso depositado ante sus manos, un gesto humilde que parece quedarse en la tierra, pero que en el corazón del que lo ofrece asciende hasta la misma Gloria celestial.

La Señora se ha presentado exultante y bellísima, revestida para la ocasión con una saya de tisú blanca bordada en oro, la cotilla del corazón y una blonda española. El conjunto encontraba continuidad en el manto de terciopelo verde bordado en oro de la querida Hermandad de la Santísima Trinidad, mientras la corona de salida culminaba la estampa.

Entre los detalles de su ajuar destacaba además una nueva joya: el anagrama de María donado el pasado mayo, que la Santísima Virgen ha estrenado en esta ocasión junto a otras piezas características de su patrimonio.

Tras esta cuidada puesta en escena se encontraba, una vez más, el trabajo de Antonio Bejarano, su vestidor, que ha ataviado a la Virgen con el primor y el cariño que caracterizan su labor. Cada alfiler, cada pliegue y cada detalle han sido colocados con ese cuidado que nace de comprender que vestir a una imagen devocional no consiste únicamente en disponer unas prendas, sino en poner el alma al servicio de una devoción. Así, la rosa más preciada de San José Obrero volvía a lucir ante sus hijos con todo su esplendor.

Pero la belleza de esta Madre no puede entenderse únicamente desde lo que contemplan los ojos. Porque detrás de esa mirada dolorosa existe una historia que comenzó hace más de seis décadas. Nuestra Señora de los Dolores fue la primera obra realizada por Luis Álvarez Duarte, en 1962. Aquel mismo año, el 15 de septiembre, festividad de la Virgen, la imagen fue bendecida en la parroquia, comenzando así una historia que habría de quedar íntimamente ligada a la vida de la feligresía.

En 1986, con la aprobación de las nuevas Reglas el 10 de julio, Nuestra Señora de los Dolores pasó a formar parte de manera oficial de los titulares de la Hermandad. Ese mismo año, la imagen fue restaurada por su propio autor, preservando así la obra que ya se había convertido en referencia devocional para tantos vecinos.

La historia continuaría escribiéndose con el paso de los años. El 21 de mayo de 2006, la bendita imagen fue instituida Patrona del grupo de Pastoral de la Salud de la parroquia, estrechando todavía más ese vínculo entre la Virgen y quienes buscan en Ella consuelo ante la enfermedad, la fragilidad y las circunstancias difíciles de la vida.

En septiembre de 2008, Nuestra Señora de los Dolores salió por primera vez por las calles de la feligresía. Lo hizo bajo palio cedido por la Hermandad del Cautivo y Rosario Doloroso, del Polígono de San Pablo. Un año después volvería a recorrerlas, esta vez sobre el antiguo paso de palio de la Hermandad de Monte-Sión.

En 2010 fue bendecido y estrenado el paso de palio de Nuestra Señora de los Dolores, en su primera fase. Dos años después, en 2012, la corporación conmemoró el cincuentenario de la ejecución y bendición de la talla, cincuenta años de una imagen que había ido dejando su huella en generaciones enteras de hermanos y devotos.

Hoy, cada encuentro con Ella continúa siendo una página más de esa historia. La Madre permanece, y alrededor de Ella siguen pasando los años, las generaciones, las alegrías y las penas. Cambian las manos que depositan flores, cambian los rostros que se acercan a besar las suyas, cambian las circunstancias de quienes llegan hasta sus plantas, pero permanece intacta esa necesidad de mirar a María y decirle, sin necesidad de palabras, todo aquello que el corazón no sabe explicar.

Porque quizá eso sea un besamanos: un instante suspendido entre el cielo y la tierra. Un momento en el que el devoto se acerca a la Madre sin más equipaje que su propia vida. Y Ella, silenciosa y dolorosa, recibe cada beso, cada oración y cada mirada como quien conoce perfectamente la historia de cada uno de sus hijos.

A su presencia ha acudido nuestro compañero Benito Álvarez, dejando testimonio gráfico de este acontecimiento y convirtiendo cada imagen en memoria de un encuentro vivido a los pies de la Madre.

Y cuando finalmente toca marcharse, queda la certeza de que la Virgen sigue allí. Esperando. Consolando. Mirando. Como ha hecho durante tantos años en San José Obrero. Porque hay besos que parecen despedidas, pero ante María siempre terminan siendo promesas de regreso.