Galería | El Amor incondicional del mismísimo Dios

Una de las grandes maravillas que forman parte del patrimonio colectivo de la Sevilla cofrade es el Cristo del Amor, el maravilloso crucificado de Juan de Mesa cuyos cultos concluyen cada año con el Besapiés en su honor. Ante su infinita presencia ha estado nuestro compañero, Benito Álvarez, para almacenar para siempre el recuerdo de un instante irrepetible, el que se desarrolla ante el Amor incondicional del mismísimo Dios, entregado para servir de redención a toda la humanidad.

Esta imagen de Cristo en la cruz es una de las obras más interesantes e importantes del arte sevillano, titular de una cofradía de penitencia. La primera impresión que recibe el comtemplador es impresionante , por ser una figura imponente, con el dramatismo y monumentalidad del Laoconte- sufrimientos inmensos corporales, mayores aún morales al ver sufrir y morir a sus hijos- y en el acto el fiel cristiano ora al Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal. Está inscrito en un triangulo, fijado por tanto por tres clavos y con el sudario trascripción fiel del que Montañés colocó a su Crucificado de la Clemencia, aunque ahondando más fuertemente las gubias a efectos de claroscuro, lo que acrece su valoración barroca.

Mesa busca en este Crucificado fidelidad plástica al tema del Dios-Hombre. Se enfrenta con el natural, interpreta e modelo con destacada corpulencia y lo sublima en aras de la imagen religiosa. Cuida la anatomía y la representa en la forma ya indicada: mas la figura tiene garra sobrenatural, se impone fuertemente y pide a los hombres comprensión a lo que significa. Parece que el escultor quiso expresar la narración evangélica de los últimos momentos de la vida del Salvador al contarnos su última palabra: «Consumado está». Contagio de Amor es lo que quiere expresar esta inefable imagen, joya del arte sevillano y ejemplar indudable de la iconografía Cristífera.

No es imagen pensada tan solo para el templo: espera la llegada de los fieles para confortarles, pero quiere buscar en la calle a todos los hombres para alertar a los aletargados o indiferentes y estimular a los otros diciéndoles: «Venid a mí los que trabajáis y estáis cargados con el peso del dolor, porque Yo os aliviaré». Sus valores escultóricos están acentuados por la encarnadura donde hay claras manifestaciones de las hipóstasis cadavéricas. La policromía sigue siendo la original salvo algunos retoques realizados para restaurar pequeños detalles.