Una semana después de la coronación, la Virgen de la Piedad ha bajado de su paso para que sus hermanos, los fieles de cada mañana y los cofrades de Sevilla la contemplen con su preciada diadema.
El marco de la céntrica capilla de la calle Adriano era absolutamente excepcional, con la Mater Dolorosa presidiendo el presbiterio y el hijo yacente al fondo, en la inmensidad del espectacular retablo.
El juego de luces completaban la escena, ofreciendo una estampa compacta y emocionante, digna de la efeméride que se celebraba.
Este altar efímero lleno del simbolismo catequético y de la impronta inconfundible de la cofradía del Miércoles Santo anunciaba el punto y final de un mes apasionante para los hermanos baratilleros y de una coronación exquisita que quedará grabada en los corazones de todos los sevillanos.






































